El sutil encanto de una Rusia en decadencia

Borís Berezovski vivió exiliado en Inglaterra mientras era reclamado por la justicia rusa. Estaba enfrentado con Putin y tampoco tenía vínculos con los liberales, aunque seguía con la idea de poder volver a Rusia e influir en el país.

 

Dibujado por Natalia Mijáilenko. Haz click en la imagen para aumentarla

Berezovski era una de esas personas que no saben y a las que no les gusta perder. Vivir para ellos es sinónimo de triunfar. Sin embargo, los últimos años de este emigrado a Londres han estado marcados por una serie de derrotas sucesivas, hasta que Putin acabó por aplastarlo de forma definitiva e irrevocable.

Todas las personas a quienes el magnate ofreció apoyo económico en Rusia, bien se pasaron al lado del vencedor, bien se apartaron a un lado o pasaron a una vida mejor. En el entorno liberal, jamás le perdonaron sus agresiones mediáticas al equipo de jóvenes reformistas ni unos vínculos demasiado opacos con los rebeldes chechenos. Fracasaron también todos los esfuerzos empleados por Berezovski en los países de la CEI: la revolución naranja, patrocinada por él, resultó ser un fiasco, y la prisión encerró las esperanzas puestas en la principal destinataria de sus inversiones financieras, Yulia Timoshenko.

Trotski, con quien a menudo comparaban al exdirector de LogoVAZ, tampoco sabía perder y, sin embargo, se enfrentó a Stalin hasta su último aliento. Pero tomemos un ejemplo más cercano, por ejemplo, Jodorkovski

Se puede decir que su situación actual es bastante más comprometida, no solo eso, sino que además, en cuanto a temperamento político, Berezovski le llevaba una clara ventaja y, con todo, no parece que se haya hundido psicológicamente.

Se podría decir que Trotski combatió por una Rusia que entonces constituía la vanguardia de la revolución mundial. ¿Se podría definir con la misma precisión cuál es la Rusia por la que luchó Berezovski?

Decir que el reciente fallecido no tenía ideales, sino puros intereses, sería simplificar demasiado su imagen. En mi opinión, en su corazón guardaba su propio sueño de lo que debía ser Rusia.

A finales de los 90, un distinguido politólogo me dijo lo siguiente: la gente como Berezovski necesita una Rusia débil, un país que no cuente con un gobierno sólido, sin importar si es propio o extranjero. Solo en un país debilitado, semiconfederal, al borde de la desintegración, pueden llevar a cabo sus negocios con tranquilidad. La mejor opción para estas personas sería la transformación de Rusia en su propio modelo euroasiático de Chipre: un país dividido irremediablemente en dos mitades, con una recaudación de impuestos mínima y unas estructuras de poder con escasa competencia.

Hasta hace muy poco, literalmente hasta la irrupción de la crisis financiera en Chipre, Berezovski podía mantener la esperanza de que miles de empresarios rusos, que buscaban en la isla mediterránea un refugio financiero para su capital, compartieran con él el ideal de una Rusia debilitada, independientemente de la flaqueza moral de semejante idea; de que las empresas votaran con dinero y con sus ahorros por un sistema con una mínima presencia estatal, materializado a la perfección en este característico offshore griego-ortodoxo.

No pretendo vincular, bajo ningún concepto, la repentina muerte de Berezovski y su enigmático arrepentimiento con la decisión de la Unión Europea de poner orden en los depósitos rusos en Chipre. Y, sin embargo, estoy seguro de que una persona como Berezovski podría interpretar este acontecimiento como el diagnóstico definitivo de su historia sobre el decaimiento de una Rusia desposeída de un gobierno central sólido.

A Berezovski no lo querían, más bien se le temía, pero miles de aventureros (en el buen sentido de la palabra) rusos veían en él un modelo a seguir. Ahora, junto con Berezovski, todas estas personas han comprendido que en los años 90 cometieron el grave error de sucumbir al encanto de un país en decadencia.

El mundo empresarial ruso necesita ahora unos héroes nuevos, más atrevidos. Hacen falta aventureros capaces de construir una nueva Rusia, fuerte y soberana, en la que haya cabida para las iniciativas económicas y para la competencia política. Esta clase, preparada para regresar con su dinero a su propio Estado, a pesar de todos los riesgos que esto implicaría, constituirá la verdadera base estructural del futuro capitalismo ruso de orientación nacional.

Texto abreviado. Publicado originalmente en ruso en Izvestia.