Obama y al Asad encuentran un enemigo común en el islam político

¿Cómo reconciliar la negativa de los Estados Unidos de establecer un diálogo con los partidarios del islam político en Egipto con el apoyo del mismo grupo en Siria?

Mohamed Morsi, líder de los Hermanos Musulmanes egipcios, ya no es presidente de Egipto, según anunció el miércoles pasado, 10 de julio, el Departamento de Estado de los Estados Unidos, poniendo punto final al diálogo con el islam político.

 A su vez, el presidente sirio Bachar al Asad fue uno de los primeros en saludar el derrocamiento de su homólogo egipcio. Por lo visto, Washington y Damasco, cuyas posiciones suelen estar en las antípodas una de otra en el ámbito político, han encontrado un punto común. ¿Cómo se explica esta circunstancia?

El cambio de monarca en Catar, las manifestaciones antigubernamentales en Turquía y, por último, el golpe militar en Egipto son eslabones de una misma cadena. La población de Oriente Próximo empezó a oponer resistencia activa a la ofensiva del islam político, que está representado por los Hermanos Musulmanes.

A principios de junio el emir de Catar Hamad bin Jalifa al Thani abdicó y entregó el poder del país a su hijo. Más preocupado por su salud que por los asuntos políticos, el monarca se vio forzado a retirarse, si bien siempre había reinado pero no dirigido el país.

Al timón estaba el primer ministro, el Jeque Hamad bin Jassem bin Jabr Al Thani, también al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores. Gracias a sus esfuerzos, Catar se convirtió en uno de los principales actores de la región, tras haber participado activamente en la lucha contra el líder libio, el difunto coronel Gadafi, prestando apoyo financiero a los Hermanos Musulmanes en Egipto, así como suministrando armas a las tropas de combate en Siria, considera Viacheslav Matuzov, presidente de la Sociedad rusa de amistad y cooperación con los países árabes.

El nuevo emir de Catar, el jeque Tamim bin Hamad al Thani, ya ha nombrado como nuevo primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores a Khalid bin Mohammad al Attiyah, miembro de la familia de su madre. Estos cambios en el gobierno, según Matuzov, auguran un mayor equilibrio en la región de Catar, también en Egipto y Siria.   

La situación en Turquía

La situación en Turquía es algo diferente, aunque los resultados han sido parecidos. Allí, el primer ministro del país, Recep Tayyip Erdogan, se ha enfrentado a protestas multitudinarias por el alejamiento del desarrollo laico del país, impulsado tiempo atrás por Mustafa Atatürk. Las protestas, que comenzaron a raíz del anuncio de la tala de unos árboles centenarios de la plaza Taksim con un gesto de protección por parte de la población civil, pero que acabaron con la exigencia de la dimisión de Erdogan, fueron sofocadas en medio de las críticas de Washington debido a las medidas extremas adoptadas por la policía.

“Las manifestaciones fueron dirigidas contra el régimen de Erdogan. Además, el 60 % de los turcos no apoyan la línea antisiria del gobierno y, esto, sumado al malestar interno, influye negativamente sobre la estabilidad política de Erdogan”, señala Stanislav Tarasov, experto del Instituto Internacional de Estados Contemporáneos. La gran pregunta es la siguiente: ¿Cómo se verá, después de esto, el apoyo de Ankara a los Hermanos Musulmanes en Siria? 

Egipto y los Hermanos Musulmanes

En Egipto, el islam político, con los Hermanos Musulmanes al frente, está sufriendo una derrota demoledora. La organización, creada a finales de la década de 1920 por los servicios de inteligencia británicos para combatir la influencia comunista en las áreas conflictivas en Oriente Próximo, gozaba de un apoyo considerable fuera de la capital.

Hace un año y medio los Hermanos Musulmanes supieron aprovecharse de la desestabilización del régimen de Mubarak, causada por la revuelta de la población civil, que se movilizó para ganar las elecciones presidenciales, aunque por un discreto margen.

Con todo, Morsi y sus partidarios, que no tenían experiencia en dirigir un país, introdujeron activamente el islam en el ámbito político y les bastó un año para volver a sus aliados en su contra.

Por lo visto, no les costó mucho trabajo hacer que inundaran la plaza Tahrir en signo de protesta. Después, el ejército restableció el status quo que había gobernado en el último año y medio, relegando una vez más al aislamiento a los Hermanos Musulmanes y anulando la Constitución aprobada por ellos.

Los primeros en apoyar la revuelta fueron Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, aceptando que la Constitución y el Corán deben situarse en niveles diferentes.

De hecho, ya en primavera, el rey Abdalá de Arabia Saudita, declaró en una entrevista que los Hermanos Musulmanes de Morsi eran “lobos con piel de cordero”. Hace unos días, estos estados, tras haber asegurado su posición común, proporcionaron ayuda de emergencia a Egipto por valor de 10.000 millones de dólares.  

La respuesta de EE UU

Washington rehúye hacer cualquier valoración unívoca de los acontecimientos en Egipto. No obstante, el presidente de los Estados Unidos Barack Obama ha reabierto el debate sobre la prestación de ayuda a Egipto, por valor de 1.500 millones de dólares.

La portavoz del Departamento de Estado de EE UU, Jen Psaki, arrojó algo de luz sobre la posición de Estados Unidos cuando, a la pregunta de los periodistas de si Washington consideraba a Mohamed Morsi como legítimo presidente de Egipto, respondió negativamente. “Morsi ya no ostenta el cargo de dirigente”.

Según Psaki, el Departamento de Estado de los Estados Unidos no considera lo ocurrido en Egipto como una revolución. “Lo que quiero decir es que teníamos a esos 22 millones de personas que han salido a las calles a expresar su punto de vista y a dejar claro que la democracia no es sólo un asunto de ganar los votos en las urnas”, declaró Psaki.

Se trata de una sentencia que incluso el presidente de Siria está dispuesto a suscribir. “Lo que está sucediendo en Egipto es la caída de lo que se conoce como el islam político. En cualquier parte del mundo, el que utiliza la religión con fines políticos o para beneficiar a unos y a otros, caerá”, dijo Bachar el Asad.

Y entonces surge la pregunta sobre la actitud de los Estados Unidos hacia Asad, que desde hace más de dos años combate no sólo con la oposición y los fundamentalistas islámicos, en forma de salafistas armados, grupos de Al-Qaeda y los Hermanos Musulmanes. ¿Cómo reconciliar la negativa de los Estados Unidos de establecer un diálogo con los partidarios del islam político en Egipto con el apoyo del mismo grupo en Siria?

La respuesta hay que buscarla en la decisión del Congreso de los Estados Unidos de bloquear la ayuda militar a los insurrectos sirios.

O, tal vez, en las propuestas de la oposición nacional para que se produzca un alto el fuego durante el Ramadán. O en la decisión, esperada desde hace tiempo, por parte de la ONU de aceptar el ofrecimiento del gobierno sirio de entablar negociaciones en relación con las acusaciones por ambas partes del conflicto del uso de armas químicas.

En este contexto podemos evaluar las perspectivas de una conferencia Internacional sobre Siria, que proponen tanto Estados Unidos como Rusia. La negativa de los Estados Unidos a establecer un diálogo con el islam político podría despejar el camino para que se produjera un progreso.

No obstante, hay una piedra en el camino para alcanzar un consenso entre las partes. Washington ha ido demasiado lejos en las exigencias de la salida de Asad.

En una entrevista reciente concedida a la revista The National Interest, el exconsejero de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, hizo una pregunta aparentemente retórica: “¿Por qué todos nosotros decidimos de repente que había que promover la desestabilización de Siria y el derrocamiento de su gobierno? ¿Se le ha explicado en algún momento al pueblo americano?”. Ésta es la pregunta clave: ¿Por qué?