A la conquista del Ártico

Rusia busca aumentar su presencia en la región y desarrollar nuevos proyectos internacionales. Fuente: Getty Images / Fotobank

Rusia busca aumentar su presencia en la región y desarrollar nuevos proyectos internacionales. Fuente: Getty Images / Fotobank

Se trata de una región llena de recursos, que va aumentando su importancia estratégica. Recientemente se ha comenzado a explotar el petróleo de la plataforma continental, además, debido al deshielo, la Ruta Marítima del Norte podría convertirse en una alternativa al canal de Suez en los próximos años.

En la profusión de noticias generadas últimamente sobre Ucrania y las relaciones entre Rusia, los Estados Unidos y Europa ha pasado inadvertido un hecho concreto: la puesta en marcha de una expedición del Centro Ártico de Investicaciones para la Explotación de la Plataforma Continental.

Los promotores del citado centro son los dos gigantes de la industria petrolífera, la rusa Rosneft y la estadounidense ExxonMobil. El simple hecho de iniciar la expedición no solo demuestra la continuidad de las relaciones comerciales entre estas dos corporaciones, sino también su intención de cooperar en el ámbito estratégico del territorio ártico.

Según las estimaciones del Servicio Geológico de los EE UU, en el Ártico se concentra aproximadamente un 13% de las reservas mundiales de petróleo sin explorar y hasta un 30% de las reservas también sin explorar de gas natural.

A Rusia le corresponde más de la mitad de dichas reservas; y si hablamos exclusivamente del gas, la zona rusa alberga el 95% del gas del Ártico. No es de extrañar que, a pesar del conflicto abierto entre Moscú y Wa­shington a causa de Ucrania, el equipo directivo de la mayor empresa petrolífera norteamericana no considere oportuno castigar a Rusia.

El patrimonio ruso en el Ártico constituye un bocado demasiado suculento para renunciar a su explotación. No es casual que la colaboración entre Rosneft y otro de los gigantes del petróleo, la británica BP, se iniciara precisamente explorando la posibilidad de llevar a cabo proyectos conjuntos en la plataforma continental.

En 2010, ambas compañías llegaron a tratar un intercambio de acciones. Rosneft y BP hablaron también de crear el Centro de Tecnologías del Ártico en la Federación de Rusia, el cual debía dedicarse al diseño y la implantación de soluciones tecnológicas y de ingeniería de última generación para la extracción segura de los hidrocarburos de la región, en colaboración con las principales instituciones de investigación, constructoras y universidades tanto rusas como extranjeras. 

El hecho de que al final Rosneft decidiera cofundar dicho centro con ExxonMobil en lugar de BP se debe en gran medida a los millonarios accionistas rusos de TNK-BP,  quienes hace cuatro años frustraron el prometedor acuerdo con su socio británico; Rosneft y BP acabaron rompiendo su alianza y ExxonMobil ocupó el puesto de socio de la compañía estatal rusa.

Muchos especialistas comparan la colonización de la plataforma con la conquista del espacio por medio de la nanotecnología y la electrónica. La explotación de los yacimientos requiere indiscutiblemente complejos recursos tecnológicos: desde buques a plataformas de perforación, pasando por todo tipo de equipos y dispositivos geofísicos y náuticos.

Las corporaciones petrolíferas norteamericanas y europeas cuentan con la tecnología y la experiencia necesarias. Por esta razón es una colaboración que beneficia a Rusia, ya que le permitirá capitalizar más rápido y de una manera más segura sus activos en el Ártico.

Una soberanía basada en la historia

Los rusos han hecho frente a la conquista de este territorio de una forma tan efectiva como la llevada a cabo por las naciones nórdicas. Ya a mediados del siglo XVI, los “pomory rusos” (nativos del norte) realizaban travesías por el océano Ártico aprovechando los afluentes de los ríos siberianos. En 1648, un grupo de navegantes liderados por el empresario Fedot Popov y el atamán cosaco Semión Dezhnevi atravesaron con sus embarcaciones la península de Chukot­ka hasta el océano Pacífico. 

Entre 1733 y 1742, tras la conocida como segunda expedición a Kamchatka –o Gran Expedición del Norte–, se trazaron geográficamente las costas del océano Ártico desde Arjánguelsk hasta la desembocadura del río Kolimá, la costa de la isla de Jonsiu y las islas Kuriles. 

En 1899, por iniciativa del almirante Makárov, se construyó el primer rompehielos del mundo, el Yermak, para mantener una comunicación regular con los ríos Obi y Yeniséi a través del mar de Kara, así como para la realización de investigaciones científicas en las latitudes más septentrionales del océano. En 1914 y 1915, las banderas rusas se izaron en la tierra de Francisco José y en la isla de la Soledad.

La actividad de la Unión Soviética en la región no tenía nada que envidiar a la del Imperio ruso. El 10 de marzo de 1921, Vladímir Lenin firmó un decreto para la creación del Instituto Naval de Investigación. El área de competencia de dicho instituto era el océano Ártico, junto con sus mares y estuarios, sus islas y las costas adyacentes de la RSFSR.

A partir de 1923 y en un período de tan solo diez años, se construyeron en las costas e islas del Ártico 19 estaciones radiometeorológicas. Y en los años 30 y 40, se recorrió por primera vez en una sola travesía la Ruta Marítima del Norte. Esta ruta constituye uno de los activos rusos en el Ártico más significativos, casi más que los yacimientos de la plataforma continental. El uso de este corredor, junto con el paso del Noroeste (situado en el territorio ártico de Canadá), acelera y simplifica el comercio entre Europa y Asia. 

Por ejemplo, la longitud de la actual ruta Rotterdam-Tokio a través del Canal de Suez es de 21.100 kilómetros. El paso del Noroeste recorta esta ruta hasta los 15.900 kilómetros y la ruta marítima del Norte hasta los 14.100 kilómetros.

Según las estimaciones de los expertos, el paso de buques por la ruta del Norte reduce un 40% el tiempo de entrega de las mercaderías de las rutas tradicionales. Esto implica un ahorro de combustible y de los costes salariales y de flete del barco, debido a la menor duración del recorrido. 

Además, en esta ruta no hay turnos ni límites de dimensiones para las embarcaciones, un obstáculo con el que sí se topan los cargadores y consignatarios que utilizan el canal de Suez.

Una ruta que ahorra costos

El papel de la Ruta Marítima del Norte está ganando relevancia por el notable incremento en el consumo de gas natural licuado (GNL).  Gracias a este hecho, los productores pueden vender el gas natural de cualquier yacimiento, independientemente de si cuentan o no con un gasoducto. Y los consumidores se libran de los riesgos relacionados con la inestabilidad política de los países de tránsito. 

En este sentido, destaca el proyecto Yamal GNL, ejecutado por la empresa rusa Novatek junto con la francesa Total y la china CNPC. Se prevé que el gas de la península de Yamal se enviará a los compradores a través de esta ruta. Pero no se descarta que en el futuro se utilice el potencial del proyecto Yamal GNL para el licuado del gas extraído en la plataforma del Ártico.

Deshielo

En sus deliberaciones sobre las ventajas de la Ruta del Norte, muchos expertos recuerdan también que, a principios de la década del 2020, la ruta del Ártico podría quedar libre para la navegación comercial durante todo el año, a causa del calentamiento global y el deshielo glaciar, haciéndola apta incluso para los grandes petroleros que no pueden atravesar los canales. 

La superficie glaciar del Ártico está decreciendo a un ritmo del 5% cada diez años y el grosor del hielo ártico se ha reducido a la mitad respecto del que había medio siglo atrás. Pero incluso si nos dejamos llevar por la lógica comercial y no prestamos atención a las nefastas consecuencias ecológicas que tendrían estos cambios, el proceso no se puede considerar totalmente positivo. Y es que la moderación del clima iría acompañado de una reducción en el consumo de energía y por lo tanto de una caída de la rentabilidad de los combustibles fósiles.

Por esta razón, es igualmente importante para Rusia aprovechar de manera efectiva los recursos del Ártico como mantener el equilibrio ecológico y climático existente en la región. También resulta imprescindible establecer una distribución inequívoca y reconocida por la comunidad internacional de las fronteras del Ártico. En este momento, dichas fronteras se basan en el acuerdo de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982

Según este documento, la jurisdicción territorial de los Estados solo se extiende a lo largo de la plataforma continental, mientras que el fondo marino y el subsuelo correspondiente que queden fuera de la jurisdicción se consideran patrimonio común de la humanidad.

Es decir que todos los países del mundo tienen igual derecho a la explotación de sus reservas naturales y cualquiera de ellos puede enviar una solicitud a la ONU y a otras organizaciones internacionales especializadas para la extracción de recursos del fondo marino.

Siguiendo esta lógica, en lugar de la división del Ártico en sectores vigente hasta la aprobación de dicha convención, Rusia perdería la soberanía sobre 1.700.000 metros cuadrados de la superficie polar. Una superficie en la que cualquiera podría realizar tareas de prospección y extracción de recursos con todas sus consecuencias, en particular para el medio ambiente.

Y es que la diferencia entre el propietario y el inquilino reside en que el primero, consciente de que tendrá que vivir en su propiedad durante muchos años, se esmera en cuidarla sin que nadie pueda atentar contra este derecho suyo.