Siria en vísperas de un aniversario sangriento

Después de cierta calma, el tema de Siria de nuevo ocupa las primeras páginas de la prensa. No es que se perfilen cambios en la situación del país. Como antes, sigue habiendo un estancamiento político y militar. Sin embargo, los principales actores internacionales han empezado a preparar una campaña informativa para el inminente aniversario del conflicto sirio. No se puede hacer recaer toda la responsabilidad de estos dos años de derramamiento de sangre únicamente sobre Bashar al Asad.

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El presidente de los Estados Unidos, Barack Obama muestra un enfoque equilibrado con respecto a esta cuestión. En una entrevista concedida a la revista norteamericana TheNew Republic formulaba varias preguntas retóricas:

“¿Podría dar lugar esto [una intervención militar] a una escalada de violencia o provocar el uso de armas químicas? ¿Cómo sopeso las decenas de miles que han muerto en Siria contra las decenas de miles que en la actualidad están pereciendo en el Congo?”

No obstante, en una entrevista a la CBS, responde: “Siria es el ejemplo clásico de nuestras intervenciones militares. Debemos asegurarnos de que dicha intervención no sólo mejora la seguridad de los Estados Unidos, sino si es algo bueno para el pueblo sirio y para sus vecinos, como Israel, ya que se verían profundamente afectados. No se trata de empezar a disparar sin más”.

En otras palabras, no se producirá una intervención directa, pero la situación no es tan grave en Siria porque Estados Unidos evite ayudar abiertamente a la oposición armada, cada vez más vinculada con Al Qaeda. La cuestión radica en el apoyo abierto de Rusia a Damasco,  más concretamente al presidente sirio Bashar al Asad.

El pasado 28 de enero Victoria Nuland, portavoz del Departamento de Estado de Estados Unidos, declaró que “hay una serie de medidas que Rusia podría adoptar para interrumpir abiertamente y con firmeza el suministro de armas rusas al régimen [de Asad], especialmente de helicópteros de combate. Podría cerrar las cuentas de Asad en los bancos rusos, apoyar activamente la transición política colaborando con nosotros en la búsqueda de un sucesor que preserve la unidad del país y lo encamine hacia la democracia”.

Esta declaración sólo es cierta en parte. Hablar de guerra civil en Siria es ilícito, considera Borís Dolgov, investigador en el Instituto de Estudios Orientales de la Academia de Ciencias de Rusia. Al ejército gubernamental de Siria no se opone un pueblo armado, sino unas tropas muy bien entrenadas, financiadas y abastecidas desde el extranjero. De lo contrario ¿cómo habrían podido luchar contra el ejército sirio?

Resulta difícil poner objeciones a las declaraciones de Bashar al Asad concedidas hace unos días al periódico libanés Al Akhbar: “Si se cerraran las fronteras sirias al tráfico de armas y al contrabando el problema se zanjaría en dos semanas, pues se agotarían las fuentes de financiación y las armas”.

Hay también un componente político en las reivindicaciones de Nuland hacia Rusia. Moscú ha reiterado en varias ocasiones que Asad no es especialmente santo de su devoción. El lunes pasado lo repitió una vez más el ministro de Asuntos Exteriores Serguéi Lavrov.

“Nunca estuvimos fascinados por este régimen y nunca lo apoyamos”, dijo Lavrov. “Y todas nuestras acciones encaminadas a que se aplique el acuerdo de Ginebra y a la formación de un  órgano de gobierno de transición demuestran que queremos que se estabilice la situación y que se creen las condiciones para que los sirios decidan por sí mismos el destino de su propio liderazgo, de su propio pueblo y de su propio país. Esta es nuestra posición y no apoyamos a uno u otro personaje de esta tragedia”.

La esencia del desacuerdo entre Moscú y Washington es que Rusia (como China) se opone a un cambio de régimen sobre la base de una presión militar, política y económica desde el exterior. Esto es lo fundamental y es lamentable que aún se tengan que explicar los motivos.

Estados Unidos, a todas luces, propone a Moscú que se pongan de acuerdo sobre quién será el próximo presidente de Siria. Es decir, que conjuntamente “expriman” a Asad. Una propuesta sin duda atractiva, dado que el Kremlin, a pesar de la cantinela desde Washington con respecto a la cuestión de los derechos humanos en Rusia, declara abiertamente su disposición a colaborar de modo equitativo en una amplia gama de cuestiones.

El 27 de enero, en Davos, en una entrevista concedida a la CNN, el primer ministro de Rusia Dmitri Medvédev confirmó que el futuro de Siria es un tema de diálogo entre Rusia y Estados Unidos y que “en las posiciones de ambos países no hay contradicciones irreconciliables”. No obstante, Medvédev insiste en que el destino de Asad “debería decidirlo el pueblo sirio. Ni Rusia, ni los Estados Unidos, ni cualquier otro país”.

Al mismo tiempo, su respuesta está en sintonía con lo que declaró el pope de la política exterior estadounidense Henry Kissinger: Estados Unidos y Rusia deben trabajar conjuntamente para encontrar una solución a esta crisis. “Cuanto más se involucre el mundo exterior, peor se pondrá la situación”.

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