La política de Moscú en Crimea sitúa a Merkel en la encrucijada ante aliados

La política rusa frente a Crimea pone a prueba la sangre fría de la canciller alemana, Angela Merkel, en la encrucijada de mantener abierto el diálogo con Moscú, mientras Polonia la apremia a salir de su ambigüedad.

Merkel viaja mañana a Varsovia, en un de los encuentros regulares entre ambos países vecinos y aliados, pero donde ahora la aguardan las advertencias del primer ministro Donald Tusk, relacionando la posición alemana respecto a Moscú con los suministros de gas ruso.

La dependencia de Alemania del gas ruso no debe paralizar a Europa en un momento en que es preciso actuar con rapidez, apuntaba ayer Tusk, en unas declaraciones a la agencia polaca PAP, previas a la visita de Merkel.

El líder liberal y primer ministro expresaba su determinación a abordar "con total claridad" esa cuestión con la canciller, tras admitir que la dependencia "no afecta únicamente a Alemania", aunque sí adquiere un "peso paradigmático" en la primera economía de la Unión Europea (UE).

Polonia comparte con la UE y con la oposición ucraniana el temor de que Moscú se apropie de facto del control sobre de Crimea, para lo que el referéndum del próximo domingo entre la población de esa península autónoma no sería más que un trámite.

A la visita a Varsovia seguirá, el jueves, una declaración de gobierno de Merkel ante el Bundestag (cámara baja), donde la líder conservadora está obligada asimismo a un claro posicionamiento respecto al conflicto de Crimea.

El semanario "Der Spiegel" afirmaba el domingo que Merkel supeditará su presencia en la próxima cumbre del Grupo de los Ocho (G8) -las siete grandes potencias, más Rusia-, a celebrar en Sochi el próximo junio, a la evolución de los acontecimientos en Ucrania.

La propia Merkel afirmaba el pasado jueves, tras la cumbre extraordinaria de la UE, que la consulta convocada en Crimea "no es compatible con la Constitución de Ucrania", al tiempo que cuestionaba la operatividad de convocar un referéndum en tan corto margen de tiempo.

Las advertencias desde Berlín hacia Moscú discurren en paralelo a la denominada "alta diplomacia telefónica" de Merkel, quien en los últimos días ha acelerado el ritmo de llamadas al presidente ruso, Vladímir Putin, y el estadounidense, Barack Obama, entre otros líderes de dentro y fuera de la UE.

Todo ello ocurre en un contexto delicado para Merkel, que había alentado sin disimulos las aspiraciones de la oposición ucraniana desde mucho antes del estallido de las protestas en el Maidán de Kiev que derivó en el derrocamiento del presidente Víktor Yanukóvich.

Berlín respaldó durante meses al exboxeador Vitali Klitschkó, líder del partido ucraniano Udar (Golpe), como gran apuesta para el futuro de Ucrania, a pesar de que entre sus compatriotas no había jugado un papel tan destacado entre la oposición.

Tras la salida de la cárcel de la exprimer ministro Yulia Timoshenko, el pasado 22 de febrero, Merkel reiteró su invitación a Berlín a la política ucraniana, a fin de someterse al tratamiento de su hernia discal en la clínica universitaria de la Charité.

Timoshenko llegó el viernes a la capital alemana y hasta ahora solo ofreció una conferencia de prensa el equipo médico que ya la había visitado en su larga reclusión en la ciudad ucraniana de Járkov y que debe decidir con la paciente si se la opera o no.

El gobierno de Merkel se ciñe ahora a las reglas de la absoluta discreción respecto a Timoshenko, cuya visita se considera estrictamente privada, mientras en Crimea se precipitan los acontecimientos.

El Parlamento regional de Crimea aprobó hoy su declaración de independencia de Ucrania y reiteró su aspiración de ingresar en la Federación de Rusia, a la espera de que la consulta del domingo refrende la independencia de la península, con un 60 % de población rusa, frente al 26 % de ucranianos y el 12 % de tártaros.