Hace 66 años inmigrantes rusos llegaron a Venezuela esperanzados en reconstruir sus vidas

Fuente: José Gregorio Meza

Fuente: José Gregorio Meza

En mayo de 1947 el barco 'USS General S.D. Sturgis', una nave estadounidense utilizada para el traslado de inmigrantes, atracó en el puerto de La Guaira, el mayor de Venezuela a 25 kilómetros de Caracas, con miles de refugiados europeos. Escapaban de la devastación causada por la Segunda Guerra Mundial y estaban en la búsqueda de nuevos horizontes.

 

Fuente: José Gregorio Meza

“Me cuenta mi padre que era de noche cuando llegaron, la costa resplandecía con numerosas luces. Pareciera que hubieran llegado a una gran ciudad portuaria  iluminada por las diferentes edificaciones”, relata Jorge Svistunov, descendiente de rusos-croatas, en su blog Memorias Yuяassiclas. “Por la mañana subieron a la cubierta del barco, vieron las montañas verdes con algunos ranchitos, eran las lucecitas que vieron de noche. Las mujeres sollozaban y se preguntaban a dónde hemos llegado”.

Este primer grupo fue trasladado a Caracas y ocupó unas barracas en Sarría, en el centro norte de la capital. Otros llegaron a Los Magallanes de Catia. También se ubicaron en Petare, El Marqués y Los Chorros, al este. Un contingente más grande de rusos, polacos y ucranianos crearon lo que hoy se conoce como Altavista, al noroeste de la ciudad y cerca de Catia, una populosa zona, tal y como lo refiere una reseña del consejo comunal Mini Parque La Cruz. “La mayoría, con una buena formación profesional, no se amilanó para montar fábricas y tiendas”. En la zona además se fundaron tres iglesias ortodoxas, una de ellas de madera, levantada en 1948, que sirvieron para aglutinar a la comunidad.

Según un artículo del diario caraqueño El Universal, publicado el 20 de julio de 2008, firmado por Javier Brassesco, queda poco rastro de esa inmigración rusa de la postguerra. “Los Zagicko murieron y el apellido desapareció, los Goncharow se fueron a Estados Unidos, los Plotnikoff se mudaron, Nicolás Broks se mató en un accidente en la autopista de Guarenas, el padre Alexander, que oficiaba misa en una de las dos iglesias ortodoxas, falleció en 2008. La suerte de los descendientes de los primeros rusos que poblaron Altavista, parte alta de Catia, ha sido diversa aunque semejante en un aspecto: muy pocos quedan hoy allí”.

Una nota más reciente, del 11 de abril de 2013, da cuenta de que además las iglesias fueron clausuradas. “En la mejor época de esta zona, en la década del 60, unas 300 familias de origen ruso estaban asentadas en Altavista, pero hoy no deben ser muchas más de diez. La mayoría ha partido a Estados Unidos, Canadá o a otras zonas de la ciudad”.

En Altavista  y sus alrededores quedan vestigios de nombres relacionados con Europa Oriental: todavía se pueden ubicar calles como la Moscú, Ucrania, Hungría y Eslavia. Otras como El Club o El Refugio hacen referencia a los inicios y la oleada de inmigrantes que se asentó en el lugar.

“Muchos de los inmigrantes que llegaron, debido a las malas condiciones de vida que afrontaron, decidieron irse luego. Hubo quienes se fueron a Estados Unidos y Canadá”, contó en Caracas en retrospectiva II, un grupo de Facebook, una descendiente de emigrantes llegados en esa época, nieta de ucraniana y ruso. “En Altavista mi abuela construyó ella misma, puso cada bloque, su propia casa. Decía que la idea era que solo vinieran familias o parejas casadas con hijos en camino. Al venir les iban a otorgar tierras a crédito para ser pagadas con el fruto de las cosechas pero lamentablemente solo un pequeño grupo recibió ese beneficio y los demás quedaron a su suerte”.  

Un segundo grupo entró por Puerto Cabello

Leonor Mendoza, en su artículo La fiesta de los musiús publicado en el diario Notitarde de Valencia, describe a un segundo grupo de 850 inmigrantes que llegó a Puerto Cabello, a 212 kilómetros de Caracas, el 2 de septiembre de 1947. Estos terminaron en El Trompillo, una antigua hacienda de Antonio Pimentel, compadre del general Juan Vicente Gómez, dictador que gobernó a Venezuela de 1908 a 1935. El caserío está a pocos kilómetros del Lago de Valencia, estado Carabobo, en el centro del país. “Eran yugoslavos de origen croata, rusos de origen ucraniano, polacos, húngaros, lituanos, griegos, rumanos, austríacos, búlgaros, estonianos y checoeslovacos”.

Se aprovechaba la apertura brindada por el gobierno de Rómulo Betancourt, el cual permitió entre 1945 y 1947 la llegada de 16.000 inmigrantes por gestión oficial y 25.000 por decisiones particulares, según los datos de Oswaldo Feo Caballero en su libro El Trompillo, centro de recepción de inmigrantes. El proceso se aceleró en la década posterior. “Allí fueron instaladas grandes barracas de zinc de un extraño diseño que los lugareños veían por primera vez. Albergaban a 2.500 personas que se renovaban por el ingreso y egreso de usuarios. Había oficina de identificación, colocaciones, asistencia social y médica, estadísticas, comedor, un hospital, escuela y jardín de infancia. La dirección estaba a cargo de don Roberto Ara Lucena”.

El 12 de diciembre de ese año arribó el tercer contingente. Llegaron a Puerto Cabello a las 5:00 p.m., según refiere Carlos Störh, escritor checo nacido en Praga en 1931. En su artículo El Trompillo, puerta de entrada a la nueva patria, publicado en Código Venezuela, rememora sus andanzas. “Venían personas o familias refugiadas o desterradas de los países orientales de Europa, a saber: rusos, polacos, estonianos, letones, lituanos, checos, húngaros, búlgaros y yugoslavos. No había alemanes, tampoco italianos, españoles, franceses, ni portugueses, mucho menos finlandeses, suecos, daneses, holandeses, noruegos o ingleses. Nosotros los refugiados que veníamos en este barco teníamos el alemán como idioma común; también se hablaba una especie de un dialecto eslavo, una mezcla de idiomas eslavos, que tienen de por sí raíces comunes”.

“El Trompillo era un campamento para albergar a los inmigrantes por un corto tiempo antes que se dispersaran para hacer vida por su cuenta –continúa el relato de Störh.

Era un sitio amplio, sin calles internas, plano, con unas barracas construidas con planchas de hierro galvanizado corrugado. Había una casona grande amarilla, aparte un techo largo abierto para usos múltiples, un patio enorme y un funicular que no estaba operativo. La vida de los recién llegados se desarrolló debajo de árboles enormes que daban sombra a prácticamente toda la instalación. Las barracas no tenían sillas ni mesas, así que las fabricábamos nosotros mismos en forma rudimentaria. Cabían hasta ocho personas en cada barraca, de resto se guardaban las pertenencias en los baúles, maletas y cajas del viaje”.

El mismo Carlos Störh, en una nota publicada el 9 de mayo de 1997 en El Universal, especifica que los inmigrantes se dispersaron luego. Recibieron 33 bolívares, el equivalente a 10 dólares en la época, para iniciar su aventura en una patria que no conocían. “Nos iniciamos bien, trabajando mucho, con espíritu de servicio, convirtiéndonos en participantes activos del proceso de modernización, industrialización y progreso del país, iniciado en los años 50”.

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