El rastro ruso del Sáhara

Los saharauis Ghali Zuber y Mohamed Salek cuentan su estancia en Rusia en 1990 y las razones por las que vivieron allí durante más de una década. Fuente: Valeria Saccone

Los saharauis Ghali Zuber y Mohamed Salek cuentan su estancia en Rusia en 1990 y las razones por las que vivieron allí durante más de una década. Fuente: Valeria Saccone

¿Qué une a los saharahuis con Rusia y la antigua URSS? Varios personajes de uno y otro continente nos lo relatan en exclusiva.

Hace un sol de justicia y una temperatura de 35 grados, algo inusual en noviembre, incluso en el desierto del Sáhara. Estamos en el campamento de refugiados de Bujador, al sur de Argelia. Aquí 200.000 saharauis resisten desde hace 38 años. Desde que Marruecos invadió el Sáhara Occidental, la excolonia española, los territorios liberados por el Frente Polisario todavía permanecen bajo la supervisión del Comité de Descolonización de la ONU. 

Viven en jaimas, las tiendas de los nómadas, y en casas de adobe, gracias a la ayuda del Gobierno argelino, que les cedió un trozo de desierto cerca de Tinduf. Siguen a la espera de que la ONU decida qué hacer con la última colonia de África. 

 Ekaterina Yermakova, Fuente: Valeria Saccone

“Viví seis años en Siberia, en Irkutsk”, relata Ghali Zuber, de 42 años, uno de los 50 saharauis que estudió en la antigua URSS, después Rusia. A diferencia de sus compatriotas, no habla español, por eso recurre al ruso en la entrevista; ya que pasó 15 años entre Irkutsk, Kazán y Moscú. 

Su llegada a Siberia fue propiciada por la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina, creada en 1966 para promover la paz, los derechos humanos, y fomentar programas de cooperación al desarrollo. La URSS ofrecía becas a los saharauis. 

El primer año Ghali Zuber estudió ruso. “Un idioma muy difícil para nosotros. No obstante, la vida resultó fácil porque los rusos son muy amables, tienen un alma muy abierta. Nos acogieron como hijos”, afirma. Años más tarde, en junio de 1991, tuvo que regresar al Sáhara. “La ONU prometió un referéndum sobre la autodeterminación del pueblo saharaui y todos los que estábamos estudiando fuera – en la URSS, en Cuba y en Argelia– volvimos para tomar parte en ese proceso. Pero han pasado 22 años y el referéndum todavía no se ha celebrado”, señala con tristeza. 

En 1992, el saharaui volvió a Siberia, acabó la facultad con notas excelentes y consiguió una beca para hacer un doctorado sobre las perspectivas del petróleo en el Sáhara. Por ello en 1998 dejó la fría estepa y se trasladó a Moscú. 

Ghali Zuber. Fuente: Valeria Saccone

Hoy este ingeniero africano vive en el Sáhara Occidental, donde trabaja para el Ministerio de Hidrogeología saharaui y guarda mucho cariño a Rusia. “Lo que más me gustó es la gente. Es un pueblo amable y culto. La naturaleza es muy bonita, y al invierno te terminas acostumbrando”. 

En Irkutsk también vivió un amigo de su infancia: Mohamed Salek. Él pasó 20 años en Rusia. Estudió periodismo en Siberia y acabó sus estudios en la capital doctorándose por la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos. “Yo ya me considero siberiano y la prefiero sobre otras regiones. En Moscú paso calor”, bromea. “Los siberianos son auténticos, su cultura todavía es muy pura. No hay falsificación. Allí me siento en casa. Moscú es un producto de la civilización”, reflexiona. 

Mohamed Salek se casó con una siberiana y tuvo un hijo, Murat, de 10 años. “No habla árabe, pero le he dicho que cuando venga al desierto haré de él un verdadero saharaui”, señala. Desde hace dos años, trabaja en Jordania en un instituto internacional de análisis político. Está deseando volver a Rusia para ver a su pequeño.

 

Mohamed Salek. Fuente: Valeria Saccone

En el Sáhara también encontramos a Ekaterina Yermakova, una periodista de 26 años que dejó la elegancia de San Petersburgo por la simplicidad del desierto. “En la facultad conocí al delegado saharaui del Frente Polisario y me contó lo que pasaba con este país. Yo nunca había oído hablar de ello. Me dijo que era la última colonia de África, que había un campamento de refugiados desde hace cuatro décadas y que necesitaban apoyo. Me picó la curiosidad”, relata. Cuando en 2011 una delegación de periodistas rusos partió rumbo al Sáhara, ella no se lo pensó. “Sólo fueron dos semanas, pero fue muy interesante. No hablaba español, pero supe que quería regresar”, recuerda. 

A la vuelta, propuso al gobierno polisario hacer una versión rusa de la agencia de prensa saharaui y en junio de 2012 empezó a trabajar desde Rusia por Internet. Lo hacía como voluntaria, sin cobrar. Mientras, aprendió español. “En otoño de 2012 volví para conocer a los compañeros de la agencia y me quedé dando clases de inglés en el Ministerio de Exterior saharaui”, señala. Pero a los dos meses, todos los cooperantes fueron evacuados por la guerra de Mali. Había peligro de atentados. 

Así, la periodista se vio obligada a volver a Rusia, pero su corazón seguía en el desierto. Tenaz con su causa, un día tuvo la idea de lanzar una web en ruso  (www.sadr-russia.ru)con toda la información sobre el conflicto saharaui. “Me ocupo de todo: textos, fotos, vídeos… Este año he viajado dos veces al Sáhara para recopilar información”, comenta. Gracias a uno de esos saltos, desde octubre vive en Rabouni, en la sede del Gobierno saharaui, rodeada por las fuertes medidas de seguridad tras el secuestro en 2011 de tres cooperantes. No tiene prisa por volver a Rusia. “Tengo visado hasta enero… Luego ya veremos”, nos comenta.

“Nos acogieron como hijos”, recuerda Ghali Zuber de su llegada a Siberia

Ekaterina Yermakova dejó la elegancia de San Petersburgo por la simplicidad del desierto.