Miedo en Donetsk

Una manifestación de apoyo a los separatistas del este de Ucrania en Moscú. Fuente: Serguéi Karpujin/Reuters.

Una manifestación de apoyo a los separatistas del este de Ucrania en Moscú. Fuente: Serguéi Karpujin/Reuters.

En el corazón de la batalla entre los separatistas prorrusos y las fuerzas leales a Kiev, Donetsk ha vivido al ritmo de las explosiones durante las últimas semanas. Los habitantes de la ciudad nos cuentan cómo el miedo se ha convertido, poco a poco, en parte de sus vidas.

“Vi lentamente cómo iba tomando forma esta guerra. Incluso empecé a acostumbrarme a la presencia de hombres armados, a las calles vacías y al sonido de las explosiones en la noche. Sin embargo, todo cambió cuando los obuses alcanzaron nuestro barrio residencial. Ahora tengo miedo, todo el tiempo”, dice Antonina Jarchenko, de 62 años, sentada en un banco a la entrada del edificio donde vive.

Su barrio, cercano a la estación de tren, ha sido blanco de los disparos varias veces en los últimos días. “El primer proyectil explotó en nuestra urbanización y los milicianos (del frente llamado República Popular de Donetsk) organizaron la evacuación”, recuerda, con un profundo suspiro. “Pero yo no quise marcharme. No tengo dónde ir. Mi apartamento es todo lo que poseo. Además, muchos de los que se fueron ya han vuelto porque no tienen dinero”. Antonina ha pasado horas y horas en un refugio aéreo cerca de su casa.

"Mientras el Gobierno de Kiev parta de la base de que para fortalecerse necesita victorias militares sobre su propio pueblo, no creo que sirva de algo lo que estamos intentando hacer", dijo Lavrov el 17 de agosto al referirse a los esfuerzos diplomáticos para alcanzar una tregua. Lavrov recalcó que el establecimiento de un alto el fuego es "la tarea más acuciante, pues muere gente y se destruyen infraestructuras civiles".

Los habitantes de Donetsk conocen todos los refugios que hay cerca de sus casas. Las listas se distribuyeron y se pegaron en las entradas de las viviendas. Durante las dos últimas semanas, cada vez menos áreas de Donetsk siguen intactas. No hay bombardeos masivos, como en la Segunda Guerra Mundial, pero entre 10 y 20 proyectiles impactan cada día en esta ciudad, que tenía un millón de habitantes antes del inicio del conflicto. Sin embargo, esto no basta para que todo el mundo esté aterrorizado.

“En la televisión rusa siempre están hablando de una tragedia humanitaria, pero aquí nadie pasa hambre. El verdadero problema es la seguridad”, dice Andri, el joven camarero de uno de los pocos restaurantes del centro de la ciudad que aún sigue abierto. “Hasta primeros de agosto, el centro de la ciudad era bastante tranquilo”, recuerda. “Antes, los disparos estaban restringidos al área cercana al aeropuerto, al sur de la ciudad. Pero ahora ya no quedan lugares seguros”.

De repente, las calles se han vaciado de coches y transeúntes. El 95 % de las tiendas ha cerrado. Solo permanecen abiertos un puñado de restaurantes y tiendas de comestibles, suficientes para alimentar a los que siguen en la ciudad. “Todos mis amigos se han marchado. Muchos de ellos están en Crimea, otros en Rusia, otros en Kiev. Yo me he quedado porque soy de los pocos que no ha perdido su trabajo”, dice Andri.

Según algunos cálculos, obtenidos de las observaciones realizadas por los propios habitantes de la ciudad, entre un 30 % y un 60 % del millón de habitantes de Donetsk ha huido desde mayo. Es difícil ser más preciso, porque a menudo la gente se encierra en su casa. Paradójicamente, fue el centro de la ciudad el primero que asistió al éxodo, aunque los bombardeos se concentraron al principio en las afueras. “Es porque en el centro tienen más medios, mientras que los habitantes de los suburbios son jubilados y trabajadores que no poseen ahorros para irse a otro sitio”, aventura Andri.

Con la puesta de sol, los últimos vestigios de vida desaparecen. La gente se apresura a volver a casa antes del toque de queda de 23:00 a 5:00, impuesto por los líderes separatistas. Sin embargo, queda una isla de resistencia, donde se reúnen los valientes y los insomnes. El café Banana, el único abierto toda la noche, acoge en su terraza una extraña mezcolanza de líderes separatistas flanqueados por hombres armados hasta los dientes, glamourosas mujeres y periodistas extranjeros con la cara iluminada por pantallas de ordenador.

Si te acercas por aquí, estarás en un silencio total, solo roto regularmente por el estruendo de la guerra.

  

Los combates han llegado a Donetsk, una ciudad de un millón de habitantes. Gran parte de la población ha huido.

Mariya Krasnova, de 21 años, es cliente habitual de este café. Aunque vive en la otra punta de la ciudad, se refugia en el Banana para reunirse con sus amigos. Todos son pro separatistas, y muchos han abrazado la lucha armada. “Estoy orgullosa de ser su amiga”, dice Mariya. “Son mi nueva familia, ya que muchos de mis parientes dejaron de hablarme cuando empezó el conflicto. Viven en otras regiones de Ucrania y están mal informados por los medios de comunicación.

¡Creen que soy una terrorista! Pero solo estamos defendiendo nuestra tierra”, explica, frunciendo su hermoso ceño. Su enfado es sincero y jura que jamás abandonará Donetsk, pase lo que pase.

Muchos otros residentes de Donetsk comparten esta rabia, pero está dirigida a diferentes direcciones. “Estoy cansado de esta guerra”, dice suspirando Vasil Chorni, electricista y vecino de Antonina. “Al principio, apoyaba a los separatistas, pero ahora solo quiero que todo termine y que la gente vuelva a sus vidas, como antes. Se nos prometió que tras el referéndum (para la independencia de Donbass, celebrado el 11 de mayo), la situación mejoraría, pero ha sucedido lo contrario. Las partes implicadas en el conflicto son incapaces de negociar una solución. ¡No nos dejarán vivir en paz!”, lamenta. Esta opinión es unánime aquí: la guerra ha venido para quedarse.

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