¿De qué le sirve a Moscú el arresto del alcalde de la capital de Daguestán?

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

El arresto del alcalde de Majachkalá, Said Amírov, ha vuelto a poner el punto de atención sobre la situación de Daguestán. El hecho de que hayan sacado del juego a este veterano de la política daguestaní ha sorprendido a muchos.

Daguestán ha sufrido numerosos conflictos a lo largo del periodo postsoviético. Las divergencias forjadas en la república más grande del Cáucaso Norte son tanto de naturaleza étnica (se trata de una de las repúblicas con mayor variedad de nacionalidades de Rusia) como confesional (en este territorio conviven partidarios de los sufíes, de los salafistas moderados y de los radicales yihadistas).

También se han sucedido luchas entre diferentes clanes burocráticos, así como entre la burocracia republicana y los ‘daguestaníes moscovitas’ (hombres de negocios y políticos de origen daguestaní asentados en la capital rusa).

Sin embargo, hasta ahora, Moscú prefería evitar la participación directa en todos estos conflictos. El gobierno federal ha tratado de mantener el statu quo en base a unas relaciones informales y a complejos sistemas de negociación. No obstante, la historia actual de Amírov se desmarca de esta tradición.

El presidente de la capital de esta república era uno de los personajes centrales del sistema de gobierno daguestaní. Tenía acceso directo a los principales dirigentes políticos y un importante negocio en Moscú al margen de la administración de la república.

Además, su palabra ocupaba un importante lugar en la toma de las decisiones de gestión más importantes, incluso las que quedaban fuera de su competencia. Aparte de la influencia administrativa, también tenía sus ‘recursos de poder’.

Así, en 1999, durante una incursión de las milicias de Shamil Basáyev y Khattab en Daguestán, Amírov envió su propio destacamento de apoyo al gobierno federal.

Este apoyo, así como la ayuda análoga que prestaron otros ‘barones’ regionales, se convirtió en un factor clave para el éxito obtenido por Rusia en la lucha contra la propagación de la metástasis separatista. Más tarde, Amírov desempeñó un importante papel en la construcción de la estructura del partido Rusia Unida, el gubernamental, en Daguestán.

Amírov no solo ocupó su puesto durante muchos años, sino que además recibió numerosas condecoraciones del gobierno, así como el respaldo público de los de arriba. Pero en junio de 2013 la situación ha cambiado.

Sería un error considerar el arresto de Amírov como un acontecimiento aislado. Con la entrada en el gobierno a principios de este año de Ramazan Abdulatípov, las autoridades federales han pretendido reforzar la situación administrativa de su protegido.

Sin el apoyo firme de Moscú, la eficacia de Abdulatípov será muy limitada. Moscú quiere minimizar los riesgos provenientes de Daguestán antes del inicio de las Olimpiadas de Sochi, puesto que esta república, desde 2005, está a la cabeza en número de atentados terroristas y actividades subversivas.

Un gobierno que se apoya en principios informales en lugar de en fuertes instituciones favorece el crecimiento de las protestas y del extremismo.

Sin embargo, el deseo comprensible y justificado de autoprotegerse del gobierno conlleva también sus riesgos. Incluso en el caso hipotético de que Amírov no llegara a los tribunales, lo más probable es que ya haya perdido la alcaldía. Y no solo el puesto, sino todo un sistema clientelar, origen de serias disputas.

¿Quién ocupará el puesto de Amírov? No es una cuestión baladí. ¿Están preparados Abdulatípov y el gobierno federal que le respalda para cambiar las reglas del juego, y no solo los letreros de los despachos de los altos cargos?

Por supuesto, el arresto de Amírov podría asustar a los clanes burocráticos y obligarles al menos a moderar sus muestras de ambición. Cabe recordar, que los múltiples problemas de Daguestán tienen un carácter predominantemente sistémico e institucional, y no se arreglarán solamente con sonadas detenciones y notorios ‘encarcelamientos’.

Y es que las figuras como Amírov no surgieron de la nada. Fueron necesarios cuando la república más grande del Cáucaso Norte fue prácticamente abandonada a su suerte y se tuvo de desenvolver con la separatista república de Ichkeria por vecina, además de tener que solucionar la compleja cuestión del idioma lezgui con el nuevo estado independiente de Azerbaiyán y normalizar la situación de la migración de los avaros caucásicos de Kvareli, en Georgia.

Por no hablar de los problemas con la privatización de la propiedad y la transición desde el sistema de planificación soviético a las nuevas formas de gestión.

Dudo que el arresto de Amírov o de cualquier otro alto cargo libre a Daguestán de los altos índices de paro y la superpoblación, o que permita completar el arduo proceso de urbanización que llena las ciudades, vacía los pueblos y disgrega a los grupos étnicos predominantes en determinados territorios para dar lugar a los conflictos.

Sin un refuerzo cualitativo del sistema de poder colapsado y, ante todo, del poder judicial, sería ingenuo pensar que los arrestos por sí solos pueden hacer que el pueblo de la república deje de creer en los predicadores religiosos y empiece a confiar en los altos funcionarios, la policía, los jueces y los fiscales. 

Sergéi Markedónov, investigador invitado del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en Inglés) en Washington, EE UU.