Crisis siria: cuando los instintos entran en juego

Dibujado por Alekséi Iorsh

Dibujado por Alekséi Iorsh

Actualmente la política internacional es un escenario donde priman los instintos y los reflejos. Las instituciones internacionales creadas para buscar el consenso y mantener la paz se han erosionado y quedamos ante un escenario yermo. El inminente ataque a Siria por parte de EE UU y otros países no es más que un episodio más de esta situación.

Cuando hace cuatro años Barack Obama recibió el Premio Nobel de la Paz dedicó su discurso al tema de las guerras justas e injustas. Dijo que había casos en los que no solo era necesaria sino también inevitable. Como si lo estuviera viendo. 

No tuvo tiempo para concluir la “injusta” guerra en Irak que ya le tocó luchar “de manera justa” en Libia. Ahora todavía no se han ido de Afganistán y muy pronto el sentido de la justicia los llamará al frente sirio. Ay, qué pesada es la carga para el líder global, tener que reafirmar continuamente las cualidades dominadoras para que el resto del rebaño no se envalentone. 

Los acontecimientos en Siria y en torno a ese país me traen de inmediato a la memoria todos los casos anteriores de intervenciones internacionales a partir de los años 90. La misteriosa utilización de sustancias tóxicas,que parece una provocación e inmediatamente se convierte en casus belli (motivo de guerra). 

Las conclusiones que alcancen los inspectores de la ONU en realidad no preocupan a nadie, porque los poderosos de este mundo ya saben quién es el culpable. Y las desgarradoras imágenes de niños que mueren por asfixia no pueden dejar indiferentes a nadie. La “coalición de voluntarios” está dispuesta a participar en el castigo a un régimen maléfico. 

Es curioso que actualmente, a la hora de comprobar la información, falten métodos que infundan confianza a todas las partes implicadas. Sin duda, durante los años de la Guerra Fría también había sitio para las provocaciones. Las dos superpotencias estaban interesadas, en primer lugar, en que no pasara nada que fuera en contra de su voluntad. En segundo lugar, entendían que el precio de una torpe intriga podía resultar inadmisible y desembocar en un conflicto nuclear. En el contexto de una tensa disuasión nuclear era imprescindible tener siempre la posibilidad de valorar instantáneamente dónde había una amenaza real y en qué casos la escalada del conflicto había sido potenciada por medio de tecnologías políticas. 

Ahora ya no existe el forcejeo político-militar e ideológico, ni tampoco la amenaza de que un conflicto local derive en una guerra mundial. La transparencia informativa y la aparente abundancia de noticias sobre lo que sucede no han hecho aumentar la comprensión de los procesos, sino al contrario, los convierten en objeto de manipulación. 

La institución de los expertos independientes, apoyada en el mandato reconocido por todos de la ONU, se está erosionando. Su confianza se ha puesto en duda debido a las metamorfosis y cataclismos que ha vivido después de la Guerra Fría. 

La ONU se ha visto marginada cuando algunos países actuaron sin su respaldo o cuando interpretaron su mandato de forma arbitraria. Es difícil decir si el papel que desempeñaron los inspectores de la ONU en Irak o los observadores de la OSCE en Yugoslavia fue el de intentar no permitir la guerra o si, al contrario, la acercaron. 

Como norma general, la actuación de los observadores no sirve tanto para aclarar la verdad como para elevar el grado de manipulación y tensar la guerra informativa. Sin embargo, si el gobierno “sospechoso” se niega a cooperar con los observadores internacionales, recelando debido a sus prejuicios o guiándose por sus propias nociones sobre la soberanía, esto se convierte casi automáticamente en un prueba de que tiene algo que esconder. Parece que Bashar al-Assad, a diferencia de Saddam Hussein, entiende esto, pero es poco probable que esta comprensión sirva para cambiar algo. 

Hay algo que todavía aflige más. Existe la sensación de que en el siglo XXI ha pasado algo con la diplomacia. Antes, hábiles emisarios de los gobiernos líderes tejían intrigas, cerraban asuntos entre bastidores, mantenían difíciles negociaciones en las que la guerra era un medio legítimo pero a la vez el último recurso (claro, si no se trataba de las potencias deliberadamente agresivas enfocadas a la expansión militar). 

Ahora se repite una y otra vez un escenario primitivo. En un país situado en una zona que goza de la atención mundial estalla un conflicto interno. Las potencias más influyentes en seguida determinan quién es  “bueno” y quién “malo”. A continuación empieza a actuar una diplomacia deliberadamente infructuosa que no tiene por objetivo mediar y buscar la paz, ni tampoco lograr un resultado mutuamente aceptable, sino que pretende forzar a los “malos” a capitular frente a los “buenos”. Después la “comunidad internacional” se queda de una pieza cuando ve que todo ha sido en vano. 

Entonces, como norma general, en ese momento tiene lugar algún incidente mezquino en el límite del genocidio que muestra que “ya no se puede aguantar más”. Así llega la guerra con toda su potencia: la alianza más fuerte en la historia de la humanidad contra “los malos” (que casi siempre es el poder) para ayudar a ganar a los “buenos”. 

Dejemos a un lado la noción de moral y justicia, ya que no son las fuerzas que más determinan la política. En cualquier caso, todo tiene un aspecto deplorable. Una serie de graves problemas, cuyas raíces normalmente se encuentran en enfrentamientos históricos entre naciones o confesiones, se reducen a un esquema maniqueo, de blanco y negro. 

Después, los árbitros del destino intentan inútilmente comprender por qué todo salió mal y por qué los “buenos” resultaron ser tan desagradecidos.  

Y para terminar, lo más triste de todo. Si hubiera algún tipo de estrategia, un objetivo bien formulado, este tipo de acciones se podrían justificar. Pero parece ser que no hay nada por el estilo. La política queda reducida a los reflejos ideológicos y a los instintos naturales. 

Los reflejos obligan a encontrar en todas partes “el lado correcto de la historia” para estar en ella en ese momento, es decir, adaptarse a las circunstancias. Mientras, los instintos dictan: ¿no sabes qué hacer? Ataca. Demasiado simple para el cada vez más complicado e incomprensible mundo del siglo XXI. 

Esta opinión fue publicada originalmente en ruso en Rossíyskaya Gazeta.