Siria: manual para los diplomáticos del futuro

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

Algunas crisis internacionales sirven como libros de texto vivientes para aquellos que estudian la diplomacia y las relaciones internacionales. Siria entra en esa categoría. Es un caso de estudio perfecto. Sobre todo ahora que todo el mundo está hablando de la próxima conferencia de paz.

Si quieres la paz, prepárate para la guerra, dice un trivial y conocido principio. Y he aquí que, a las puertas de una hipotética "mesa redonda" que en principio debe reunir a todas las partes implicadas y decidir qué hacer a continuación, se están blandiendo las armas en todas partes.

La UE ha decidido no renovar el embargo del suministro de armas a Siria (léase, a los rebeldes), aunque solo Gran Bretaña y Francia defendían activamente la abolición de las restricciones, mientras que los demás expresaron con distinta intensidad sus dudas sobre la racionalidad de una inmersión profunda en la guerra civil.

Las declaraciones acerca de ayudar a la oposición tienen una razón política. La propia declaración indica que la apuesta por la fuerza sigue siendo una de las opciones reales. En otras palabras: si no se alcanza un acuerdo, habrá guerra hasta la victoria.

Rusia, la cual sigue exactamente la misma lógica, no confirma ni desmiente el suministro a Damasco de S-300 y otras armas avanzadas.

Lo cierto es que el efecto también puede ser el contrario. De momento parece que ambas partes del enfrentamiento sacan la misma conclusión del juego diplomático de los grandes países: pase lo que pase, no los abandonarán, lo cual invita a un enroque por ambas partes. Tanto al-Assad como sus opositores son conscientes de que los partidarios externos, Rusia y Occidente respectivamente, no pueden negarse a apoyar a sus contrapartes sin que esto afecte seriamente a su imagen.

Después de todo, tanto para Moscú como para Washington, en Siria se está tratando una cuestión de principios.

Rusia defiende a los gobernantes seculares (por muy antidemocráticos que sean) y la no interferencia externa. En Occidente, por su parte, se debaten entre esquemas ideológicos en los que existe un 'pueblo rebelde' y un 'tirano cruel', y el deseo de consolidar el modelo de permisión de crisis locales que se cristalizó gradualmente tras la Guerra Fría, es decir, elegir el lado 'correcto' del conflicto y ayudarlo a llegar al poder.

Por lo tanto, la negativa a apoyar a 'los suyos' no es solo una opción pragmática, sino un compromiso ideológico que afecta a su autoevaluación.

Las conferencias de paz del pasado, hasta las de Yalta y Potsdam, hicieron algo muy importante: repartieron el mundo. En los últimos tiempos ha habido una especie de conferencias de paz relacionadas con los Balcanes: el Acuerdo de Dayton para Bosnia en 1995 y la crisis de Kosovo en 1999. No está de más recordar ambas experiencias, pues trazan dos hipótesis bastante plausibles de lo que podría ocurrir en Siria.

Dayton ofrece en general un panorama positivo. En aquel entonces, los actores exteriores reunieron a los combatientes y los obligaron a acordar un modelo de unidad de Bosnia y Herzegovina. Esto es más o menos lo que ven los optimistas que creen en las posibilidades de éxito de Ginebra 2.

Los pesimistas tienden a recordar el comienzo de febrero de 1999, cuando, a expensas de una gran tensión diplomática, se logró organizar en Rambouillet una conferencia para la resolución pacífica del conflicto de Kosovo. Sin embargo, no se obtuvieron resultados y la exasperación mutua alcanzó su máxima intensidad.

No se puede hacer una analogía directa con Siria, pues existen demasiados detalles específicos, pero la hipótesis de que tenga lugar una rápida intensificación del conflicto en caso de que la conferencia no dé lugar a un avance (el cual no parece posible), resulta totalmente realista.

Además, existe una diferencia fundamental entre la situación de Siria y todo lo que ha sucedido en el pasado. Cuando comenzó el proceso de paz mediante la intervención en los conflictos locales, los grandes países siempre han tenido un interés específico, una idea clara acerca de sus propios beneficios.

Los países de Europa Occidental, con el apoyo activo de los Estados Unidos, cambiaron el paisaje estratégico de Europa de acuerdo con las ideas que predominaban tras la Guerra Fría.

En el caso de Siria, no se puede entender qué interés directo y específico, además de las cuestiones de status anteriormente mencionadas, pueden tener EE UU, Europa y Rusia.

La expansión de las esferas de influencia en el Oriente Medio actual es una idea casi utópica. Todas las fuerzas externas están corriendo frenéticamente en busca de una reacción adecuada a lo que ha sucedido ya, adaptándose a las realidades que cambian al margen de su voluntad y deseo, lo cual anula todo tipo de estrategia.

Cabe destacar que aquellos que tienen intereses directos (los países vecinos de Irán a Arabia Saudí y Catar) guardan silencio acerca de la conferencia. Apenas se manifiestan. Y es, al fin y al cabo, de todos ellos de quienes depende en última instancia la negociabilidad de las partes en conflicto.

En algún momento, los grandes juegos de las potencias mundiales estuvieron inextricablemente entrelazos con las pequeñas intrigas de los actores locales, y fueron los factores primordiales de los conflictos. Ahora es todo lo contrario.

Los procesos in situ tienen su propia lógica, y la participación de 'los grandes' queda relegada a un plano paralelo; el frente y la retaguardia cambian constantemente de lugar.

Para los historiadores del futuro, este es un almacén inagotable. Para los diplomáticos de hoy, una tarea casi imposible. 

Texto abreviado. Publicado originalmente en ruso en Gazeta.ru.

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