¿Ocupa un lugar Rusia entre los líderes mundiales?

Dibujado por Dmitri Divin

Dibujado por Dmitri Divin

En mayo de 1998 Rusia debutó como miembro de pleno derecho del G8. Y en los últimos quince años prácticamente ha formado parte de todas las organizaciones internacionales a las que ha aspirado. ¿Cuál es el balance?

Hace quince años, a mediados de mayo de 1988, se celebró por primera vez en Birmingham una cumbre del G8. Desde entonces Moscú no solo se convirtió en miembro de casi todos los clubes internacionales sino que también adquirió una gran experiencia presidiendo la mayoría de ellos. Pero ¿se puede decir que Rusia ocupa un lugar entre los países líderes mundiales con capacidad de decidir el destino del mundo?

Un difícil camino

La cumbre de Birmingham de 1998 fue un hito para la Rusia moderna. Desde el derrumbe de la Unión Soviética, el entonces presidente ruso, Borís Yeltsin, se esforzó en que el país ingresara en las asociaciones internacionales más exclusivas a fin de que Rusia recuperase el estatus simbólico de gran potencia.

Sin embargo, tres meses después de que Rusia debutara en Birmingham, el país se declaró en suspensión de pagos y se sumió en una aguda crisis económica y política. La ilusión de ser igual a los otros líderes mundiales se disipó enseguida cuando el gobierno ruso se vio obligado a pedir apoyo financiero a los países occidentales y se lo denegaron.

En la actualidad resulta extraño incluso recordarlo. Hace tiempo que Rusia pasó de ser un país deudor a ser uno donante y negocia con naciones a las que previamente solicitó apoyo financiero cómo, por ejemplo, ayudar a la moneda única europea o a los países de la zona euro.

Hace tiempo que no hay dudas respecto al hecho de que Rusia pertenece de pleno derecho al club más prestigioso del mundo, aunque la situación dentro y en torno a ese club ha cambiado drásticamente desde finales de la década de 1990, y no precisamente en beneficio del G8.

La transformación en show

A mediados de 1970, cuando se concibió como un mecanismo de consulta no oficial de las principales economías occidentales sobre el estado real de la coyuntura global, tenía un formato cerrado y las discusiones profesionales eran sumamente rigurosas, pero a partir de la  ampliación del grupo, que originariamente incluía los cinco países más ricos del mundo, y del aumento de la atención mediática por las cumbres, se fue convirtiendo paulatinamente en todo un espectáculo político para el público.

Cuanto más transparente es el ambiente, más peligrosas son las declaraciones directas incluso en encuentros privados, pues es inevitable que se produzcan filtraciones. Pero sin una discusión sincera se pierde también el sentido de las reuniones; en cualquier caso, ese sentido al que se aspiraba cuando se concibió el formato.

Por otra parte, los cambios fundamentales en el equilibrio de fuerzas global hicieron que las reuniones en formato limitado se volvieran poco eficaces. En un momento dado se volvió evidente que discutir sin China las perspectivas económicas mundiales era sencillamente imposible. Por otro lado, resultaba incómodo aceptar a Pekín en el G8, ya que este grupo solo estaba integrado por naciones democráticas.

La aparición del G20 en el punto álgido de la crisis de 2008 resolvió este problema. No obstante, el G20 no llegó a formar un gobierno mundial.

Tras desempeñar un papel útil en la primera fase de la crisis, cuando la reunión de los representantes de las veinte mayores economías tuvo un efecto tranquilizador, el foro pasó a ser en lo sucesivo un acto más bien protocolario. Con todo, cada país trata de utilizar su presidencia del grupo para presentarse como una potencia mundial responsable. Ahora le toca el turno a Moscú.

Saber cómo mostrarse

En los últimos años Rusia ha tomado iniciativas, en repetidas ocasiones, con respecto a cuestiones globales, que, sin embargo, no han prosperado. La razón es doble.

Por un lado, Rusia no ha aprendido a mostrar liderazgo en el mundo actual debido a un sentimiento de inferioridad aún no superado a raíz de la disolución de la Unión Soviética. Además, los políticos rusos no han asimilado el arte de presentar sus intereses egoístas en un envoltorio extremadamente altruista, arte que dominan magistralmente sus colegas occidentales.

Pero hay otra causa. En el mundo contemporáneo las iniciativas globales simplemente no funcionan. No hay infraestructura formal o informal para que se lleven a la práctica planes globales.

Uno de los rasgos del mundo actual es que las decisiones que se toman a nivel mundial son las que funcionan peor de todas.

El ejemplo más claro es el fracaso de los esfuerzos de la ONU para combatir el cambio climático, mientras que, a nivel nacional, se están aplicando tecnologías para mejorar la eficiencia energética y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, y por una simple cuestión de rentabilidad y competitividad, no en aras de la salvación de la humanidad.

En los últimos quince años, desde que Borís Yeltsin participó por primera vez en una reunión del G8 como líder de un país miembro de pleno derecho, el objetivo de mantener una posición internacional destacada, fijado por el gobierno de entonces, Rusia ha cumplido e incluso superado las expectativas que se había marcado. Pero se ignora qué papel desempeñará en los próximos años.

En el futuro, como en 1998, cuando Yeltsin participó en el G8, el lugar de Rusia en el mundo dependerá de la calidad de su desarrollo interno y no de su capacidad de presentarse adecuadamente en los foros internacionales. 

Texto abreviado. Publicado originalmente en Kommersant.