Irak: diez años de un conflicto que cambió el mundo

Hace diez años EE UU comenzó su campaña militar en Irak, una guerra a gran escala sin sanciones por parte del Consejo de Seguridad de la ONU. Esta invasión, fraguada para demostrar la capacidad estadounidense de controlar los procesos mundiales y de cambiar su rumbo cuando es necesario, no obtuvo los resultados esperados.

 

Dibujado por Aleksei Iorsh. Haz click en la imagen para aumentarla

Murieron varios miles de soldados norteamericanos, no durante las acciones militares, sino en los posteriores años de ‘construcción nacional’ (por no mencionar a los iraquíes, de los que murieron decenas de miles).

El gasto público de cientos de miles de millones agravó los ya importantes problemas económicos. La confianza en Norteamérica se fue al traste, independientemente de que los políticos mintieran a propósito de la existencia de armas nucleares en Irak o creyeran sinceramente en ello.

Desde el punto de vista de la no proliferación de armas de destrucción masiva, también se consiguió el efecto contrario: los que habían estado pensando en fabricarlas acabaron convenciéndose de que había que darse prisa, ya que sólo una bomba te podrá salvar de acabar tus días en la horca.

La democratización de Oriente Próximo  iniciada a la fuerza en Irak y que después desembocó en una ‘primavera árabe’, es desalentadora: en todas partes, los nuevos regímenes que responden a la voluntad de la mayoría tienden a ser antioccidentales.

Esto se reconoce en todas partes sin ser apenas cuestionado, incluso por los que hace diez años recibían con los brazos abiertos a quienes les libraran del dictador más severo del mundo. Pero analicemos la guerra de 2003 desde otro punto de vista: ¿qué beneficios ha aportado al sistema mundial?

En primer lugar, ha asestado un duro golpe a la arrogancia de EE UU, un país conmocionado antes de la guerra de Irak que durante las movilizaciones tras los atentados del 11 S ya comenzaba a mostrarse como un imperio mundial. La actual moderación de Obama  (relativa, pero inusual para un presidente americano) tiene su base en la experiencia de Irak.

La guerra de Irak provocó que el Consejo de Seguridad de la ONU volviera a la política internacional. El momento en que los Estados Unidos decidieron que no necesitaban la sanción de este alto órgano fue cuando el papel político de la ONU dejó de existir. Después de ello ningún país fuerte y seguro de sí mismo la tendría en cuenta.

Pero pronto quedó claro que la incapacidad del Consejo de Seguridad para legitimar las acciones militares podía convertirse en un paso a la invencibilidad. Un estado podía reclutar una coalición de voluntarios para sustituir a la OTAN, como hizo el entonces ministro de defensa Donald Rumsfeld, pero el vacío legal acaba por paralizar cualquier proceso. Sin una sanción formal del órgano de poder es fácil derrocar un régimen, pero tampoco se conseguirá construir nada estable. Durante el gobierno de Bush, Washington tuvo que reformular sus relaciones con las estructuras de la ONU a la que habían considerado una carga estúpida.

Hoy en día el Consejo de Seguridad y el resto de instituciones de las Naciones Unidas distan de ser mecanismos ideales y reciben críticas justificadas desde varios puntos de vista, pero tampoco se ha propuesto nada más práctico y consistente. Durante estos diez años hemos observado en distintas ocasiones cómo los procedimientos de la ONU ayudaban a salir de algunos callejones sin salida.

La guerra de Irak puso de manifiesto las diferencias políticas a ambos lados del Atlántico. Los principales países de Europa rechazaron participar en esta guerra. Una década después tampoco se puede decir que la unidad transatlántica haya sufrido un golpe fatal, aquellas antiguas diferencias se han olvidado (en EE UU incluso se habían animado a hacer boicot a los productos franceses).

Sin embargo, se ha puesto de relieve que la OTAN no es la policía del mundo: la mayoría de los estados miembros, o bien no están dispuestos en absoluto a serlo, o bien están dispuestos de forma puramente simbólica. La búsqueda de nuevas misiones de alianza continúa, y parece que últimamente comienza a delimitarse en ser una organización militar regional euroatlántica que desempeña labores en las inmediaciones de las zonas de responsabilidad.

Esta no es una noticia demasiado buena para Rusia: por ahora, sus inmediaciones están situadas al sur del país, aunque también existen conflictos al este. El consuelo está en que el potencial militar de Europa es cada vez más reducido, y EE UU mira cada vez  más hacia Asia y no tanto al Viejo Continente.

Para el gobierno ruso la guerra de Irak dio frutos positivos por dos razones. En primer lugar, destruyó la creencia de que la política occidental es más sabia, prudente y racional. Moscú declaró desde el principio que aquella aventura no traería nada bueno, y resultó estar en lo cierto, aunque la Casa Blanca hiciera oídos sordos a sus advertencias.

En segundo lugar comenzó a desarrollar su propio potencial, anticipándose a cualquier desenlace de los acontecimientos. Los fuertes hacen lo que quieren y no les detiene ningún derecho internacional. Desde entonces Rusia parte de que todo está permitido. Por esta razón hay que tener cuidado y estar preparado para la guerra. No es una estrategia, es una táctica, pero esta aproximación funcionará durante algún tiempo.

Fiódor Lukiánov es presidente de la mesa del Consejo de Política Exterior y Defensa de Rusia.

Texto reducido. Publicado originalmente en ruso en Rossíyskaya Gazeta