¿Victoria de Putin en Siria?

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

La aceptación de una propuesta rusa de desarme del arsenal químico sirio ha generado una inusual respuesta por parte del gabinete exterior norteamericano que ve con buenos ojos la proposición.

El presidente Putin rezuma confianza. Tal vez no sea para menos. La coincidencia de la cumbre del G20 en San Petersburgo con las dificultades de Obama para articular su acción militar contra el régimen sirio, ha fortalecido la impresión de que Rusia ha regresado al primer plano de la escena internacional. Que después de 20 años de ausencia, el destino de los asuntos de Oriente Medio pasa también por Moscú, y que ese mundo multipolar largamente anunciado, constituye por fin una realidad indudable. 

En la cuestión siria, al contrario de lo que suele creerse, ni la longeva relación del Kremlin con el régimen de los Asad, ni la venta de armas, ni la base de Tartús, muy sobrevalorada por los medios de comunicación, constituyen el eje de la posición rusa. Para Moscú, lo que está en juego es el principio básico del respeto a la soberanía y la no injerencia. 

Lo que irrita profundamente al Kremlin es que se pretenda respaldar y legitimar el derrocamiento con apoyo exterior de un régimen. El precedente de Libia pesa y la apelación a una intervención humanitaria es vista desde Rusia como una estratagema occidental para enmascarar sus intereses geopolíticos. 

Además, desde la óptica rusa, la primavera árabe recuerda demasiado a las revoluciones de colores que pusieron fin a regímenes autoritarios en el corazón de los intereses geoestratégicos rusos (Serbia, Georgia, Ucrania y Kirguistán). 

El Kremlin teme que, al igual que sucedió en el Sahel con la descomposición del poder central en Libia, un colapso del régimen sirio pueda tener un impacto en forma de actividad yihadista en territorio de Asia Central o de la misma Rusia (Cáucaso norte o incluso Tatarstán). 

De esta manera, en los cálculos de Moscú cualquier exceso que cometan las fuerzas de Bachar el Asad pesa menos que el temor ante las alternativas que se plantean para sucederle, sea una Siria fragmentada y fuera de control o una Siria dominada por extremistas suníes. Por ello, aunque no haya hecho nada hasta ahora para ponerlo en práctica, Moscú lleva meses insistiendo en lo mismo: la única solución es política y pasa por una mesa de negociación. 

Aparentemente, Vladímir Putin ha jugado hábilmente sus cartas diplomáticas estos últimos días. En el momento de escribir estas líneas, Damasco parece aceptar la propuesta rusa de renunciar a su arsenal químico, lo que le permitiría evitar el ataque estadounidense, al tiempo que se ofrece una salida razonablemente honrosa a Obama del atolladero en el que se encuentra. Si, por el contrario, Washington decide seguir adelante con su ataque, le resultará aún más complicado argumentarlo y legitimarlo ante la opinión pública internacional. 

Una buena jugada por parte del Kremlin. Sin embargo, haría bien Moscú en no dejarse obnubilar por una victoria coyuntural, resultado, sobre todo, de la indecisión de quienes debían ejecutar el ataque y del desliz del secretario de Estado Kerry. Esta indecisión, por cierto, tiene poco que ver con Rusia. Es fruto de factores diversos, como las incertidumbres que genera la propia oposición siria, con sus docenas de grupúsculos, muchos de ellos de matriz yihadista; o, sobre todo, el hecho de que Siria es secundaria y la cuestión central sigue siendo Irán. 

De igual forma, aunque ocupe un lugar muy secundario en los cálculos del Kremlin, Moscú haría bien en incorporar las preocupaciones humanitarias a su pensamiento estratégico. Mostrarse aparentemente impasible cuando hablamos ya de 100.000 muertos, dos millones de refugiados y cuatro millones de desplazados internos, tiene costes en términos de legitimidad y poder blando. Son elementos imprescindibles si uno aspira a ejercer de forma efectiva algún tipo de liderazgo. Algo que, de momento, queda lejos de las capacidades de Rusia en Oriente Medio. 

Nicolás de Pedro es Investigador Principal de CIDOB, @nicolasdepedro.