El segundo asesinato de la Unión Soviética

Fuente: PhotoXpress

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El escritor ruso habla de su infancia en la URSS y de cómo algunos en Rusia han mancillado la memoria del país desaparecido hace 30 años.

...Hoy ya todo se ha olvidado, ya no duele la patria. 

Pero no, no, realmente no es así y vuelve continuamente a aparecer la conocida sensación de aversión e indefensión, de indefensión y aversión… 

Realmente, en un sentido ignominioso y mezquino, yo no perdí nada cuando desapareció esta unión roja, cuando este imperio mío se resquebrajó y humeante, se derrumbó. 

Mi padre no era un patricio soviético y mi madre tampoco era nadie. Eran gente sencilla, agradable, buena y humilde; mi padre, además, era alcohólico. 

Yo no tenía nada de qué quejarme, vivíamos como todo el mundo, sin denigrantes ofensas, sin penas culpabilizadoras, sin dolorosas esperanzas. El país era, en sí, una realidad y no nos enseñaron a protegerlo. 

En la URSS creció una generación de personas asombrosamente infantil. Mi infancia transcurrió en una aldea gris, verde, posteriormente decadente, luego blanca y medio despoblada, silenciosa. 

Teníamos el baño fuera de casa, en la única tienda existente no había ni helados, ni fruta, ni salchichón, ni café. Pero yo tampoco sabía que tenía que haberlos. Y no pasaba nada, no me moría de hambre ni tampoco tenía intención.

Zajar Prilepin es escritor. Recientemente se ha publicado en español Patologías, su primera novela. Ha recibido numerosos galardones, entre ellos el Premio Bestseller Nacional en 2008 por su novela Pecado. Además, es un activo miembro de la oposición y trabaja como periodista.

En cambio, teníamos una casa de dos pisos: pertenecía a la escuela donde trabajaba mi padre y yo no podía estar más orgulloso de mi casa. Todavía está en pie, casi igual de grande que en mi infancia, sólo que ahora está un poco pandeada. 

Vivía en la Rusia de provincias donde todo transcurría lenta y parsimoniosamente, sin grandes sobresaltos y donde no se llegaba a ninguna parte. 

Pero tampoco teníamos necesidad de ir a ninguna parte. 

En mi infancia, para mí no existía ninguna Unión Soviética: no me la encontraba, no la veía ante mí, no llevaba sus pantalones de rayas rojas de los trajes militares, no oía su voz. Ni siquiera emitía ningún olor: podría oler a tabaco picado, a cigarrillos Belomorkana, o tal vez, a  aceite de tanques , a tractores , a estaciones hidroeléctricas, al Mausoleo, o a cualquier otra cosa. Pero no me olía a nada. Y tampoco dejaba ningún sabor: que por lo menos los boquerones con tomate agriaran, o que las algas fueran un poco sosas o que el chocolate “Alionka” dejara un gustillo dulce o que nos alegraran las mandarinas que tomábamos en Año Nuevo. Pero no  había ningún sabor. 

La tranquila Unión navegaba a la par de mi infancia como una sombra grande y pesada, cargada de hierro y de construcciones complejas, fue encallando casi imperceptiblemente. Ahora permanece pesada y entumecida, inofensiva y herrumbrosa con sólo sombras en su interior, con sólo pequeños alevines, sólo una corriente indolente y glacial. 

 

Fuente: Antón Belitski

Imaginar cómo era la Unión para mí no es una tarea compleja. 

Me viene a la mente por ejemplo la siguiente imagen. Una tarde en la aldea. ¿Se puede imaginar lo que es una tarde de aldea, invernal, fría y negra? No, seguro que ni se lo imagina. 

Es la ciudad la que se llena de ruido, de coches, de llamadas, de barrenderos, de vecinos, del ruido de pasos en el portal, del estruendo del conducto de basura, de ladridos en la calle. Incluso por la noche, la ciudad se sobrecoge, golpetea, se detiene y grita. 

Pero la noche en una aldea, es como si la casa estuviera bajo una tonelada de  nieve mullida y sordomuda y sólo el Secretario General en el Kremlin y un astronauta en un Sputnik supieran que en las tierras negras de Riazán crepitaban los corazones de dos niños, el de mi hermanita y el mío, ambos sentados, sin luz y sin radio junto a la chimenea. 

Tengo cinco años y mi hermana once. 

Y silencio alrededor, sólo se oye el crujir de la balaustrada de la casa. Y  nadie, alrededor sólo la Unión Soviética, inmensa, silenciosa y  cubierta de nieve. 

Y de repente se oye un ruido de pasos  en el zaguán y mi hermana y yo salimos disparados de nuestras banquetas, como dos cascabeles alborotadores. 

Mi hermana: ¡Mamá!

Yo: ¡ Papá! 

Nuestros padres habían llegado de Moscú cargados de paquetes, bolsas y fardos como si fueran camellos de Riazán: jóvenes, con frío, grandes y cálidos y si nos fijábamos atentamente parecían dos ángeles adultos. Nos besan y empiezan a desenvolver los paquetes. 

En los paquetes, ¡mmm!, salchichas, una gran cantidad de salchichas. Se podrían extender hasta el segundo piso por la balaustrada y utilizarlas de adorno como guirnaldas navideñas. Pero todavía había algo más: quesos, probablemente, redondos; mandarinas, seguro que amarillas con un pequeño rombo de papel negro pegado en la piel; mantequilla también, panecillos y alcohol de todo tipo, si mi memoria no me falla. 

Pero hasta hoy todavía recuerdo esto como una humillación. Había que ir a la capital a por los bienes de primera necesidad. Pero yo no lo podía comprender. Si mis padres habían ido a por todo esto a la tienda de la aldea, entonces, ¿a quién esperábamos durante tanto tiempo mi hermana y yo bajo una tonelada de nieve oscura y sordomuda? 

Ésta no es ni siquiera la Unión Soviética, es mi infancia. ¿Qué tiene que ver en esto la Unión Soviética, acaso me ha robado algo? No todo lo contrario: me ha dado todo lo que necesitaba y jamás ha hecho como si yo no existiera. 

La indiferencia de un nuevo país 

La enfermera corría detrás de mí para ponerme una vacuna, la vecina me cuidaba cuando era pequeño sin pedirles a mis padres dinero a cambio, la bibliotecaria me miraba de vez en cuando  para decirme que había venido “Elektronik” (personaje de unos dibujos animados de los años 70) de la ciudad, el cocinero en la escuela me servía los trozos más apetitosos, nunca he visto a un policía en la aldea porque no había peleas, nadie robaba, no había gamberros. Nuestra enorme parentela se reunía y durante dos  y a veces, incluso, cuatro semanas se divertía, olvidando por completo sus deberes y preocupaciones; el fatigado país nos miraba desde lo alto y en su mirada no se percibía ni crueldad ni frialdad. 

No supe apreciar todo esto hasta que mi nuevo país, con el que me encontré por la fuerza del destino, empezó a actuar como si yo no existiera y si existía eso no iba con él. 

Este nuevo país se comportaba de manera agresiva, insolente, ruin y grosera. Su postulado básico era:“¿Y quién tiene la culpa de que seas tan miserable? ¡Pero, mírate! Un completo insignificante. Anda, sal de delante de mí, no te quiero ni ver…”. 

En esa época surgió la increíble palabra “sovok”  (individuo soviético, connotación peyorativa) No me considero una persona sádica pero al tipo que inventó esta palabra para denominar así a todos los soviéticos le cortaría personalmente la punta de la lengua. Con la palabra “sovok” este tipo crearía para mí un sonido agradable y característico. Antes no se podía hablar así,con diminutivos. 

De los veteranos de la Gran Guerra Patria (Segunda Guerra Mundial) queda un nimio pelotón pero en aquella época  todavía constituían poderosas filas. Condecorados con la Orden de la Bandera Roja, orgullosos, dispuestos siempre para el ataque, desfilaban por las calles, desafiantes con sus mentones arrugados; no en vano eran odiados por Víctor Astifev, un mal y extravagante escritor que despreciaba a toda la generación socialista soviética de militares de trincheras. 

Y a estos veteranos con medallas y condecoraciones, con metralla olvidada en sus costillas, ellos  con mirada orgullosa y lacrimógena , mirada que pasó cuatro años asomada al abismo, ¿a estos veteranos los denominan  sovok? Ellos que habían levantado de nuevo este país sobre el que vosotros os habéis lanzado como los últimos chacales? 

Sí, decididamente habría que contarles la lengua… 

En esa época en la que habían transcurrido tres lustros de mi existencia yo nunca había sentido  ningún tipo de humillación hasta el año 1990, y fue precisamente ese año cuando experimenté por primera vez humillación, rabia y desprecio. 

En esa época la Unión Soviética había adquirido sus trazos, sabor, color y olor. El odio de sus defenestradores hizo surgir en mí amor y ternura hacia ella. 

Hoy ya todo se ha olvidado, ya no duele la patria. 

E igualmente, hasta hoy día muchos otros niños desgraciados experimentan lo mismo: compañeros abusones los arrastran al sótano de la casa y empiezan a agredirlos y a burlarse de ellos, mostrando sus colmillos amarillentos y blasfemando contra su familia: contra su madre, contra su padre y también contra su hermana. Y uno no puede hacer nada, ni siquiera tiene fuerzas para llorar, sólo un chillido infantil sale de lo profundo de  la garganta: “¿Por qué me hacéis esto? Vosotros también tenéis madre”. 

El primer asesinato 

En mi infancia nunca sufrí semejantes humillaciones pero sí tuve que sufrirlas en mi juventud.

Esto tuvo lugar durante el primer asesinato de la Unión Soviética que aconteció no en agosto de 1991 sino en el otoño de 1993. Y se prolongó, y se prolongó y se prolongó. 

Cuando hoy en día observo el destino de la democracia en Rusia y cuando intento salvar esta democracia tan  largo tiempo denostada por mí, comprendo que en el hecho mismo de su nacimiento portaba en sí un terrible pecado original con el que no vamos a vivir mucho tiempo. 

¡Oh, cuánta inmundicia echaron estos pregoneros salvapatrias!.

¡Oh, cuánta inmundicia derramasteis , qué dolor me producía escucharos! 

Yo sé qué democracia quiero: la que no traicione a mi padre ni  a mi abuelo, la que no escupa a los pies, la que mantengo convincentemente desde  los quince años. 

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Pero la democracia que queréis vosotros yo la conozco bien, es la de la abominación de Zoya Kosmodemyanskaya (partisana soviética durante la Segunda Guerra Mundial). Tras su muerte a manos de los nazis fue condecorada Heroína de la URSS la de la permanente infamia sobre Yuri Gagarin, la de la inmundicia sobre  Serguéi Esenin (destacado poeta ruso), la de vuestro insaciable “deseo de extraer la última gota al esclavo”, la de vuestro cacareado “así no se puede vivir”, con vuestras interminables peroratas en las que como en una tela de araña , se engancha, se enmaraña y agota su sangre la razón de todo hombre ruso. 

¡Pero qué libertades si la palabra “ruso”  era en sí  un insulto hace medio siglo! Todavía recuerdo cuando empecé a dedicarme al periodismo a finales de los años 90 y quería titular un artículo “Notas rusas” y unos ojos abiertos como platos me advirtieron :¿pero, usted, de qué va? ¿qué notas rusas? ¿ sabe que tufillo tiene la palabra “ruso”? 

Ahora resulta gracioso recordarlo pero antes era así… 

Si cogemos una colección de periódicos y revistas de esos años convulsos, y si además abrimos los archivos podremos demostrar en el Juicio Final que habéis arrasado con toda nuestra historia nacional, habéis profanado todas las tumbas, habéis bailado sobre todas las reliquias, habéis arrancado el estandarte de mi Victoria, la habéis arrojado y os habéis limpiado las botas en ella. 

No podréis ser felices en Rusia. ¿Por qué lo habéis hecho? ¿Por qué mi libertad ahora tiene que estar ligada para siempre a vuestros mancillados nombres, a vuestras bochornosas acciones, a vuestros podridos discursos? 

Sí, y más tarde, llegó la época del descanso. Desapareció el corro de innumerables y estruendosas carcajadas de los más variados Svanidzes y quedó sólo el verdadero Svanidze (importante publicista) , envejecido, cansado y que no eliminó al esclavo existente en el individuo ruso –soviético sino que ha criado un pequeño esclavo en sí mismo. 

Sé lo que digo.  He visto como se regocija cuando le preguntan por  mis amigos, condecorados soviéticos, jóvenes, apuestos a los que la nueva gendarmería arranca  los dientes, rompe brazos y cráneos, a los que encarcelan y a los que en los interrogatorios golpean hasta la muerte. 

A la Unión Soviética la dejaron en paz, aunque a veces burlándose de ella le daban alguna patada de ahí que los viejos sepultureros y necrófilos no supieran hacer otra cosa que enterrar y desenterrar. Y por eso los infantilizados evtushenkos (poeta ruso perteneciente a la generación de los 60. Su poesía fue fundamentalmente social, dirigida principalmente a los jóvenes) de Riazán en su juventud, se quedaron infantilizados de por vida; no sabían ni qué censuraban ni qué traicionaban. 

Pero ésta ya no es una estrategia de Estado. Al contrario, el Estado con ojos legañosos y gesto luctuoso, y elevando hacia el cielo los oxidados clarines empezó a emitir periódicamente  tonos de lo más diverso: desde la melodía matutina televisiva de los pioneros, a la melodía del antiguo himno soviético, o la canción “ Tardes en los alrededores de Moscú” pasando por la melodía de la película “La mano de diamantes”. 

Al son de esta briosa música han completado una rápida y compleja restauración del destartalado aparato represivo soviético y de la oxidada máquina ideológica en la que el discurso sobre “la doctrina Marx-Engels-Lenin” fue sustituido por el hipnótico mantra de la estabilidad. 

En vez de enormes pancartas (estuve pasando cinco años bajo ellas) con el lema “Materialización de las Resoluciones del XXV Congreso del PCUS” aparecieron otras pero con la propuesta de materializar el plan secreto de nuestro por entonces todavía querido presidente. 

Lo más ofensivo es que incluso el congreso del PCUS con el mayor número de dinosaurios políticos era capaz de tomar decisiones, que por muchas bromas a que diera pie,  se podían materializar y no como ahora que no se emprende ningún plan y lo que es peor ni siquiera  ocultan esta falta de iniciativa.

 El segundo asesinato 

Pero ¿qué hace que esta propaganda absurda provocara hace 30 años en millones de personas nada más que aburrimiento o asco y ahora en muchos provoca de nuevo arranques de vigor y apetito? 

Así, de esta manera tuvo lugar el segundo asesinato de la Unión Soviética, ya muerta para entonces. 

Los actuales restauradores han logrado lo que no pudo hacer ningún pregonero ni mesías durante los años 90: hacer confluir todos los atributos de la grosería, estupidez y servilismo de la época “roja” ,y definitivamente demostraron que no hay fuerzas, ni sentido para soportar esto por segunda vez. 

Yo mismo he llegado al punto de pronunciar también la palabra “sovok”. Y aún más, “sovok, mierda” y “sovok, joder”. 

Córtenme la punta de la lengua, lo tengo merecido. 

Y con todo eso…

Y con todo eso… 

Mientras no me llenen la boca de barro, continuaré repitiendo una y otra vez: Mi patria es la Unión Soviética, mi patria es la Unión Soviética. 

A los que se hayan mortificado, que los hayan sacado de la tumba y  que de nuevo los hayan engalanado no forman mi patria. Yo no comulgo con estos como hace mi querido Alexander Projanov (miembro de la Unión de Escritores de Rusia y editor del periódico nacionalista “Zavtra”) . Todavía no ha desistido de insuflar vida a esta asquerosa momia. Pero yo siento repugnancia. 

Mi Unión Soviética no va a resucitar, está muerta, yo sé dónde está enterrada: donde arde la llama eterna, a donde uno puede dirigirse después de salir no importa de qué oscuridad y de nuevo sentirse niño, por el que hay que interceder. 

A mi Unión Soviética no se la profana, porque la llama eterna no se convertirá en farsa, no es posible aislarla, no arderá nunca donde no haya un espíritu vivo. 

A mi Unión Soviética no se la calumnia, sabe el lugar que ocupa y sabe quién es. 

Recuerdo a aquellos que han nacido no como resultado de la corrupción del dinero alemán sino en el transcurso de  la Gran Revolución Socialista de octubre. Nada más. 

Nada más.

Publicado originalmente en ruso en Seance.