“El ruso da la sensación de un sueño lejano”

Sergio Caballero, cofundador del festival de música avanzada Sónar, ha transformado un rincón inhóspito de Teruel en Siberia. En “La Distancia”, su segundo largometraje presentado en el Festival de Cine de Moscú y el Voices de Vólogda, vuelve a sus obsesiones: paisajes gélidos, fenómenos paranormales y mucho surrealismo. RBTH visita la sede de Sónar en Barcelona, decorada con imágenes promocionales del festival de las que Caballero también es responsable: Maradona, taxidermia, animadoras brasileñas o gemelas con poderes sobrehumanos.

Fuente: Cristina Izquierdo

En su filmografía hay una fuerte presencia de la cultura eslava, no sólo por estar rodada en ruso. ¿Ha estado en Rusia?

Dos veces en San Petersburgo. Asistí al primer estreno de Nacho Duato como director artístico del teatro Mijailovski. He compuesto con Pedro Alcalde la música de seis ballets suyos. La segunda vez fui para discutir con Duato uno de ellos, Jardín infinito, inspirado en Chéjov. Viendo un documental sobre su vida quedé fascinado con la voz del narrador y empecé a investigar. Se llamaba Lev Nikoláiev y di con él. Lo invitamos a Barcelona para grabar fragmentos del cuaderno de notas de Chéjov, que luego mezclé con la música. Cuando concebí La Distancia tuve claro que la haría en ruso. Si hubiera optado por el catalán o el inglés no habría provocado la sensación de estar viviendo un sueño lejano.

En este “sueño” ambientado en Siberia crea un mundo paralelo propio. ¿Sigue un guion cerrado?

Cuando empiezo un proyecto me guía la intuición. Para La Distancia partí de unas ideas iniciales y luego busqué una localización potente para desarrollarlas. Ya no me interesan las películas que siguen el esquema “presentación, nudo y desenlace”.

Fuente: Sónar

Busco alternativas, como al componer música: creo una paleta sonora que me lleva hacia un tipo de composición.

Sobre La Distancia

Un campesino crimeo amante de lo paranormal, Vasili Lébedev, aprovechando los últimos coletazos de la perestroika, pasa de picar en una mina siberiana a ocupar un puesto directivo en una importante central térmica. Con la desintegración de la URSS se convierte en su único propietario y a dirigir un importante yacimiento de carbón. En uno de sus viajes a EE UU compra una performance de un artista austriaco, al propio artista y a su coyote, introduciéndolos ilegalmente en Rusia y encerrándolos en una nave de la central, ya en desuso. Todavía confinado, el artista contacta con tres enanos telépatas tras la muerte de Lébedev para encargarles que roben algo llamado “La Distancia”.

En La Distancia hay una narrativa, sí, porque todo el mundo te pregunta de qué va. “De un robo”, respondo. Pero lo importante es la atmósfera. Rodé con actores no profesionales que no seguían un guión porque no lo había. Conforme ruedo, descubro qué puedo sacar de ellos y de la situación. Le doy la forma definitiva en la sala de edición. Los diálogos, por ejemplo, los añadí al final dado que los enanos protagonistas son telépatas.

Esa localización, la central térmica abandonada de Aliaga, en Teruel, parece un vestigio de la época soviética.

Para mí la protagonista es la central. Una vez dí con ella se ordenaron todas las imágenes que tenía en la cabeza. Luego, una vez allí, fui incorporando elementos nuevos, como el personaje del artista inspirado en Joseph Beuys. En la central había una habitación con una reja que me recordó Me gusta América y a América le gusto yo, la performance en la que, envuelto en una manta de fieltro, Beuys se encerró una semana con un lobo.

¿Sus ideas de partida siempre están relacionadas con el Sónar?

En Finisterrae, mi ópera prima, quería que saliera el Sónar. Grabé el inicio en espacios donde se había celebrado. Luego el rodaje se trasladó a Galicia. Los dos fantasmas que hacen el camino de Santiago eran actores cubiertos con una sábana, idea de mi hija de nueve años. Así pude crear los diálogos a posteriori y no depender de la disponibilidad de los actores.

 

Fuente: Sónar

Estos fantasmas se convirtieron luego en la imagen promocional del Sónar. Con La Distancia ha sido al revés. Primero tuve la idea y la localización pero el presupuesto sólo daba para trabajar tres días en Teruel. Con eso producimos un teaser para buscar financiación y material para la campaña del siguiente Sónar. Ahora pienso en una tercera entrega, me atrae la idea de trilogía. Después del tema del viaje y el robo, lo próximo es un asesinato. Tres géneros tratados de una forma distinta.

¿Seguirá el mismo método creativo?

Así me siento cómodo. El proceso es fundamental. Por ejemplo, me di cuenta en pleno rodaje que faltaba algo de amor e inventé la historia del cubo enamorado de una chimenea que le dedica haikus en japonés. Con la banda sonora es similar. Con el primer violín de la Filarmónica de Berlín, Kolja Blacher, estuvimos cinco horas grabando armónicos. Con todo el material trabajamos la música del final de la película.+

 

Fuente: Sónar

¿Definiría su cine como contemplativo?

Sí. Procuro que tenga muchas capas. El cine te permite trabajar a distintos niveles. En La Distancia una de ellos es la religión. Me inspiré en el documental de Werner Herzog Las campanas del alma, sobre el culto religioso en Siberia. Otro sería lo relacionado con lo paranormal. Me interesa la teosofía y Helena Blavatski.

Finisterrae se llevó un premio Tiger en Rotterdam por “reconfigurar los límites del festival”.

Lo de los límites es problemático. En mi caso no saben cómo etiquetarme. Cuando nosotros creamos el Sónar lo que hicimos fue precisamente presentar propuestas interesantes que no se programaban juntas. Escuchar la música industrial de Esplendor geométrico o la electroacústica de BCN216 y a las dos de la madrugada bailar con Laurent Garnier. Hasta entonces los festivales exclusivamente de música electrónica eran mundos muy cerrados.

 

Fuente: Sónar

¿Parodia a referentes del cine y el arte contemporáneo como Tarkovski, Anish Kapoor o Beuys?

No concibo el cine sin humor. El llamado cine de autor no debería ser ajeno a la comicidad. Me gusta mucho el tempo de Tarkovski, su manera de aproximarse lentamente a los temas. Aquí estamos preferimos la velocidad. Lo que pasa es que vivimos una época con mucha autocensura creativa. En la década de 1980 vi películas más arriesgadas que ahora. Son pocos los festivales de cine que programen títulos realmente novedosos.

El Sónar nunca ha viajado a Rusia.

En el extranjero trabajamos con un partner local afín a nuestra manera de pensar. En Rusia no lo hemos encontrado. La escena electrónica de San Petersburgo, por ejemplo, es bastante comercial. En cuanto a música experimental hay cosas, pero no muy interesantes. No se ha dado la ocasión de hacer algo en San Petersburgo, y me encantaría.

  

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