Un giro conservador en la política exterior rusa

“Estoy en contra del restablecimiento en Rusia de una ideología estatal y oficial de cualquier índole”, esta fue la declaración que hizo Vladímir Putin en su primer discurso presidencial ante la Asamblea Federal de Rusia en julio de 2000. Sin embargo, en su décimo discurso —pronunciado a principios de diciembre de 2013— el jefe del Estado ruso sí que proclamó la ideología por la que ahora se rige el país eslavo tanto a nivel interno como externo: el conservadurismo.

En realidad, también en el año 2000, al negarse a definir una línea administrativa y directriz concreta, Putin esbozó los mismos principios que defiende ahora que ya son evidentes: los valores tradicionales del pueblo ruso, el patriotismo, la soberanía, el estatismo y la solidaridad social.

La proclamación de una ruta basada en valores conservadores significa también un cambio en la política exterior de Rusia. El pragmatismo se ha considerado, desde principios del año 2000, el principal logro de esta. De hecho, en aquel primer discurso ya se afirmó que su base la conformaban “el pragmatismo, la eficiencia económica y la prioridad de los objetivos nacionales”.

El hecho de que en 2013 la aplicación de medidas severas —ya sea por la necesidad de EE UU de encontrar el lado ‘históricamente correcto’ de todas las situaciones, o por la proclama de la UE que le insta a guiarse por los ‘valores europeos’— se haya asociado menos con Moscú (a diferencia de lo ocurrido con las dos potencias mencionadas) ha constituido un factor de éxito para la política exterior rusa.

Un ejemplo ilustrativo es Oriente Próximo. A finales de 2013, con todo lo sucedido allí, parecía imposible encontrar ese ‘lado correcto de la historia’ que EE UU aspiraba a ocupar.

Durante tres años, Rusia ha procurado ceñirse en lo que respecta a la cuestión siria al citado ‘pragmatismo’, ‘eficiencia económica’ y ‘prioridad de los cometidos nacionales’. Esta postura, considerada al principio como desafortunada, destaca favorablemente por su coherencia y su carácter predecible.

Esto no despertó simpatías hacia Rusia, pero sin duda le garantizó el respeto y la atención, incluso por parte de sus detractores.

Otro fenómeno es el caso de Edward Snowden. Este prófugo buscador de la verdad cayó como un jarro de agua fría y, desde el principio, Moscú no supo qué debía hacer con él. La postura obstinada de Washington, que se dedicó a presionar a todos los países para que entregasen de inmediato al desertor, fue lo que en última instancia provocó el estallido del escándalo internacional.

En consecuencia, Rusia apareció como prácticamente la única potencia del mundo que no estaba dispuesta a doblegarse ante Norteamérica (China creyó más conveniente deshacerse de Snowden, mientras que Cuba o Venezuela se quedaron en meras palabras). Moscú simplemente consideró que no debía ceder a la presión, puesto de ese modo solo perjudicaría a su soberanía. En resumen, la impresión generada por Rusia fue la de un país moralmente fundado: no dejó al disidente a merced del servicio de seguridad norteamericano.

El tercer ejemplo de pragmatismo ha sido el conflicto de Ucrania. Las maniobras de Moscú se han basado en cifras; cifras apoyadas en acciones como el cierre temporal de la aduana. Por su parte, Bruselas se ha limitado a esgrimir argumentos sobre el diáfano aunque impreciso futuro europeo de Ucrania como respuesta a los números resultantes de las pérdidas previstas; hubiera sido pues extraño esperar que Víctor Yanúkovich firmara su sentencia ‘asociativa’.

Resulta paradójico, pero han sido precisamente estos éxitos —fruto de una política exterior privada de ideología— los que han engendrado la demanda de una ideología.

Los errores de cálculo de Estados Unidos en Oriente Próximo dejan un espacio que alguien debe ocupar. Los agentes locales albergan la expectativa de que Rusia, como en los tiempos soviéticos, volverá a la región en calidad de alternativa al sistema. No solo al sistema político-militar, sino también ideológico.

La propensión al adoctrinamiento contribuye también a incrementar la oposición a Occidente en el espacio postsoviético. Y la respuesta conservadora se vuelve lógica ante la proyección de ideas liberales por parte de la Unión Europea y EE. UU..

El conservadurismo en política exterior puede ser de dos tipos.

Como sinónimo de cautela, en un intento de evitar la adopción de medidas drásticas. Ya de por sí esto es una característica distintiva del proceder de Rusia; Putin, a pesar de la retórica, es precavido y solo se permite asperezas como respuesta a lo que considera una operación improcedente por parte de su contraparte. Este conservadurismo carece sin duda de un trasfondo ideológico.

Por otro lado está el conservadurismo ideológico: se trata de la defensa de un conjunto de valores a veces incluso en detrimento de los intereses inmediatos. A largo plazo, esto podría compensarse mediante la creación de un sólido sistema de alianzas asentadas en una base común de valores.

Solo es posible convertirse en un centro de influencia pleno declarando una posición ideológica. Putin cuenta con ello: “Sabemos que cada vez hay más gente en el mundo que apoya nuestra postura en defensa de los valores tradicionales, los cuales han conformado durante milenios los cimientos espirituales y morales de las civilizaciones”.

Eso sí, habría que preguntarse qué civilizaciones. Aquellas que comparten el enfoque ruso de las relaciones internacionales están sobre todo en oriente, en Asia. Putin ha proclamado que el Extremo Oriente ruso y la región del Pacífico constituyen la prioridad del siglo XXI. El destino de Rusia como gran potencia dependerá precisamente del grado de consolidación que alcance su postura en estas regiones. Y, precisamente, el pragmatismo y la eficiencia económica son lo que más se valora en esa parte del mundo. 

Artículo publicado originalmente en ruso en Gazeta.ru.