“Katriell”: la mágica aventura de una cantante rusa en Chile

¿Qué hace una intérprete rusa tan lejos de su patria y hasta qué punto su arte es comprendido? ¿Existen diferencias esenciales o puntos de contacto en el modo de ser de ambas nacionalidades? Ekaterina Beliakova nos cuenta su experiencia en el país más austral del mundo.

Santiago, Chile. Son las 6 de la tarde. Pronto oscurecerá. Una brisa insistente merodea La Moneda, sede de gobierno. El otoño llega a un país azotado por un terremoto y un incendio devastador, ocurridos en sólo un par de meses. Mientras, en Rusia, la primavera despliega sus colores, dejando atrás un invierno caracterizado por una crudeza y un frio difíciles de imaginar en Latinoamérica.

Reflexiono en tal contraste e intento no olvidar el tema de la entrevista: ¿qué hace una cantante rusa en un país tan lejano como Chile? ¿Qué recepción tiene su trabajo en un medio dominado por la música bailable y el reggaetón y con una televisión en donde la cultura está ya en fase de extinción?

Su nombre artístico es “Katriell” y nació en Odintsovo, una pequeña ciudad cercana a Moscú, en los años 80. ¿Cuánto tiempo lleva en Chile? ¿Le gusta el país? Para saberlo,  le pido encontrarnos en el centro santiaguino. 

Al verla, recuerdo con cierta melancolía la belleza femenina que conocí durante los, aún recientes, tres años que viví en Moscú. Le propongo ir al café del Centro Cultural La Moneda. Eso hacemos.  

La universidad de la vida

“Al llegar a Chile el choque es muy grande. De partida, respecto al saludo y el trato. La gente es muy de piel: te abraza y besa al conocerte. Aquí, por primera vez, escuché tantos cumplidos sobre el color de mis ojos… Al parecer, acá es novedoso”, sonríe, consciente de que en Santiago el celeste de su mirada es tan escaso como un rinoceronte jugando fútbol playero en Saint-Tropez. 

Ekaterina Beliakova despliega un buen abanico de español. Su técnica es mantenerse en permanente contacto con la gente del país, aunque ello implique complicaciones y malentendidos.

A los nueve años, comenzó su educación musical. Luego, estudió guitarra clásica y finalizó su formación en el prestigioso “Gnessin State Musical College” de Moscú, totalizando nueve años de aprendizaje. Desechó la idea de seguir estudios universitarios, ya que “comprendí que existe otra alternativa: una educación de vida. Los estudios formales te enseñan algo, pero en la vida las cosas suceden de otra manera”.

Participando en trabajos humanitarios, conoció países como España, Islandia, Macedonia, Grecia y Bélgica, entre otros. Paralelamente, comenzó a dar clases en una escuela de música, experiencia que se prolongó por cerca de diez años.   

“Ellos dicen que sí…”

Fue en España que conoció a unos payasos chilenos y surgió la idea de visitar Sudamérica. Tres años atrás llegó a Chile, visitando Bolivia, Perú y Ecuador. En el primer país se sintió más cómoda, por lo que volvió. Inmediatamente, cuenta, se enamoró de la naturaleza, el clima y la gente, además de la cocina tradicional y el arte callejero. Lo que no le gusta es la extremada politización, la impuntualidad, la improvisación, y el que “una promesa no signifique que vaya a cumplirse”. 

Actualmente, presenta dos espectáculos en bares y clubes locales; uno es "Trova desde Rusia"; el otro, canciones en ruso, inglés y español. Además, aporta con su creatividad al trabajo de la compañía de teatro familiar “Teatropolis”.

Fuente: youtube / Katriell

“Siempre me ha gustado la música del cine soviético y los romances. Igualmente, la música clásica y la española, por haber sido la cuna de la guitarra. Me gusta mucho el flamenco y el folk. Mi estilo se emparenta con la trova, aunque en Rusia es distinta a la de Latinoamérica”. 

A la hora de mencionar influencias hispanoamericanas, no titubea: Silvio Rodríguez, Manuel García, Víctor Jara, Paco de Lucia, Violeta Parra, Víctor Heredia, Joaquín Sabina y Los Jaivas, entre otros. Respecto a sus ascendientes nacionales nombra a Melnitsa, Pelagueya, Dmitri Malikov, Leonid Agutin, Mashina Vremeni y Bélaia Gvardia. 

Ekaterina, una última pregunta: ¿crees que en Chile se entiende tu arte si tan poca gente conoce el idioma ruso? 

Bueno, ellos “dicen” que les gusta, pero acostumbran decir que sí a todo… De todas formas, la música es un idioma universal y pese a que no pueden comprender las palabras, la “energía” de una canción es independiente. Yo creo que entienden y por eso quiero dar a conocer a los chilenos parte de mi cultura”.