Adopciones ‘culturales’ y otros asuntos

Vladimir Volkov y Gerard Depardieu. Fuente: ITAR-TASS / Stanislav Krasilnikov

Vladimir Volkov y Gerard Depardieu. Fuente: ITAR-TASS / Stanislav Krasilnikov

Moscú, al no encontrar un punto de acuerdo con EE. UU. y sus aliados, que tras la vuelta de Vladímir Putin al Kremlin critican cada vez más duramente a Rusia, que ha iniciado la contraofensiva. Su respuesta ha resultado tener tacto, ya que se ha centrado en hacer propaganda del modelo de desarrollo ruso, con el objetivo de demostrar su superioridad frente al mundo occidental.

El primero en secundar el llamamiento de Putin a “construir un estado fuerte y exitoso, y una sociedad moderna, próspera y libre”, pronunciado durante su mensaje de Año Nuevo, ha sido el actor francés y “nuevo ruso” Gérard Depardieu. Depardieu es uno de los franceses más célebres del mundo, y a principios de este año se convirtió en un gran protagonista con su papel más original, al recibir la nacionalidad rusa por orden del presidente Putin.

Esta historia, que en Occidente se han tomado como una curiosidad o como un capricho de una estrella del cine descontenta con la política fiscal del presidente socialista François Hollande, en Rusia se interpretó de manera totalmente distinta.

“Ahora muchos irán a Rusia, que ha conservado sus valores culturales, a diferencia de los países europeos. La gente está cansada de ver el desenfreno y la bacanal en Europa”. Así explicaba los actos del francés Vitali Milónov, presidente del comité legislativo del parlamento de Petersburgo.

Pero German Gref, director de Sberbank, opina que esta conducta tiene otros motivos. “El caso de Depardieu muestra que la estabilidad económica y política es a menudo el factor más importante a la hora de elegir un país, no solo para los inversores, sino también para los miembros del mundo del arte y la cultura”, declaró.

El trofeo de publicidad más preciado para Moscú han sido las declaraciones del propio Depardieu. “Rusia es una gran democracia”, dijo el francés.

La historia de Depardieu ha sido el detonador de una campaña de popularización del ‘poder blando’ ruso, una muestra de que Moscú no solo tiene un conducto de gas, armamento nuclear y derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. En su nueva versión, Rusia debe convertirse en un nuevo imán para los mejores representantes del mundo occidental.

 Putin en el ránking mundial de popularidad

A partir de lo sucedido con Depardieu los medios de comunicación rusos han declarado una nueva sensación: según Foreign Policy, Vladímir Putin ha encabezado el ránking de las personas más influyentes del mundo en 2012. Putin quedó tres puestos por encima de Barack Obama en el ránking.

Hasta que se desautorizó el comunicado, este generó una avalancha de comentarios por parte de los expertos rusos. Su idea se resumía en que la valoración de Foreign Policy había dado un giro radical a la percepción de Rusia por parte de Occidente.

Quien formuló la opinión de los expertos fue Leonid Poliákov, invitado frecuente en programas televisivos de política en canales rusos, catedrático de Ciencia Política de la Escuela Superior de Economía. Según él, la decisión de Foreign Policy demuestra un “reconocimiento por parte del grupo dominante de EE UU de que Vladímir Putin ha vuelto al olimpo mundial de la política”.

“Entre todos los políticos del mundo, Putin ha demostrado que consigue lograr todo lo que se propone y que él no es solo un líder nacional en Rusia, sino un líder de carácter global”, resaltó el politólogo.

Sin embargo, la sensación tenía los días contados. La redacción de Foreign Policy declaró con una refutación: lo que en Rusia llamaban el ránking del año 2012 resultó no ser más que una nota del blog del presidente del grupo consultativo Eurasia, Ian Bremmer, que solo aparece en la versión electrónica de la revista y que, tal y como subrayó la redacción, expresa solo su opinión personal. 

Las polémicas adopciones a debate 

La ‘cuestión infantil’ se ha convertido en el testimonio de la lucha irreconciliable de los valores. La adopción de la denominada ‘ley de Dima Yakovlev’, inicialmente interpretada como una respuesta a la ‘ley Magnitski’, ha dado a la conciencia social rusa un sentido más profundo.

La ley que prohíbe a los americanos adoptar niños rusos, se ha convertido en un acto simbólico para poner una barrera en el camino de la expansión en Rusia del ‘poder blando’ americano, pues entre los rusos adoptados en EE. UU. hay un historial considerable de éxito: una metamorfosis de pequeños rusos desafortunados a nuevos americanos prometedores y patrióticos. En la era de internet es imposible silenciar esta verdad.

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