Rusia, ¿emergente o estancada?

Dibujado por Alexéi Iorsh

Dibujado por Alexéi Iorsh

La cumbre del G20 en San Petersburgo marca un nuevo hito en el intento del Kremlin de desempeñar un papel protagonista en la configuración de un nuevo orden global.

Rusia juega a dos bandas. Por un lado, como miembro permanente del Consejo de Seguridad, es decir con derecho de veto y con armamento nuclear, forma parte del núcleo duro del orden geopolítico vigente y es igual de reacio que los demás a perder su posición de privilegio.

Por otro lado, Moscú aspira a una mayor influencia en una agenda global que percibe dominada por EEUU. Por ello, Moscú lleva años cultivando su perfil como “potencia emergente”, impulsando, entre otros, el foro BRICS.

Sin embargo, la ambición rusa de posicionarse como hub de encuentro entre estas dos dinámicas internacionales choca con numerosas dificultades. De todas las potencias tenidas por emergentes, desde China e India hasta Turquía, México o Indonesia, Rusia es, probablemente, la que genera más dudas. Fundamentalmente, por su anquilosada economía. 

La bonanza del primer periodo Putin (2000-2008) no fue aprovechada para acometer reformas estructurales y mejorar, de paso, las vetustas infraestructuras del país; y el plan de modernización anunciado durante la presidencia de Medvédev ha quedado en papel mojado. 

La economía rusa se ve constreñida por factores políticos e institucionales. Una mayor diversificación y peso en el PIB de sectores tecnológicamente avanzados, junto con una mayor transparencia y un entorno de negocios más amigable, siguen siendo las grandes tareas pendientes. El presupuesto federal ruso y la estabilidad fiscal mantienen su fuerte dependencia con la exportación de hidrocarburos. Nada nuevo bajo el Sol, aunque los ciudadanos rusos viven ahora mejor de lo que, probablemente, recuerda cualquier generación. 

No obstante, el llamado “consenso Putin” da síntomas de agotamiento. En Rusia no existe una oposición articulada, pero sí un creciente malestar y desmoralización por el estancamiento político y la corrupción omnipresente. 

Puede argüirse que esto no distingue a Rusia de otros países europeos y que la oferta de estabilidad y ‘fortaleza’ del presidente Putin frente al recuerdo de los traumáticos años 90 siguen concentrando el respaldo de la mayoría social. 

Pero la dureza mostrada frente a cualquier atisbo de crítica o pulsión liberal demuestra que el Kremlin se siente vulnerable. Además, el sistema político parece incapaz de canalizar esta situación y ofrecer unos mayores horizontes vitales a una nueva generación de jóvenes. Este malestar se mantendrá, pues, como un factor latente de inestabilidad. 

En política internacional, Moscú mira hacia el futuro con anteojos del pasado. Restaurar su “área de influencia” en el espacio exsoviético es su principal objetivo. Pero está lejos de lograrlo. De hecho, sus principales aliados –Armenia, Belarús, Kazajstán, Kirguistán o Tayikistán– lo son porque no tienen mejor opción  y, en el caso de los centroasiáticos, porque temen el auge de China; pero no por convicción. 

La Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, el instrumento con el que Moscú trata de restablecer su predominio militar, está lejos de ser un mecanismo eficaz de seguridad regional y se ha mostrado irrelevante, política y militarmente, en las últimas grandes crisis que ha vivido el espacio euroasiático –crisis de Andiyán (mayo 2005), guerra ruso-georgiana (agosto 2008), violencia interétnica en el sur de Kirguistán (junio 2010). 

La Unión Económica Euroasiática (establecida con Belarús y Kazajstán) tiene pocos visos de resultar beneficiosa para sus miembros (incluida Rusia). Y más allá del espacio ex soviético, en las tres grandes cuestiones que se dirimen actualmente en los confines de su frontera meridional, el papel de Rusia es o fundamentalmente reactivo (Siria e Irán) o escasamente relevante (Afganistán). 

De esta manera, si Moscú aspira a jugar un papel central en el orden global, haría bien en preguntarse primero por qué todos sus vecinos son tan reacios o encuentran tan incómodo cooperar con Rusia y, segundo, por qué sus propuestas generan escasas adhesiones o no inciden en los grandes debates internacionales. 

Su presidencia del G20 y la cumbre de San Petersburgo son una buena oportunidad para que Rusia ponga los cimientos sobre los que construir su poder blando. Pero esto significa fortalecer la capacidad de atracción, no de reforzar mecanismos de imposición. 

Nicolás de Pedro, investigador principal, CIDOB, @nicolasdepedro