“No lo demuestran al principio, pero los rusos son sensibles y familiares”

María de los Milagros Baylac es una artista plástica argentina. Su trabajo incluye murales, decoraciones e ilustraciones para diferentes marcas. También da talleres de arterapia en su casa, que parece un museo, ya que todo está pintado incluso la bañera. En junio viajó a Rusia, donde comenzó dando clases de arteterapia para especialistas y terminó trabajando con 150 personas. “Fue un sueño cumplido para mí como una artista”, comenta.

¿Qué significa el arteterapia y cómo lo descubriste?

Era tímida, aunque no lo parezca, tenía problemas de comunicación. Me enfermé de bulimia y anorexia. No fui al colegio durante dos meses porque estuve internada. Y después tenía que recuperar todas las materias, incluso el arte plástico. Tenía que hacer un cuadro del pintor que más me gustaba.

Maria de los Milagros Baylac nació en Bahía Blanca hace 37 años. Es licenciada en Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador. En 1999-2005 trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en las direcciones de Asuntos Culturales y Parlamentarios. Desde hace nueve años que se dedica exclusivamente al arte. Pintó locales y murales en la Argentina, Colombia, Australia, China e India.

Cuando me puse al frente de una tela para hacer un trabajo práctico, ya no podía dejar de pintar. El arte me curó. Creo que en el fondo todos somos artistas. Cuando uno pinta, se está expresando y está sorteando un montón de variables en la hoja de cartón. Pintar ayuda a conectarse con el corazón, entender que hay muchos caminos. Te hace más feliz.

No aprendí a pintar en una academia. Mi conocimiento viene de la práctica, de los errores que he cometido, de las personas que he escuchado. En una suerte de búsqueda personal logré descubrir un método que me permite conectarme con otros. Hago travesías, trabajo con la comunicación para dar mensajes a otros que tienen que ver no con libros de autoayuda, sino con experiencias propias que dan resultado.

¿Cómo surgió la idea de ir a Rusia?

Es algo que estuvo dando vueltas toda mi vida, siempre quise ir a Rusia. Cuando era chica mi papá tuvo que ir por trabajo a Rusia, cuando terminaba la perestroika, y volvió con historias rusas. Un día di un workshop de arte en Lancome donde conocí a una rusa que trabajaba allí. La invité a mi taller y nos hicimos amigas. Ella tenía que volver a Rusia y así surgió la idea de organizar allí dos talleres. Fui a Rusia pensando que iba a estar allí de vacaciones pero terminé trabajando más que nunca.

¿Tuvieron mucho éxito los talleres?

 Todo lo que sucedió fue mágico. Armamos una página web y alquilamos un salón de arte. Gracias a los contactos de mi amiga logramos llenar los primeros cinco talleres. Fueron expertos en arteterapia quienes venían a verme.

Me sentí como si estuviera en un examen, pero terminamos abrazándonos y casi llorando. Después vinieron otros, con familias, amigos, parejas. Empezamos con diez personas por taller y terminamos con 25.

De hecho, teníamos que decir “no” a algunos interesados porque ya no cabían en la sala. Los talleres suelen durar dos horas pero al final se prolongaban hasta tres horas y media.

¿Qué enseñaste a los rusos?

 La primera media hora teníamos meditación. La mayoría no tenía experiencia previa. Después pedíamos deseos, porque pedir un deseo es ver el futuro y marcar un camino para conseguir cualquier objetivo. No importa si no sucede, por lo menos de alguna manera lo estás proyectando. Después tomamos mate y pintamos. Un ciclo de cinco clases incluía conexión con la creatividad y clases con los ojos cerrados. El arte es jugar, no saber.

¿No tenías miedo a que tus técnicas no sirvieran a la gente de otra cultura?

 El primer día me costó enfrentarme a los rusos porque desconocía qué vinieron a buscar. Los argentinos somos imaginativos, los rusos son realistas. Sentí que las personas con las que trabajé tienen muy desarrollado el intelecto pero les falta la conexión con el corazón. El argentino es mucho más temperamental.

El ruso no lo demuestra a primera instancia pero es igual, sensible y familiar. Hay cosas que no se dicen pero que se sienten por dentro.

Al quinto día me abrazaban y me daban besos. Sentí todo el tiempo que era totalmente bienvenida allí. Todos los días me traían regalos: flores, bombones, matrioshkas. Hubo una persona que siempre lloraba durante la clase. Una mujer se separó de su pareja después de un taller. Otra mujer invitó a su marido al taller.

El hombre estuvo sentado con los brazos cruzados, con una cara de vinagre y terminó abrazandome a mí y a su mujer porque logró pintar un perro.

¿Vas a volver a Rusia?

 Voy a regresar varias veces porque hay gente que quiere que vuelva.

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