Las aventuras de un motero español en Siberia

Unos 4.000 kilómetros separan la ciudad siberiana de Omsk de Vladivostok, el bastión ruso en el Extremo Oriente. 4.000 kilómetros de taiga, carreteras desiertas y territorios pantanosos. Un motero gaditano los recorrió sólo, en 2011, mientras daba la vuelta al mundo sobre dos ruedas. Una aventura que culminó con una tortilla de patatas y un salmorejo en los estudios de la televisión local, en Vladivostok.

Fuente: archivo personal

“Fue mi primera vez en Rusia. En mi periplo era obligatorio pasar por allí”, asegura El Búfalo. Su verdadero nombre es Fernando García. A sus 33 años, ha visitado unos 30 países. “Jamás pensé que recorrería tantos kilómetros sin encontrarme un alma”, recuerda entre risas.

Todo empezó por un golpe de suerte en la lotería: un premio que primero le permitió dar la vuelta al mundo con 8.000 euros en el bolsillo. Cuando llegó a Siberia, no tenía mucha información. “No quise leer nada para que la aventura fuese verdadera. Tenía una vaga percepción de Rusia por lo que había visto en los informativos, y que pronto se demostró errónea. Los rusos me parecieron amables y simpáticos, con un humor parecido al nuestro”, relata ese viajero, que financia sus aventuras gracias a la publicidad que pequeños negocios publican en su blog

Desde el principio fue un viaje accidentado. En la frontera con Ucrania, mucho antes de Omsk, Bufalina, su moto, empezó a fallar. 

La maquinaria de la solidaridad rusa se puso en marcha. A pesar de que el control duró cuatro horas, allí estaban sus ángeles de la guarda. “El inglés no era su fuerte, pero entendí que alguien iba a recoger la moto”, recuerda El Búfalo. Dos horas después llegó el mecánico, Mijaíl Markov, con hamburguesas para todos. Propuso dejar la moto en el lugar, llevarle a un hotel junto a su taller en Bélgorod y arreglar la moto el día siguiente. “La idea de separarme de mi moto en medio de la noche no me sedujo. Entonces dormimos en su coche hasta que llegó la grúa”.

Estos rusos altruistas y cariñosos hicieron que El Búfalo cambiase por completo su concepto del “frío país”. “Pasé unas tardes maravillosas en el taller de Mijaíl, donde amigos y curiosos pasaban a conocer al español. A la semana volví a la carretera en dirección de Kazajistán con una frase que jamás olvidaré: 'un motero siempre ayuda a otro motero".

Llegó a Omsk con la idea de recorrer Siberia pasando por Novosibirsk, Krasnoyarsk, Irkutsk, Ulán-Udé, Chitá, Jabárovsk y Vladivostok. Nuevas aventuras le aguardaban. “Llegó mi turno de ayudar a un motorista ruso. En aquel espeso bosque siberiano, cerca de Yurgá, vi una moto en el arcén. Pensé que alguien necesitaba auxilio. Un chico bajó de un coche. Señaló el depósito: necesitaba gasolina. Le eché unos 8 litros y me ofreció dinero, pero en aquel país aprendí que un motero siempre ayuda a un motero. Mi sorpresa fue que el chico no sacó las llaves, se montó en la moto, hizo un puente, levantó el pulgar y salió corriendo del lugar seguido por su cómplice en el coche. Imagínate mi cara: había ayudado a un ladrón” cuenta Fernando, que ha escrito tres libros sobre sus viajes.

Cerca de Tigda, en la frontera con China, la carretera empeoró por el polvo, la grava y el intenso tráfico de camiones. “Recuerdo aquel día de calor asfixiante como si fuese hoy. Paré en una gasolinera para beber algo. Curiosos se arremolinaban alrededor de la moto y mi sexto sentido se puso en alarma. Un par de chicos insistían en que les prestara la moto. Decidí avanzar un poco y paré para tomar mi refresco. Con el rabillo del ojo vi la silueta de tres jóvenes saliendo de unos arbustos. A gritos, me ordenaron que me arrodillara. Llevaban katanas”, relata este motero, acostumbrado a dormir en medio del bosque, en su tienda de campaña.

Era un atraco en toda regla. Le pedían money a golpe de katana. El Búfalo sacó un fajo de billetes de un país vecino, equivalente a 20 euros. “Pero querían el pasaporte y el teléfono. Decidí simular un ataque de ansiedad. El tipo se relajó y soltó la katana. Aproveché para agarrar el casco y golpearlo con fuerza. Cogí la espada samurai y la desenfundé. Se la puse en el cuello mientras yo lloraba de impotencia. Se pararon en seco. Monté en la moto, coloqué la katana bajo la axila y corrí”.

Tras esa mala experiencia, todo volvió a la normalidad. Fernando conoció a muchas personas que le ayudaron. En Jabárovsk, llamó a un amigo de Mijaíl Markov, su primer protector. Vladislav Boyko intentaría ayudarle a enviar la moto en avión a Los Angeles, California, para seguir con su viaje por el planeta. “Me abrió las puertas de su casa como a un familiar, llegando al extremo de enfadarse si no dormía en su cama”, recuerda.

Cinco días después no había conseguido enviar su moto y, peor aún, su visado estaba a punto de expirar. Tenía que llegar a Corea del Sur, pero cerca de Vladivostok, Bufalina murió. “Al otro lado de planeta, sin teléfono ni esperanza, pensé que aquel viaje había llegado a su fin”.

Finalmente fue rescatado por unos amigos de Vladislav. “Llegaron en una pick up: un tipo bajito con una melena canosa y gafas de sol, a pesar de la lluvia, y un punki con pantalones rojos y una camiseta de los Lakers. Dos tipos peculiares, pero en este viaje aprendí que el hábito no hace al monje”, bromea Fernando.

El punki se llamaba Leo y el rockero, Sasha. Le llevaron a un garaje en Vladivostok. Una amiga, María Nikiforova, se ofreció a darle cobijo en su casa. “Les expliqué el problema del visado y decidieron que era mucho importante que la moto. Faltaba un día para que caducase. La cadena de favores se puso en marcha”. La única solución era empadronarse en casa de alguien: así podría extender el visado para 15 días. Sasha fue el primero en ofrecerse y así el Búfalo obtuvo dos semanas de margen para arreglar su moto.

Una mañana Sasha le preguntó si quería participar en un programa de cocina en la televisión local. Ni se lo pensó. “Tardamos cuatro horas y media en preparar la tortilla y el salmorejo, entre risas y el enfado del director. Yo cocinaba a la vez que exponía mis percepciones sobre Vladivostok. Me parecía curioso el caos ordenado de la ciudad, donde circular era bastante peligroso. Reinaba la ‘ley del empujón’: pasaba el que metía primero el morro del coche. La enorme flota de vehículos japoneses, con el volante a la derecha, no ayudaba. Para colmo, toda la ciudad estaba en obras por una inminente cumbre internacional”.

Al cabo de las dos semanas, llegó el momento de abandonar Siberia. “En un mes y medio aprendí mucho de Rusia. Lo primero, que no se puede juzgar a un país por lo que ves en el noticiario. Que un motorista siempre ayuda a un motorista, y cuando digo siempre, es siempre. Que aunque la fachada de un edificio parezca sucia y descuidada, lo importante es lo que hay dentro. Que la mayoría de aquellas personas, y fueron muchas, siempre estaban listas para ayudar”, afirma Fernando desde Alaska, donde está intentando recorrer el desierto de hielo a  40 grados bajo cero.

“Esquivé el frío siberiano, pero esta vez  no ha sido posible librarme de ello. Tengo que confesar que me encanta Rusia y su gente. Y sé que tarde o temprano volveré”, concluye.