La independencia de Crimea: un nuevo eslabón en la cadena de conflictos

Hay numerosos ejemplos en los que el principio de autodeterminación prevalece sobre el principio de soberanía. Fuente: ITAR-TASS

Hay numerosos ejemplos en los que el principio de autodeterminación prevalece sobre el principio de soberanía. Fuente: ITAR-TASS

¿Hasta qué punto son eficaces los mecanismos de prevención de crisis? Hay numerosos ejemplos en los que el respeto a la unidad territorial y a la soberanía se contraponen. En muchas ocasiones suele terminar con la formación de nuevos estados.

Uno de los ejemplos más interesantes es el de la República del Norte de Chipre. En julio de 1974, con el apoyo de la llamada Dictadura de los Coroneles griega, en la isla tuvo lugar un golpe de Estado, el presidente Makarios fue destituido y el control de la isla pasó a manos de Nikos Sampson, miembro de una organización clandestina griega partidaria de la adhesión de Chipre a Grecia.

En respuesta a ello, en Chipre se introdujeron tropas turcas cuya misión era proteger los intereses de la población turca, sometida a constantes persecuciones ya desde los años 60. Estas acciones militares provocaron una separación de la isla en dos estados. La República Turca del Norte de Chipre no está reconocida oficialmente por ningún país miembro de la ONU excepto Turquía. 

Existe también el ejemplo del pueblo kurdo, que tras la llegada de varias potencias coloniales acabó repartido en cuatro estados (Irak, Irán, Siria y Turquía) y todavía hoy sigue luchando por la creación de un estado propio. En 1991 los kurdos iraquíes se levantaron contra Saddam Hussein y Estados Unidos los apoyó creando una zona de exclusión aérea en el norte de Irak. En esa zona existe actualmente como una entidad casi independiente de Bagdad.

También existen experiencias parecidas en África. Allí el problema de la revisión de las fronteras es mucho más agudo que en Europa, ya que en este continente las fronteras se trazaron en líneas rectas sobre el mapa, tras lo cual varios pueblos acabaron en estados distintos, mientras que algunos pueblos que se tenían un odio no aplacado durante largos años acabaron habitando en un mismo territorio. Esto llevó a una sucesión interminable de conflictos internos e interestatales y algunos de estos llevaron, a su vez, a la aparición de nuevos estados. Por ejemplo, en 1993 Eritrea se separó de Etiopía, y en 2011 Sudán del Sur se independizó de Sudán. Cabe señalar que estos nuevos países se formaron con el consentimiento y el apoyo de la ONU y de algunos países occidentales, que también patrocinaron las guerras por la independencia.

En África existen algunos conflictos congelados. Por ejemplo, Marruecos ocupa el Sahara Occidental, cuya población inicialmente se había inclinado por la autodeterminación, desde 1976 y con el consentimiento tácito de Estados Unidos y la UE.

En el espacio postsoviético también se encuentran ejemplos de cómo la defensa de los compatriotas ha desembocado en conflictos territoriales. Durante la guerra de Karabaj, durante los años 1991- 1994, entre Azerbaiyán y la autoproclamada república de Nagorno Karabaj, los azeríes tomaron el control sobre el territorio étnicamente armenio del distrito Shaumianovski de la República Socialista Soviética de Azerbaiyán, y los armenios ocuparon el territorio de la antigua Región Autónoma de Nagorno Karabaj, así como varios distritos colindantes.

Este conflicto permanece activo en la actualidad y es regularmente la causa de tensiones entre las relaciones de Armenia y Azerbaiyán, que se preparan con tanto énfasis para una posible guerra que los expertos en el Cáucaso hablan de una carrera armamentística en la región.

Cabe también recordar la política de las grandes potencias, que han pasado sin ningún titubeo por encima del principio de soberanía cuando sus intereses han estado en juego. En 1998, en Kosovo prevaleció el principio de la autodeterminación. Como justificación sirvieron unos comunicados sobre las purgas étnicas cometidas contra la población albanesa en esta región.

Un ejemplo no menos claro del trato despreciativo al principio de soberanía se pudo ver durante la agresión estadounidense y británica contra Irak en 2003, que se llevó a cabo bajo la sospecha inventada de la liquidación de unas reservas inexistentes de armas de destrucción masiva.

Asimismo, fue muy polémica la intervención de la OTAN (sobre todo de Francia y Gran Bretaña) en la guerra civil de Libia en 2011. En aquel momento, los países occidentales alegaban la importancia de proteger a la población civil, mientras que sus detractores denunciaban los intentos de derrocar el incómodo régimen de Muamar el Gadafi.

Otro ejemplo puede encontrarse en la política moderna de China, que está su nuevo estatus hegemónico en Asia. Tras la recuperación por vía pacífica de Hong Kong y Macao, China se disputa las islas Senkaku/Diaoyutai con Japón y el control del mar de la China Meridional con Vietnam, al tiempo que enseña sus músculos en cuanto a la cuestión de Taiwán y, a pesar de las numerosas protestas de la sociedad internacional, continúa ocupando el Tibet, anexionado a China en 1950.

Todos los casos indicados más arriba demuestran que, a pesar de la creación de la ONU y del desarrollado sistema de derecho internacional, en las relaciones interestatales la fuerza sigue siendo el elemento decisivo.

La ambigüedad existente en el derecho internacional permite interpretar sus normas de manera satisfactoria para los vencedores. Las grandes potencias sin excepción se basan a menudo en el principio que más les interesa proteger, partiendo de consideraciones geopolíticas. Y mientras se mantenga esta ambigüedad será imposible crear un mecanismo eficaz de regulación de conflictos y, por consiguiente, nuevas crisis similares a la actual seguirán apareciendo una y otra vez.