Epílogo al caso Snowden

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

Si hubiese habido verdadera voluntad el caso del antiguo analista de la CIA podría haber acabado antes. En cualquier caso, esta historia también demuestra que no hay nada especialmente significativo como para hacer tambalear las relaciones ruso-estadounidenses.

La historia del  excontratista de la inteligencia estadounidense  ha llegado a su fin. Al menos eso se quiere hacer creer. Después de que Moscú haya ofrecido asilo a Edward Snowden y Washington haya cancelado la visita de Barack Obama a Rusia (no así a la cumbre  del G20 a celebrar en San Petersburgo el próximo septiembre), el resultado de esta extraña competición es de empate y si realmente hubiera verdadera voluntad se podría haber  finalizado ya. 

No obstante, existe también un escenario para una posible continuación. Así, los norteamericanos se aplican en la ampliación de la lista Magnitski y en Rusia convierten a Snowden en estrella de  programas  propagandísticos, dedicados a desenmascarar la hipocresía de los defensores de los derechos y las libertades en EE UU. 

El caso de Snowden llegó en un buen momento para demostrar claramente que entre Moscú y Washington no hay nada que pueda ser suficientemente significativo y que pese en el juego de sus políticas internas y en el 'enfrentamiento' de sus ambiciones.  Si no fuera por este caso, Obama habría hecho su visita, largamente esperada, pero excepto el encuentro en sí  y varios documentos poco fructíferos no se produciría ningún resultado. La antigua agenda  está agotada y todavía no se ha creado una nueva.

No obstante, se tiene la impresión de que ni el Kremlin ni la Casa Blanca desean hacer esto. Snowden ha cogido a todos desprevenidos y ambas partes han caído en la trampa. Las circunstancias empiezan a ser dictadas por las acciones políticas y no al revés. Aunque por supuesto que no se hizo sin errores por ambas partes.

 Los órganos competentes rusos parece que simplemente han dejado pasar  el momento cuando sus colegas chinos  enviaron  al fugitivo sin mala intención desde Hong Kong con dirección a Moscú. 

Y al encontrarse con este 'regalo' no valoraron todas las posibles consecuencias de su hallazgo, demorándose  en enviar al invitado a casa, tanto más cuanto él tenía la intención de dirigirse a algún lugar del hemisferio sur. 

Las autoridades estadounidenses, muy enojadas por el escándalo provocado por Snowden, se apresuraron a neutralizarlo, a prácticamente bloquearlo, precisamente  en la capital moscovita. 

En Washington como es de imaginar, simplemente no se dieron cuenta de que la estancia del disidente en Moscú provocaría mucha mayor resonancia que si continuara con sus revelaciones desde algún país abiertamente antiamericano como Cuba o Venezuela. 

En Rusia y en Estados Unidos se comenta con mucho interés que gobiernos antagónicos como son el estadounidense y el ruso hayan utilizado astutamente la historia de este amante de la verdad de la Agencia de la Seguridad Nacional americana  para enfrentarse. En la práctica, lo más probable es que esta cadena de errores de cálculo obligara a actuar así y no de otra forma. 

Y Rusia al no actuar con diligencia para ofrecer a Snowden un visado de tránsito a un tercer país se encontró en la situación de no poder ofrecerle asilo ni por motivos morales ni políticos. Y los estadounidenses al convertir un incidente meramente exótico y banal en un gran debate político ya  no podían retroceder. Y todo esto ha producido un gran descontento en ambas partes. 

La cuestión que más se ha planteado después del anuncio de la cancelación del encuentro de Obama con Putin es como esto va a influir en las relaciones ruso-americanas. Nadie se atreve a  afirmar que va a redundar positivamente, pero una vez que ha sucedido también se podrán encontrar aspectos positivos. 

Las relaciones bilaterales que vivieron su momento de esplendor en los años 2009 y 2010,  se han visto ensombrecidas por un   marco de  tensión. Se opina que hay que avanzar, empezar un nuevo período de restablecimiento de relaciones o algo más. 

Además, en ambas potencias cada vez con más frecuencia surgen dudas de que las relaciones de ambos países, en una época  configuradoras  de toda la política mundial, sigan siendo prioritarias. Un momento decisivo fue la reacción de Moscú a la intención de Obama  durante su segundo mandato de continuar las conversaciones sobre la reducción de armamento. La reacción no fue negativa sino completamente indiferente, sin demostrar interés alguno. 

Y se hizo evidente que en ausencia  del eterno tema nuclear la gran agenda del día se debilita. Para discutir la extrema situación siria, igual que otras crisis locales, no es necesaria ni siquiera la presencia de los presidentes, sino que es suficiente con diplomáticos profesionales y tanto el ministro de Exteriores ruso como el estadounidense  son unos profesionales en su materia. 

La historia de Snowden es también simbólica por otro motivo: el papel de China. Las acciones de Pekín no obedecen a ningún cálculo premeditado, simplemente no quería evidenciar  desavenencias con Washington y rápidamente se liberó de la posible fuente que pudiera producirlas. 

Sin embargo, resultó aleccionador; China parece como si  hubiera enfrentado a EE UU y Rusia, y en cuya disputa, objetivamente no tiene nada que ver. Ha hecho ver a los estadounidenses que no busca conflictos y a los rusos les ha recordado con quién tienen que construir una auténtica amistad. 

La paradoja es que cuanto peores son las relaciones con EE UU tanto mayor es el interés  de Pekín hacia Moscú, puesto que supone que la lógica de la política global unirá a Rusia con China sin necesitar de esforzarse para establecer relaciones. 

En este triángulo irregular de las tres potencias más importantes a nivel mundial, lo más probable es que empiece a formularse la futura agenda ruso-americana, no exactamente igual a la que prevalecía en la Guerra Fría. Por el momento, hay que esperar para ver cómo se configura el destino del joven y desafortunado empleado de la Agencia Nacional de Seguridad. Claramente él mismo no  habría previsto tales derroteros de su historia. 

Fiódor Lukiánov, director del periódico “Rusia en la política global”, presidente del Consejo  de Política Internacional y de Defensa de Rusia. 

Artículo publicado originalmente en Rossíyskaya Gazeta

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