La tragedia de Boston: un pretexto para el acercamiento

El ataque terrorista ocurrido durante la maratón de Boston ha vuelto a atraer la atención pública al tema de la seguridad. La participación en las explosiones de ciudadanos de origen checheno ha recordado a los expertos, políticos y periodistas norteamericanos la existencia de ciertos actores del Cáucaso Norte.

 

Dibujado por Alexéi Iorsh. Haz click en la imagen para aumentarla

Hasta ahora, estos problemas solo formaban parte de otras vías de política exterior más significativas, ya sean estas las relaciones bilaterales ruso-norteamericanas, el terrorismo internacional, la situación en Oriente Medio o la preparación de las Olimpiadas de 2014 en Sochi, que contará con una amplia presencia de deportistas y entrenadores estadounidenses. 

Las publicaciones difundidas en los medios y en la blogosfera estadounidenses a raíz de la tragedia de Boston son la mejor confirmación de estas afirmaciones. Una vez más, la ‘guerra en Chechenia’ se convierte en el centro de atención, a pesar de que los combates en esta república finalizaron en 2002 y de que el conflicto está por detrás del de Daguestán e Ingushetia en número de ataques terroristas desde hace varios años. 

Como dato comparativo: en 2012, 695 personas (405 fueron asesinadas) fueron víctimas de la violencia política en Daguestán, mientras que en Chechenia fueron 174 personas (82 asesinadas). 

Norteamérica ha retomado el debate sobre el ‘separatismo checheno’, con el añadido de que, tras la tragedia acontecida en Beslán en 2004, todos los ataques terroristas de gran alcance perpetrados por grupos clandestinos del Cáucaso Norte (el ataque del aeropuerto Domodédovo en 2011, las explosiones del metro de Moscú en 2010) no estaban acompañados de consignas independentistas de origen etnopolítico, sino ejecutadas bajo la bandera del islamismo radical. 

Así las cosas, los recursos informativos de islamistas están cargados de material abiertamente antiamericano. 

Normalmente, al hablar de la naturaleza del radicalismo en el Cáucaso, los expertos estadounidenses apuntan a dos razones: la política represiva de Rusia y las desigualdades socioeconómicas. Sin embargo, esto no se podría aplicar a la tragedia de Boston: hace mucho que la familia Tsarnáev abandonó Chechenia, y las campañas militares del Cáucaso no han podido afectarles. 

Es más, los dos hermanos, Tamerlán y Dzhojar, llevaban varios años viviendo fuera de las fronteras rusas, donde escapaban del influjo tanto de la ‘represiva máquina rusa’, como de una escala social baja. 

Cabe señalar que, en algunos países europeos, ya se habían producido con anterioridad casos análogos a las explosiones de Boston (en los que sus protagonistas resultaron ser inmigrantes del Cáucaso Norte). 

Por ejemplo, en septiembre de 2010 fue arrestado en Copenhague Lors Dzhokáev, de nacionalidad chechena, por intentar organizar un ataque terrorista contra el periódico danés que anteriormente había publicado las caricaturas del profeta Mahoma. Hasta ese momento vivió seis años en Bélgica. 

En mayo de 2011 la policía de la República Checa arrestó a varios miembros de la red terrorista de Daguestán ‘Dzhamaat Shariat’. En marzo de 2011, Noruega (que hasta entonces era uno de los países más liberales con respecto a los emigrantes procedentes de los países del Cáucaso Norte) llevó a cabo una deportación masiva de inmigrantes de dicha región. 

Por desgracia, durante mucho tiempo y por razones de corrección política, se ha ignorado el hecho de que entre las comunidades de inmigrantes surgen grupos radicales que orientan su mirada no tanto hacia Rusia como hacia Occidente. 

En busca de una respuesta a preguntas como “¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos? o ¿a dónde vamos?”, estos jóvenes acuden a sus coetáneos, amigos de su patria original, y desde allí no reciben las respuestas que desearían los EE UU o los países europeos. Y es que los movimientos de protesta del Cáucaso Norte están pasando por un proceso de islamización extrema, en el que los EE UU, Europa e Israel son vistos como enemigos que lideran una lucha contra los fieles musulmanes.

Para conocer estas ideas no es estrictamente necesario estar vinculado al Emirato del Cáucaso o al Valiato de Daguestán, ni mucho menos participar en las actividades de Al Qaeda. Es suficiente con tener acceso a internet y a las redes sociales. 

El radical islamista no se distingue por su apariencia, ni se forma a partir de la observancia dogmática de normas religiosas, ni siquiera por seguir un curso de joven yihadista en Afganistán o en Daguestán. Basta con efectuar una serie de búsquedas ideológicas de manera autónoma en un contexto de desencanto con la nueva patria. 

Por este motivo, sería ingenuo suponer que una vida relativamente acomodada lejos de los puntos de conflicto garantiza automáticamente la lealtad y el apego a los valores occidentales.

Tras la tragedia de Boston,  en los medios de comunicación han aparecido publicaciones que argumentan la necesidad de cooperación en cuestiones de seguridad entre Moscú y Washington. Sin duda, algo razonable. 

Sin embargo, sería un error hablar solo de la colaboración entre los servicios especiales. Si no se lleva a cabo un cambio substancial del fondo social y no aumenta el nivel de confianza, tal cooperación no logrará el efecto deseado. 

La comunidad de políticos y expertos rusos debe implicarse al máximo en el proceso de cooperación con congresistas norteamericanos, influyentes medios de comunicación y universidades. De lo contrario, cualquier debate sobre el Cáucaso Norte estará acompañado de una imagen simplificada de los acontecimientos relacionados con ‘separatistas chechenos’ y con la ‘guerra de Chechenia’. La opinión pública en EE UU es tan importante como las decisiones de la administración, el Departamento de Estado o los servicios de inteligencia. 

Serguéi Markedónov es investigador invitadodel Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en Inglés), en Washington, EE UU.