De cuando las ‘moscas’ 
y los ‘chatos’ llenaban
 el cielo de Madrid

Jose María Bravo, el piloto español con más derribos (derecha), posa con sus ayudantes. Fuente: Asociación Guerra y Exilio (AGE)

Jose María Bravo, el piloto español con más derribos (derecha), posa con sus ayudantes. Fuente: Asociación Guerra y Exilio (AGE)

Unos 800 pilotos españoles aprendieron a volar en la antigua URSS en un tiempo récord. Su recuerdo sigue vivo a través de diversas asociaciones.

Formaron parte de La Gloriosa, que es como en Madrid se conoció a la aviación republicana que luchó por la liberación de la capital. También se la denominó La Sufrida o La Heroica, en contraste con La Numerosa, que era como se llamaba a la fuerza aérea nacionalista, apoyada por Italia y Alemania.

Para contrarrestarla, la República reforzó sus alas mirando a la antigua URSS, desde donde llegaron aviones y formación. En tierras soviéticas aprendieron a volar de forma exprés unos 800 pilotos enviados en cuatro expediciones tras pasar de forma apresurada unos duros exámenes físicos y psíquicos. 

 

ADAR

la Asocición de Aviadores de la República, se legalizó en España en 1978 y su primera misión fue lograr que se reconociera la graduación militar de los aviadores que tras la guerra civil quedaron apartados como traidores.

“Eran los más formados y aptos. En aquellos años ser piloto era algo así como ser astronauta”, apunta Juan Barceló, de la Asociación Guerra y Exilio. Pasaron por dos academias: la de Járkov (Ucrania) y la de Kirovabad (Azerbaiyán). Su suerte fue dispar: unos murieron en la guerra, otros pagaron con la cárcel su lealtad a la República, otros se exiliaron y otros se quedaron en la Unión Soviética, atrapados por la Segunda Guerra Mundial. 

“Finalizaba el año 1936, cuando el capitán Isidoro Giménez fue elegido para llevar a la URSS a 200 alumnos, que iban a ser instruidos en un tiempo récord como personal destinado a los nuevos aviones soviéticos con los que se iba a apoyar a la República”, recuerda su hijo Antonio en la revista Ícaro 

“Salieron para Ucrania en enero del 37 y en junio ya eran pilotos. Volvían a España sin entrenamiento, las horas de vuelo las hacían a su vuelta. Y tras tres meses, se les mandaba al combate”, señala el hijo de este aviador que, tras la contienda, eligió quedarse en España y pasar por la cárcel y una condena a muerte que finalmente fue perdonada. 

 

Pilotos en la academia de Kirovabad. Haz click en la imagen para aumentar la foto. Fuente: Asociación Guerra y Exilio (AGE)

Lo hace desde ADAR, la Asociación de Aviadores de la República, en una habitación llena de fotos en blanco y negro donde los pilotos aparecen con cascos de cuero y entre aviones de madera y tela.  

En 1982 la asociación consiguió que se reconociera la graduación militar de lo aviadores; hoy defiende que no se pierda el papel que sus progenitores desempeñaron en defensa de la República. “Muchos de los descendientes no sabían nada de sus familiares: era peligroso contar que habían sido 'rojos'. Hay gente que llega pidiendo información sobre qué hicieron en la guerra o simplemente para saber qué fue de ellos”, cuenta Josefina, hija del piloto republicano Ramón Castañeda. 

Las ‘moscas’, los ases de la aviación y el gulag

Los aviones que pilotaron las alas rojas fueron conocidos en España como moscas y chatos. Los primeros eran los míticos cazas Polikárpov I-16; llegaron desmontados, y en las cajas que los contenían se leía Moskva (Moscú). De ahí que en la península los rebautizaran como moscas. 

Los segundos, biplanos, tomaron su nombre por su morro, achatado. En sus mandos destacaron los llamados ases de la aviación republicana, un grupo de soviéticos y españoles que, según Juan Barceló, volaban con la única opción de “ganar o morir”.  

 

Entre ellos destacó José María Bravo, el piloto español con más derribos en la aeronáutica española. Bravo participó también en la Segunda Guerra Mundial, en la que combatió tras llegar a la Unión Soviética huyendo de los dos campos de concentración de Francia por donde pasó tras el triunfo de Franco. Allí pudo volver a despegar un caza y luchar contra los nazis. Incluso llegó a escoltar a Stalin.  

Como él, otros 50 compañeros de armas lograron batallar contra los alemanes. Pero no todos corrieron la misma suerte: algunos de sus colegas, una parte de los pilotos de la última expedición que viajó a la URSS, se quedaron en contra de su voluntad y acabaron encerrados en gulags como prisioneros de guerra. 

Más información en la página web de ADAR.

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