Décimo aniversario de la retirada del contigente ruso en Kosovo

Dibujo de Dan Potoski.

Dibujo de Dan Potoski.

Tras la resolución, antes del 1 de agosto del mismo año casi 1.000 soldados rusos y oficiales abandonaron los Balcanes. La decisión de Vladímir Putin respecto a la retirada de los pacificadores rusos generó mucha controversia.

En la base de Ugljevik, situada en Bosnia-Herzegovina, había 320 pacificadores del distrito militar de Leningrado y en la provincia de Kosovo se encontraban  acantonados 650 soldados del distrito militar de Moscú y de las tropas aerotransportadas. Estaban repartidos en tres zonas principales: en la municipalidad de Kosovska-Kamenica, que controlaban los norteamericanos, en la municipalidad de Srebrenica, donde predominaban los franceses, y la municipalidad de Mališevo, donde ostentaban el mando los alemanes, así como en el aeródromo principal de Kosovo, en Slatina, situado a 15 km de la capital, Pristina.

Me acuerdo de cuando, en junio de 1999, junto con los soldados de la 98ª División Aerotransportada, volé de Ivánovo a este aeródromo en el angosto y oscuro fuselaje de un avión de transporte militar Il-76. Allí me encontraba yo, sentado en un asiento estrecho, frío y metálico entre dos sargentos del 217º regimiento de la guardia de esta división y pensaba en cómo nos recibirían en Kosovo los serbios y albaneses locales… Las cosas no fueron sencillas.

Al bajar por la rampa de la aeronave hacia el hormigón del aeródromo, las primeras palabras que oí fueron las que gritó un oficial:

-¡No vayan por la hierba! ¡Puede haber minas!

Resultó que los estadounidenses y los soldados de la OTAN, que habían bombardeado el aeródromo para que no despegaran de él los cazas serbios encargados de interceptar los aviones de la coalición, no se habían limitado a sembrar Slatina de bombas sino también de minas. Pero de tal manera que no dañaran la pista de aterrizaje que luego pensaban utilizar para su aviación.

Estos planes fueron frustrados por una marcha, sin precedentes por su audacia y rapidez, del batallón de paracaidistas rusos, capitaneados por el coronel Serguéi Pávlov, a lo largo de 600 kilómetros, en carros blindados, por caminos montañosos de los Balcanes, en riguroso secreto y de manera inesperada desde Bosnia-Herzegovina, a través de toda Serbia y Kosovo, hacia el aeródromo de Pristina y Slatina.

Dicen que cuando Wesley Clark, el general de tres estrellas estadounidense que, como Comandante Supremo de la OTAN durante la Guerra de Kosovo, dirigió el bombardeo sobre Belgrado, fue informado de que los rusos habían adelantado a las fuerzas de la coalición internacional y ocupado el aeródromo de Slatina, al principio no daba crédito a lo que oía.

-¡Los paracaidistas rusos no pueden estar allí! –exclamó el general. Y luego, cuando le entregaron las fotografías aéreas que lo probaban, palideció de la furia y dio orden al general británico Jackson, que comandaba entonces las tropas de KFOR, de atacar a los rusos. Jackson se negó a acatar la orden y respondió al americano:

-¡No necesito una Tercera Guerra Mundial, general! 

Decisión polémica

Al cabo de cuatro años de esta marcha sin parangón, que fue un shock para el mando de la OTAN y demostró a todo el mundo que, a pesar de las dificultades, el ejército ruso seguía estando vivo, era poderoso y capaz de maniobrar, nuestros pacificadores tuvieron que abandonar Kosovo.

En primer lugar, en palabras de Vladímir Putin, para que los países occidentales no pudieran escudarse en la bandera rusa a fin de escindir la provincia de Kosovo de Serbia.

En una conversación con el general Andréi Nikoláiev, el entonces presidente del Comité de defensa de la Duma estatal, me confesó:

-La decisión tomada ha sido la correcta. Rusia no puede permitirse que, amparándose en su bandera, se continúe despojando a Serbia de sus territorios ancestrales, se permita la albanización de Kosovo, la opresión y el aplastamiento de la población serbia, el aumento descontrolado de la criminalidad y el terrorismo.

El entonces secretario general de la OTAN, Lord George Robertson, me expresó durante su visita a Moscú en mayo de 2003 su “cálida y sincera gratitud al contingente militar ruso en los Balcanes por todo lo que había hecho por la paz y la estabilidad en esa zona en conflicto”. 

El papel del ejército ruso

Sobre el papel que desempeñaron los pacificadores rusos en los Balcanes se lleva hablando y discutiendo más de una década, y probablemente seguirá siendo así durante mucho tiempo. Su estancia en esta zona se convirtió en un hecho histórico. Y, como todo hecho histórico ambiguo, exige un análisis detenido.

En los Balcanes, nuestros pacificadores dieron lo mejor de sí, es imposible no reconocerlo. Rusia puede sentirse orgullosa de ellos.

¿Qué supuso la estancia del ejército ruso en el centro de Europa, completamente rodeado, de hecho, por tropas de la OTAN? ¿Qué experiencia adquirieron? ¿Qué conclusiones se pueden extraer? Las respuestas son también demasiado ambiguas.

La marcha de 600 kilómetros de junio de 1999 que realizaron doscientos paracaidistas rusos en carros blindados desde Bosnia, a través de Belgrado y de toda Serbia, hasta el aeródromo principal de Kosovo en Slatina se convirtió en uno de las mayores sorpresas militares de finales del siglo pasado.

El ejército ruso hizo valer su voz ante los principales estados del mundo, a los que les había faltado tiempo para borrarlo de un plumazo del proceso histórico en Europa. A pesar de todo, las tropas rusas aún son capaces de defender, de manera digna y eficiente, los intereses nacionales.

Con qué entusiasmo y esperanza fue recibido el convoy militar ruso por los residentes serbios, que esperaban el apoyo de Rusia y de su ejército en la justa lucha del pueblo yugoslavo contra los extremistas y terroristas musulmanes.

Rusia no podía defender a Serbia por la vía militar, Moscú y Belgrado no eran aliados en ese ámbito, no habían suscrito ningún tratado de ayuda mutua y, por tanto, Moscú no tenía ninguna posibilidad política y jurídica de enfrentarse a Washington o Bruselas por los bombardeos sobre Yugoslavia. Además, en 1999, entre los dirigentes rusos no hubo nadie que se atreviera a dar un hipotético paso en esta dirección.

Cierto, algunos líderes políticos de Rusia calificaron a esa marcha, ya convertida en histórica, de “aventura improvisada de un general que puso a nuestro país al borde de un conflicto militar con la OTAN”.

Y aunque sigue sin resolverse el tema de disputa entre los conservadores, los liberales y los nacionalistas del país, no se puede obviar lo principal: después de que los paracaidistas rusos ocuparan el objetivo estratégico más importante de Kosovo, por donde luego se desplegarían las fuerzas pacificadoras de 32 países, es decir, que tomaran lo que se llama la iniciativa estratégica, la entonces cúpula del Kremlin no se comportó con la suficiente determinación.

Fue como si en Moscú se asustaran del éxito de su propio ejército. ¿Esperaban con nerviosismo cómo reaccionarían ante esta marcha Bruselas, Londres y París, lo que diría el presidente Clinton? La lentitud en la toma de decisiones resolutivas y de iniciativas  de choque le costó caro al Kremlin. Y no sólo a él.

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La partición de Serbia y la situación en Kosovo

En primer lugar, a Belgrado. La iniciativa estratégica se disolvió poco a poco, el control del espacio aéreo serbio lo asumió la OTAN, y el aeródromo de Slatina, “la puerta aérea a Kosovo”, muy pronto pasó a manos de los separatistas albaneses.

Así empezó el transporte aéreo regular, tanto militar como de pasajeros y de carga, por toda Europa, en los que Rusia prácticamente no participó ni tuvo influencia alguna en él, aunque su comandancia militar y los controladores aéreos permanecieron en el aeródromo.

En Kosovo, a pesar de la presencia de un contingente militar compuesto por 40.000 efectivos procedentes de 32, las fuerzas de seguridad de la ONU, la misión de la OSCE y otras organizaciones internacionales, floreció el narcotráfico, continuaron los robos y los ataques a mano armada contra los civiles de las aldeas y los poblados serbios, los incendios de casas y los expolios, el contrabando de armas y municiones.

La decisión de Vladímir Putin respecto a la retirada de los pacificadores rusos generó mucha controversia. Las posturas oscilaban entre las fuertes críticas tanto de los mandos rusos, como de la izquierda nacionalista y los generales ultrapatriotas de la reserva, sin olvidarse de las muchas fuerzas políticas de Kosovo, Serbia y Montenegro, y los apoyos decididos, incluido el de los diputados de la Duma estatal, en su mayoría centristas. 

Aunque el Ejército de Liberación de Kosovo estaba formalmente  disuelto, como si sus armas hubiesen sido entregadas a los almacenes centrales, las formaciones armadas ilegales continuaban presentes en forma de destacamentos para el combate en situaciones extraordinarias y se convirtieron en la columna vertebral de las redes criminales de carácter monoétnico. El sistema judicial no funcionaba. O, mejor dicho, simplemente se tapaba los ojos ante los numerosos crímenes.

En esos años estuve más de una vez en Kosovo y los pacificadores rusos contaban bastante a menudo a este reportero de guerra sobre cómo, poniendo en riesgo sus vidas, detenían a contrabandistas, hombres armados de nacionalidad albanesa que atacaban casas serbias, los llevaban a las comisarías de policía locales y al cabo de un tiempo se los encontraban de nuevo en las carreteras, puestos en libertad por el tribunal previo pago de una multa insignificante, a veces incluso ni eso. 

¿Cómo se podía combatir la criminalidad en tales condiciones? Es un misterio. Tanto es así que las estructuras burocráticas de la ONU y la OSCE, como el comando de KFOR, preocupados únicamente por su propio bienestar, hicieron todo lo posible para no tomar decisiones de gran calado, “no avivar” las revueltas de la población predominante en la región, daba impresión de que todo allí “se construía sobre la base de los principios de la democracia paneuropea y el derecho humanitario”…

Nuestro país, como afirmaba el general Andréi Nikoláiev, presidente del Comité de la Duma para la Defensa, ya no podía apoyar este mito, y además ya no había ninguna necesidad para ello.

Sería equivocado afirmar que la estancia del contingente militar ruso en la zona de Kosovo y Bosnia-Herzegovina fracasó en su misión de mantenimiento de paz. Sería injusto y deshonesto.

Muchos santuarios ortodoxos de Kosovo y Metojia fueron salvados y protegidos de la profanación por los pacificadores rusos. Defendían de los bandidos las aldeas y casas serbias en las zonas bajo su responsabilidad, pero también las albanesas. Acompañaban a los niños cuando iban y volvían de las escuelas, desminaban los bosques, los campos y los prados, patrullaban las carreteras y brindaron también otro tipo de ayuda humanitaria a los habitantes de la región.

Y por el hospital militar ruso en Kosovo Polje, que funcionaba bajo la bandera del Comité Internacional de la Cruz Roja, fueron atendidos varios miles de pacientes, incluidos militares de la OTAN. Con razón estaba considerada la mejor institución médica de KFOR. Pasé unos días en este hospital y vi con mis propios ojos el agradecimiento con el que los lugareños trataban al personal.