Un fuego difícil de apagar

En este momento el proceso está llegando a un punto en el que se tendrá que tomar una decisión definitiva. Fuente: Alexéi Yorsh.

En este momento el proceso está llegando a un punto en el que se tendrá que tomar una decisión definitiva. Fuente: Alexéi Yorsh.

En Túnez el asesinato de un líder de la oposición ha provocado una ola de disturbios y una crisis política. En Egipto el segundo aniversario de la 'Revolución de Tahrir' ha llevado a una espiral de presión y al aumento de la violencia. En Siria los sublevados amenazan con un nuevo ataque decisivo sobre Damasco.

Dos años después del inicio de la 'primavera árabe' da la impresión de que todo vuelve a empezar de nuevo. En cualquier caso la situación es muy diferente de aquella que había a principios de 2011, especialmente para las fuerzas externas. Estas también tendrán que replantearse seriamente su actuación frente a la cambiante realidad de Oriente Próximo.

En este momento el proceso está llegando a un punto en el que se tendrá que tomar una decisión definitiva. Las fuerzas laicas y más liberales, no están contentas con los resultados de este cambio, y protestan con la esperanza de poner coto a los nuevos gobernantes. Los islamistas se ven obligados a utilizar la fuerza para dejar las cosas en su sitio.

La vuelta a un régimen represor, al estilo de los anteriores solo que bajo otras consignas, es muy poco probable, ya que la población de los países árabes ha asimilado de buena gana el espíritu democrático. Los sistemas autoritarios están completamente pasados de moda incluso allí donde hace muy poco parecía que no podía existir otra cosa.

Pero tampoco se puede esperar un pluralismo al estilo occidental, menos aun cuando los resultados de las elecciones han mostrado claramente que los partidos laicos están en clara minoría. Por eso las fuerzas islamistas apelarán, con todo el derecho, a la voluntad de la mayoría de la población, cuando se enfrenten al malestar general.

Occidente se encuentra en una situación incómoda ya que cada vez le resulta más complicado explicar a quién apoya en Oriente Próximo y por qué. El argumento de la obligación de situarse en el 'lado correcto de la historia', que se escucha desde el primer día de la 'primavera', se desmorona, ya que ese mismo 'lado correcto' parece cada vez menos atractivo, por lo menos desde el punto de vista de Occidente.

Todavía resulta menos clara la línea que se ha tomado en relación con los conflictos armados. El hecho de que en Libia y en Siria los países occidentales se pusieran del lado de aquellos contra los que luchan con éxito en Mali, desconcierta cada vez a más gente, algo que es especialmente perceptible en América. Prueba de esto sería un notable descenso del entusiasmo de los rebeldes sirios e incluso cierta deriva de los EEUU hacia la solución rusa.

Por muy importante que sea Siria, el país clave para el futuro equilibrio de fuerzas será Egipto, y no es extraño que la visita del Presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, haya atraído tanta atención. Los líderes iraníes no visitaban El Cairo desde los tiempos de la revolución islámica.

Mohamed Morsi, prácticamente después de su llegada al poder, coincidiendo con un fuerte recrudecimiento del incendio sirio, dio a entender que no tiene intención de unirse a la implacable línea antiraní que siguen las monarquías del Golfo Pérsico con Arabia Saudí a la cabeza. El paso de barcos iraníes por el canal de Suez, la visita de Morsi a Teherán para la cumbre de los Países no Alineados, la oferta de El Cairo de crear un grupo regional a cuatro bandas para la solución de Siria con la participación de Irán... todo esto demuestra que Egipto tiene intención de reconstruir el papel de actor independiente en la región que tuvo hasta los acuerdos de Camp-David con Israel en 1979.

También es verdad que Egipto pasa por profundos problemas económicos (las revoluciones no son gratis), y que los patrocinadores de El Cairo, los antiguos (EEUU) y los nuevos (Qatar y Arabia Saudí), cada uno por sus razones, están categóricamente en contra del acercamiento a Teherán.

Quizás el acontecimiento más importante de este año para la política regional sean las elecciones presidenciales de Irán. La salida de Mahmud Ahmadineyad, un personaje odioso, puede abrir para el mercado diplomático y político nuevas posibilidades, sea quien sea quien le sustituya. Si corrigiera su línea, Teherán podría tener una enorme influencia. 

La transformación de Oriente Próximo tan solo acaba de empezar y sus principios ideológicos y geopolíticos están igual de abiertos que anteriormente. Pero cuanto más tiempo pasa, más fuerte es la sensación de que la dinámica interna, es decir los intereses, las particularidades y la voluntad de los mismos países y sus poblaciones, jugarán un papel mucho más importante que la influencia de las fuerzas externas, por muy fuertes que pudieran ser.

'La primavera árabe' se convirtió en un hito de la política mundial en el sentido de que obligó a todos, incluidos los Estados Unidos, a ir detrás de los acontecimientos, a llevar una política de reacción, en lugar de una política activa, influyendo ellos sobre la situación y yendo detrás de los acontecimientos.

Si lo comparamos con 1989, los inteligentes estrategas también fueron pillados entonces por sorpresa. Pero en aquel momento los EEUU y Europa Occidental se resituaron y tomaron la iniciativa definiendo y regulando los futuros acontecimientos. 'La primavera' obliga prácticamente a inventar un nuevo modelo de comportamiento a cada paso para no quedarse atrás frente a los rápidos cambios. El juego del 'tú la llevas' sin reglas no ha hecho más que empezar.

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