Ponerse la camiseta para traducir ruso

Cómo una editorial argentina se propuso reconstruir las ediciones originales de los clásicos de la literatura rusa y traducirlos desde el idioma original por expertos argentinos. Qué rol cumple la investigación textológica y de qué se trata la colonización académica.

“Ponerse la camiseta” es una expresión bien argentina, bien porteña. Podría ser traducida como el hecho de liderar o embanderarse una causa y llevarla adelante, impulsarla. De esa manera puede definirse el rol que han tenido Alejandro González, Omar Lobos y Fulvio Franchi en la causa de integrar a la literatura rusa en la cultura argentina respetando ambos idiomas.

De la mano de Editorial Colihue, estos tres académicos expertos en la lengua rusa y miembros de la Cátedra de Literaturas Eslavas de la Universidad de Buenos Aires han trabajado y traducido una enorme cantidad de obras de los autores rusos más influyentes como Alexandr Pushkin, Fiódor Dostoievski, Lev Vigotski y Antón Chéjov. ¿Cómo se cumple con la difícil tarea de adaptar a un argot local las metáforas y los pasajes más valiosos de piezas extaordinarias como la novela en verso de Pushkin, Evgeni Oneguin? ¿Cómo se completan las obras que, a medias, fueron censuradas y traducidas en Europa occidental y luego vueltas a traducir al español para ser leídas en Latinoamérica? Poniéndose la camiseta durante diez años.

“En 2003 arrancamos en la Universidad de Buenos Aires (UBA) con la Cátedra de Literaturas Eslavas. En ese momento estaban al frente Américo Crsitófalo y Susana Cella, y un grupo de todavía jóvenes especialistas en literaturas eslavas. En ese mismo año empezamos a traducir. Arranqué yo con Crimen y Castigo, después se sumó Alejandro con Memorias del subsuelo y Fulvio tradujo El viaje a Armenia, de Ósip Mandelstam”, recordó el licenciado en letras y oriundo de la provincia de La Pampa, Omar Lobos, al recibir a Rusia Hoy en su departamento del barrio de Almagro, en Capital Federal. 

Por esa época Argentina acababa de salir de una fuerte crisis económica, política y social y la editorial Colihue, quizás por una necesidad de dejar de importar libros desde el extranjero, decidió crear su propia colección de clásicos.

“En 2003 me habían confirmado que me iba a quedar sin trabajo en la municipalidad de Avellaneda. Omar sabía que yo estudiaba ruso y que conocía bien la lengua. Me preguntó si me animaba porque Colihue quería traducir autores rusos. Tuve una entrevista con Aurelio Narvaja (director de la editorial) y Omar y me sumé. Con la primera traducción me di cuenta de que hay mucho material que no conocemos”, analizó el sociólogo de la UBA, Alejandro González, en diálogo con Rusia Hoy desde San Petersburgo, donde reside y trabaja actualmente.

Diez años después de comenzar la carrera por traducir los clásicos rusos, Colihue hoy es dueña de una colección propia, traducida por profesionales locales y que puede jactarse de que se intergre por títulos como Crimen y Castigo, Los hermanos Karamázov y Memorias del Subsuelo de Fiódor Dostoievski; Evgueni Oneguin y El Zar Saltán de Alexandr Pushkin; 

Primer amor, de Iván Turguéniev y Pensamiento y habla, de Lev Vigotski. Actualmente se encuentran en proceso de producción las obras de teatro completas de Pushkin, Turguéniev y Antón Chéjov y El Jugador, de Fiódor Dostoievski, entre otros.

Oponerse al colonialismo académico 

“La literatura rusa llegó a nuestras tierras por mediación de Francia e Inglaterra. Hemos conocido a los rusos, hasta el día de hoy, que se conocen en esos países. No ha habido puentes directos entre Argentina y Rusia. ¿En qué momentos descubrimos nosotros a los autores rusos? 

Cuando los descubren ellos. Ese colonialismo académico y epistemológico siempre lo hemos tenido en Argentina”, advierte Alejandro González al explicar las ventajas y la importancia de que los traductores argentinos no solo se dediquen a trabajar textos en ruso, sino que, además, se ocupen de lo textológico, esto es, estudiar la historia de los escritos y hacer todo lo posible para que representen el original en la mayor medida posible. 

“En Pensamiento y habla de Vigotski hicimos una gran reposición porque había sido podado por el estalinismo, que le sacó todo lo que consideró que era la psicología subjetiva y occidental y, en las traducciones tomadas desde el campo de Estados Unidos, le habían sacado todas las referencias al marxismo. Es decir, le cortaron las dos piernas: la izquierda y la derecha”, explicó Aurelio Narvaja. 

“Comparé todas las ediciones que había. Es un trabajo de hormiga. Empecé a hacer la historia del texto. La edición inglesa es dos terceras partes de la original, y fue la que circuló en todo el mundo y que se tradujo a otros idiomas”, agregó González. En otras palabras, colonización académica. “Creo que en muchos casos el argentino ni lo advierte. La colonización, para que funcione, no tiene que ser advertida.Tenés que sentirte libre”, cerró el traductor vía videoconferencia desde Petersburgo. 

La lucha contra la 'colonización académica' es solo uno de los leit motiv que Colihue y su equipo de literatos expertos en lenguas eslavas se hicieron propios. Mejor está explicado en palabras de Aurelio Narvaja: “Lo nuestro está ligado a la cosa cultural y, por ende, a la revolución rusa. Son como autores muy familiares para nosotros. Todos fuimos totalmente antiestalinistas. Extrañamos mucho la ausencia de la cultura rusa y pensamos que es una de las fundamentales, de oriente y de occidente, porque Rusia es como un lugar donde confluyen. Para nosotros fue ponernos a hacer algo que queríamos”.

La conexión entre el inicio de las traducciones que Narvaja se propuso con la cátedra de Literaturas Eslavas es tal que, como ejemplo, fue el mismo editor quien llamó a quienes lideraban ese sector de la Facultad de Filosofía y Letras para que sumaran a Omar Lobos a su equipo. 

El idioma es cultura, simbología e historia. Es por eso que, para un traductor, encontrar puntos de contacto entre dos lenguas es como conectar dos culturas. Para Omar Lobos, “están atravesadas, las dos culturas, por una búsqueda identitaria de distinto tinte, pero que es muy potente. Los rusos buscan, sobre todo en el siglo XIX, volver a recuperar los lazos con el pueblo. Acá nosotros tenemos una búsqueda identitaria de otra naturaleza. ¿Quiénes somos los argentinos? ¿Venimos de los barcos? Hay algo de ese orden que no queremos reconocer. Somos europeos. Uno empieza a escarbar y encuentra las contradicciones. Los rusos tienen esa cuestión identitaria con respecto a Europa, de la misma manera que nosotros la tenemos. Ambas naciones tienen el tema multiétnico: el Cáucaso, Siberia y la Rusia asiática. En resumen, Argentina es un país muy rusófilo y muy dostoievskiano”. 

Más información en la página de la editorial Colihue. 

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