¿Qué se espera del encuentro entre Putin y Obama en la cumbre del G8?

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

Será la tercera reunión entre ambos mandatarios y la primera vez en seis años que Putin asista a una reunión del G8. Se espera que la cita transcurra con calma y discreción.

Barack Obama y Vladímir Putin se han reunido en dos ocasiones. Primero en verano de 2009, cuando el presidente de los EE UU viajó a Moscú y visitó al entonces primer ministro ruso. Y después en verano de 2012, cuando Putin, de nuevo en el cargo de presidente, acudió a la cumbre del G20 celebrada en la ciudad mexicana de Los Cabos. 

La primera vez el encuentro se convirtió en un extenso monólogo de Putin acompañado de caviar y té, con el que, por alguna razón, habían decidido entretener a los invitados. A la pregunta de Obama sobre las relaciones bilaterales su interlocutor respondió con un discurso de cuarenta minutos en el que le expuso, de manera persuasiva, todo lo que pensaba de la política de Washington y, en particular, de los resultados de la administración de George Bush.

Obama escuchó con atención, prometió que reflexionaría y, en otoño, inició un verdadero proceso de reinicio: una estrategia de intercambio diplomático, cuyo resultado sería el restablecimiento de las relaciones estancadas desde la segunda mitad del año 2000.

El segundo encuentro se desarrolló en un ambiente más tenso. Putin acababa de volver al Kremlin, desplazando con ello a Dmitri Medvédev (quien mantenía buenas relaciones con Obama), y la presidencia comenzó con una negativa a visitar a la contraparte norteamericana con motivo de la cumbre del G8 que se celebraría en EE UU.

Todos los comentaristas advirtieron la falta de expresión en la cara de los interlocutores, aunque el documento resultante fue un ejemplo de formalidad: las partes esquivaron con precisión todas las preguntas que podían despertar controversia y se concentraron solo en aquello que les unía. 

El trasfondo de la tercera cita entre estos jefes de gobierno, la cual tendrá lugar en Irlanda del Norte, es bastante desfavorable.

A finales del año pasado y principios de este, Moscú y Washington casi se enzarzan en una fuerte disputa por una serie de cuestiones que no tenían relación directa con la política real (la ley Magnitski, la adopción de niños rusos).

A esto le siguió un periodo de frágil estabilidad, pues ninguna de las partes consideraba oportuno romper las relaciones de forma definitiva. Si durante la cita en Irlanda del Norte los interlocutores logran mantener la calma y la discreción, al menos el listón no seguirá bajando posiciones.

Una trayectoria política diferente

Los comentaristas adoran reflexionar sobre la ‘química’ de los encuentros. Según dicen, la ‘química’ entre dos presidentes es capaz de desplazar cualquier cuestión conflictiva. ¿Pero existe una fórmula que pueda lograr la comprensión mutua entre Putin y Obama?

Si nos fijamos en el recorrido vital de ambos, descubriremos que tienen un punto en común. Ni Putin, que creció en las calles del barrio obrero de Leningrado y no precisamente en la familia más próspera, ni Obama, un mulato de origen exótico que pasó su infancia en diferentes rincones de la periferia mundial, se podían imaginar que llegarían a la cima más alta.

Uno y otro han acabado en el Olimpo de la política de una forma completamente casual. En todo lo demás son polos opuestos.

Obama inició su carrera política desde la base, participando en grupos de activistas, y llegó a la política profesional a través del trabajo social. Destaca por su carisma público; por su capacidad de atraer a la gente y conseguir, gracias a la fuerza de la persuasión, que le sigan desde pequeñas asociaciones locales hasta circunscripciones electorales o jurisdicciones de mayor escala.

Putin, por su parte, es el discípulo avanzado de una organización exclusiva y hermética, donde la popularidad y la franqueza política se vigilan con recelo. Para más inri, la estructura de esta organización tiene una base jerárquica.

Aunque tanto el despegue de Putin y como el de Obama fueron el resultado de unos cambios sustanciales en las disposiciones sociales, sus direcciones son opuestas.

Obama fue elegido en medio de una ola de cambio en su país. Putin, en una atmósfera de cansancio general por la sucesión continua de cambios, bajo un deseo generalizado de estabilizar la situación. 

Pero lo que resulta aún más interesante, en el marco de la política exterior, es que ambos tienen la habilidad de percibir con claridad los cambios fundamentales que se están produciendo en el mundo y que no les permiten actuar como acostumbran Estados Unidos y Rusia. 

Lo que los críticos de Obama denominan falta de principios y debilidad (la cautela en el trato de los conflictos, la falta de voluntad para intervenir cuando no hay necesidad, una relativa indiferencia ante las cuestiones sobre la democracia), en realidad es su convicción de que, en una sociedad tan diferente de la de tiempos anteriores, las antiguas recetas podrían provocar el resultado contrario al que se busca.

Putin también está convencido de que no conviene bromear con el mundo contemporáneo. Entiende en profundidad, mucho mejor que la mayoría de los políticos occidentales, que todo está interconectado y comprende el peligro que supone la toma de decisiones categóricas sin tener en cuenta todas las posibles consecuencias.

De ahí su apego al statu quo, que aplica tanto a la política exterior como a los asuntos internos. 

El presidente de Rusia, también es cierto, tiene un sentido exacerbado del prestigio nacional, para cuya defensa está dispuesto a emplear casi cualquier medio. Considera que, en la década de los 90, Rusia fue humillada lo suficiente como para no hacer concesiones hoy.

La situación de Obama difiere un poco: desde su punto de vista, Estados Unidos es tan poderoso que se puede permitir retroceder un par de pasos en pro de la flexibilidad sin arriesgarse a perder nada, siempre que no sea en vano. Para muchos estadounidenses esta postura es humillante, aunque en realidad resulta difícil encontrar algún momento en el que Obama haya cedido con respecto a alguna cuestión esencial o de principios. 

No surgirá la ‘química’ entre los dos presidentes, ni falta que hace. Es más importante que ambos tengan la certeza de que, en el mundo actual, conviene evitar los golpes de osadía. Los dos, en un principio, están dispuestos a negociar, aunque cada uno tiene su propia perspectiva de la negociación.

Pero quizás lo más importante sea que, a pesar de que Putin y Obama se pueden considerar dos de las personas más poderosas del mundo, su capacidad de influir en el devenir de las circunstancias es significativamente inferior a su dependencia de la aleatoriedad. Claro que ninguno de los dos estará dispuesto a reconocer semejante afirmación.

Fiódor Lukiánov es presidente del Consejo de política exterior y de defensa.

Texto abreviado. Artículo publicado originalmente en ruso en Ogoniok.