Rusia no quiere una nueva URSS

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

La era postsoviética ha terminado, no sabemos cómo será la siguiente, el camino se define probando y cometiendo errores. Moscú pretende mantener su influencia en la zona pero desconoce los pasos que debería dar.

Las sanciones comerciales impuestas por Moscú a Ucrania, así como el encuentro inusualmente cálido entre los presidentes de Rusia y Azerbaiyán en Bakú, ponen de manifiesto que el Kremlin piensa seguir pisando fuerte en el espacio postsoviético.

A medida que se acerca la cumbre de la Asociación Oriental en Vilna, en la que Kiev y Ereván deberían firmar acuerdos sobre el incremento de los vínculos institucionales con la Unión Europea, Rusia va dando a entender que este paso provocará cambios en las relaciones de Moscú con Ucrania y Armenia.

Moscú, a diferencia de la Unión Europea, nunca ha dado a escoger a estos estados entre Europa o Rusia, algo que los europeos hacen constantemente. Moscú, al contrario, habla constantemente del desarrollo conjunto de proyectos, pero es evidente que este juego no tiene demasiado sentido. La paradoja de esta situación consiste en que en la escala de prioridades de los distintos países hace tiempo que el espacio postsoviético ha perdido posiciones. El pico de actividad geopolítica y económica respecto a los países de la antigua URSS tuvo lugar a mediados de la década de los años 2000. Ahora esta situación ha cambiado.

Los Estados Unidos se están concentrando en la zona. Algo atónita por el caótico desarrollo de los acontecimientos en el mundo, la "comunidad estratégica" norteamericana ha iniciado una discusión sobre las prioridades para las próximas décadas. La búsqueda del liderazgo universal está vigente en todas partes desde hace tiempo. Es necesario escoger prioridades, y no parece muy probable que Ucrania y Georgia vayan a recuperar la relevancia que tenían hace cinco-siete años a los ojos de Washington. El interés por Asia Central tampoco es para siempre, especialmente tras su salida de Afganistán.

La Unión Europea, por su parte, no tiene pensado ni ampliar sus fronteras ni perder recursos importantes en la adhesión de nuevos estados al este de sus fronteras actuales.

Por último, Rusia es quizás el caso más interesante. Su prioridad oficial es consolidar la Unión Aduanera y crear en base a esta la Unión Económica Euroasiática. A este objetivo apuntan tanto la política exterior como la económica. Se ha propuesto la participación en esta unión a todos los países de la antigua URSS. A Ucrania se le insinúa lo mucho que perdería en caso de que firmara un acuerdo de libre comercio con la UE, y a Armenia se le advierte que incluso sus estrechos vínculos actuales no se mantendrían intactos en caso de que hubiese un documento de asociación con la Unión Europea. A Moldavia (que debería firmar próximamente un acuerdo con la UE) también le recuerdan que sigue teniendo posibilidades de interesar a Rusia.

Lo paradójico es que en Moscú todavía no saben qué modelo le conviene. En comparación con lo que ocurría hace cinco años, se ha debilitado el deseo de integrar a toda costa a cuantos más países fuera posible de las antiguas repúblicas soviéticas. Para ser más exactos, el valor que se le daba a la integración pierde la batalla ante los cálculos sobre qué es ventajoso, qué no lo es, serán más altos los costes que los beneficios, etc.

Incluso el caso de Ucrania, cuya inclusión en la Unión Aduanera no plantea dudas, no resulta tan sencillo. Existe el riesgo de que Kiev, que en cualquier asociación ocupará una posición obstruccionista comerciando fieramente con cualquier pequeño producto, pueda paralizar la asociación. La seguridad de los países de Asia Central, y sobre todo, su participación en alianzas con Rusia, provoca altibajos.

En primer lugar se encuentra el problema de los precios, y en este sentido la abstención de Moscú de interferir en Kirguistán en 2010 fue una llamada de atención. En segundo lugar figura la opinión pública, que cada vez se encuentra más a favor de la idea de levantar muros, y no de abrir el mercado laboral a los ciudadanos de los países de la Unión Euroasiática, especialmente si en ella participan los países de Asia Central.

En lo que respecta al Cáucaso Sur, Georgia y Azerbaiyán se encuentran fuera de esta discusión, ya que ni Tbilisi ni Bakú planean interferir en los proyectos rusos, por distintas razones.

Y Armenia no podrá integrarse realmente en ningún lugar, ni en Oriente ni en Occidente, y no debido a la rivalidad geopolítica de los países más grandes, sino por el aislamiento fáctico en el que vive. Ereván no tiene ni tendrá mayor garante de su seguridad física que Rusia. Para ser justos, cabe decir que Rusia tampoco puede prescindir de Armenia: Moscú no tiene otro aliado de referencia en el Cáucaso Sur (importante como mínimo debido a la existencia del Cáucaso Norte).

Rusia se encuentra en un estado de transición, y esto influye en todos los aspectos de su política. La era postsoviética ha terminado, no sabemos cómo será la siguiente, el camino se define probando y cometiendo errores.

En lo referente a los países vecinos, por ahora se ha escogido la táctica de la retención expectante. Moscú desearía mantener a todos en vilo, como en un estado vegetativo provisional hasta que ella misma sepa qué es lo que quiere.

Los problemas internos de sus vecinos y de sus potenciales jefes en Occidente (o en Oriente) le facilitan la tarea: nadie quiere entrar en peligrosos riesgos y gastos por el bien de Ucrania, Armenia o Tayikistán. Y si los planes de Rusia fracasan, el vacío comenzará a llenarse sin ella, según las leyes de la naturaleza. 

Fiódor Lukiánov es el redactor jefe de la revista "Rusia en la política global"

Artículo publicado originalmente en Gazeta.ru.

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