Snowden protagoniza una tragicomedia

Dibujo de Alekséi Iorsh.

Dibujo de Alekséi Iorsh.

La historia de Edward Snowden comenzó como una novela de espionaje, se transformó en una comedia y ahora amenaza con convertirse en un drama con elementos trágicos.

La tragicomedia es el género que cada vez tiene más que ver con nuestro protagonista, quien, decidido a luchar por la libertad y la dignidad de la persona, claramente no esperaba un desenlace similar. El exempleado de los servicios de inteligencia norteamericanos, de hecho, se ha visto atrapado en una trama de alta política.

Al parecer, Snowden se ha convertido en una molestia para todos: excepto la justicia norteamericana, nadie lo necesita, y la población civil en cuyo nombre actuó está comprada, o no tiene capacidad para hacer frente a los grandes intereses del Estado. Una lección para futuros delatores: el idealista solitario está sentenciado de antemano; solo el apoyo de grandes estructuras, a quienes por una u otra razón les interesa cambiar el statu quo, pueden ser garantía de éxito. Como antes, cuando un disidente de una de las partes del 'telón de acero' recibía automáticamente el apoyo de la otra parte.

Aparte de su naturaleza moral, el caso de Snowden tiene también carácter político, especialmente en lo que toca a las relaciones entre Rusia y Estados Unidos.

Los Estados Unidos se encuentran en una situación poco usual para ellos. Normalmente eran ellos quienes ofrecían asilo a 'defensores de la libertad' cuyos gobiernos amenazaban con llevarlos ante la justicia.

Ahora la situación es la contraria, y los estadounidenses se ven obligados a escuchar perplejos los mismos argumentos que ellos siempre han declarado a los demás. Aunque en el país norteamericano la opinión sobre el fugitivo está dividida, muchas personas exigen que se investiguen los hechos publicados por él y que se acabe con esta práctica; con todo, prevalece un punto de vista: el chico ha violado la ley y debe ser condenado (aunque se ha sabido que, formalmente, el espionaje que ejerció entraba dentro de los márgenes de la legalidad).

Estados Unidos es el país de los abogados; de todas las ramas del poder, la rama judicial es la más influyente y goza de una autoridad indiscutible. Por esta razón, cuando se trata de comparecer ante el sistema judicial estadounidense —considerado por definición un sistema justo e independiente—, simplemente no se aceptan otros argumentos. Y la negativa de entregar a alguien a los tribunales estadounidenses no se considera tanto un acto políticamente hostil, como moralmente inaceptable.

Este asunto ha colocado a la Casa Blanca en una posición incómoda. Barack Obama se encuentra bajo una fuerte presión. Las acusaciones sobre su imposibilidad de conseguir la deportación de Snowden por parte de Moscú esconden un problema mucho más grave que la mera debilidad de un presidente como líder de una superpotencia; esta situación le obliga a traicionar los sagrados ideales de la Ley, la esencia de la ideología norteamericana.

Su psicología se refleja con exactitud en la última película de Quentin Tarantino, 'Django', cuya trama se desarrolla durante la segunda mitad del siglo XIX. El protagonista es un cazarrecompensas, un ordenanza que disponía de autoridad legal para llevar a los delincuentes ante la justicia vivos o muertos (aunque en la práctica siempre era lo segundo), o dicho con otras palabras, que contaba con una orden para matar a personas declaradas culpables por un juez federal.

Esta concepción de la inevitabilidad de la condena a cualquier precio no ha sufrido el menor cambio en 150 años, aunque los métodos de aplicación, por supuesto, sí que son otros.

Snowden podría experimentar esto en su propia piel, como ya lo han comprobado con anterioridad dos ciudadanos rusos: el empresario del sector armamentístico Víctor But  y el piloto Yaroshenko. No se trata de si estas personas son o no culpables, sino de la profunda convicción de la Temis norteamericana en que ningún derecho soberano ni jurisdicción ajena puede entorpecer la aplicación de la ley.

En parte por esta razón, arraigada profundamente en la mentalidad norteamericana, y en parte porque en 25 años Estados Unidos ha perdido la costumbre de recibir una negativa de otros países, Washington ha escogido una línea deliberadamente errada en el caso de Snowden.

Esta línea presume que Moscú pasará por el aro si se le presiona de la manera adecuada, si se le amenaza con consecuencias negativas, o bien si se le explica hasta qué punto es importante para los Estados Unidos recibir al fugitivo. Sin embargo, desde un punto de vista objetivo, es evidente que el gobierno ruso no puede extraditar a Snowden ni por razones morales, ni por razones políticas, ni siquiera en base a consideraciones legales. Aunque su sola presencia en Rusia no entusiasma a nadie y el Kremlin se desharía con mucho gusto de este incauto buscador de la verdad.

Los esfuerzos del gobierno ruso por distanciarse de Edward Snowden, por demostrar que no tiene ni la más mínima relación con toda esta historia, ahora parecen premeditados.

Por supuesto, se puede seguir fingiendo que se trata de un solicitante indocumentado en busca de asilo, cuyo caso considera el Servicio Federal de Migración de Rusia de forma ordinaria. Pero está claro que no es así: el interés internacional es demasiado evidente.

Ahora que Snowden ha salido de la zona de tránsito se ha aclarado algo la situación. Ya ha dejado atrás la 'tierra de nadie'. Una pena si la Casa blanca considera que la visita de Obama es inviable ante estas circunstancias. Pero la relación entre Rusia y EE UU no se acabará aquí. También esta historia pasará.

Fiódor Lukiánov, presidente de la mesa del Consejo de Política exterior y Defensa.

Artículo publicado originalmente en Rossíyskaya Gazeta.