Alemania: líder a su pesar

Dibujado por Natalia Mijáilenko

Dibujado por Natalia Mijáilenko

Todo el mundo parece haber asumido que Alemania tiene el discurso más rotundo en Europa. Aunque a veces pareciera que quiere eludir sus responsabilidades, no puede hacerlo.

 

Dibujado por Natalia Mijáilenko

El Berlín de hoy recuerda a las capitales asiáticas. Ante todo por el alcance de la construcción. Poco más o menos en Pekín, Shanghái o Singapur se impone la misma sensación: en todas partes se construyen edificios e infraestructuras a pasos agigantados.

Sobre el trasfondo de una Europa apacible, aunque sumida en algunos lugares en una profunda depresión, la capital de Alemania produce la impresión de estar creciendo con ímpetu. Con eso, la propia ciudad hace ya tiempo que se balancea al borde de la quiebra, pero como centro de un país europeo importante desde el punto de vista económico y, actualmente también político, atrae hacia sí el curso del mundo entero. El avance hacia la primera fila de la política de la Unión Europea despierta emociones contradictorias entre los habitantes del país.

Por una parte, todo el mundo ha asumido que el discurso más rotundo  de la Europa unificada pertenece a Alemania. Esto es especialmente evidente en la medida en que Francia, su habitual aliado y, a la vez, su contrapeso, experimenta una marginalización. Digan lo que digan los alemanes, después de muchas décadas de resignación impuesta, aunque asimilada al fin de buena fe, esta situación resulta de lo más grata.

Por otra parte, debido a su especificidad histórica, cuando Alemania se encuentra en una posición de liderazgo se expone más que cualquier otro estado.

Una conocida alemana se quejaba del aumento del sentimiento antialemán en el sur de Europa: en el último tercio del siglo XX los alemanes se han acostumbrado a sentirse aventajados en lo que se refiere a la superación del pasado y la reconciliación con las antiguas víctimas de su expansión. Pero, por motivos económicos objetivos, en relación a los países problemáticos, le ha tocado iniciar una línea económica fuerte que le ha traído reminiscencias de su propio pasado.

La paradoja de la situación reside en el hecho de que Berlín no puede eludir sus responsabilidades.

Sorprendentemente, Alemania tropieza hoy con el mismo problema que China: ambas potencias son demasiado grandes y pesadas como para ocultarse bajo las sombras, aunque ni Berlín ni Pekín muestren un entusiasmo general por el hecho de verse bajo el foco de atención. De Alemania se espera una contribución sustancial a la resolución de los problemas económicos y políticos del mundo circundante, e incluso probablemente algunos pasos para cambiar el orden mundial.

Aun así, en Alemania los discursos sobre posibles aspiraciones políticas son de mal tono. Cuando hace un par de años el presidente federal Horst Köhler  tuvo la osadía de declarar públicamente que Alemania, como potencia exportadora, podía tener intereses nacionales en la defensa y el control de las rutas comerciales, estalló tal escándalo que tuvo que dimitir.

Pero por más que trate de evitar esta peliaguda cuestión, Berlín se ve arrastrado por las circunstancias hacia esta posición cuando tiene que entrar en conflicto con sus vecinos europeos a la hora de buscar una salida a la crisis. Indefectiblemente se despiertan temores ante un resurgimiento de la ambición de Alemania por la hegemonía, estén estos fundamentados o no.

Es por ese motivo que Alemania debe ser especialmente escrupulosa con su fidelidad a la alianza occidental y a las relaciones transatlánticas, y no dejar aflorar la más mínima sospecha de haber olvidado las lecciones de la Segunda Guerra Mundial.

Aquí radica, asimismo, la encendida discusión que ha estallado en las páginas de la prensa sobre si el país tiene o no derecho a poner en peligro los valores en aras de sus intereses comerciales. Esto también apunta contra Rusia: desde el Ministerio de Exteriores y la Cancillería Federal se insta a criticar a Moscú por su defectuosa democracia, aunque eso conlleve un perjuicio para los intereses comerciales alemanes.

El próximo otoño se celebrarán elecciones. Lo más probable es que gane el partido de Angela Merkel, es en el que confía la mayoría de la población (no tanto en el partido como en la persona de la canciller). El nuevo mandato será el más duro para ella: Berlín deberá asumir los gastos de liderar Europa, algo de lo que ya no podrá esconderse, aunque lo desee con todas sus fuerzas.  

Artículo publicado originalmente en ruso en Rossísyskaya Gazeta.