Albov, el botánico ruso que exploró Tierra de Fuego

Hacia 1890 el Museo de Ciencias de La Plata dejó a un lado el coleccionismo para añadir un nuevo cometido a su labor de difusión de la ciencia: la exploración de las tierras argentinas. Junto con otros científicos, el botánico ruso Nicolás Albov fue llamado a la Argentina para investigar la flora del país. Fue el primer explorador que desentrañó el misterio botánico de Tierra del Fuego.

 

Fuente: Archivo

Aunque sus estudios universitarios fueron de Ciencias Fisicomatemáticas, Albov dedicó su vida a la investigación de la flora, una actividad a la que empezó a aficionarse desde pequeño. 

Nicolás Albov nació en Pavlovo (Rusia) en 1866 y era hijo de un capellán militar, lo que le obligó en su infancia a vivir en distintos lugares del país. Así empezó su afición por recorrer los bosques buscando piedras y plantas que por la noche ordenaba y clasificaba en cajas consultando las páginas de la World Traveler. 

En su época universitaria en Moscú desarrolló tuberculosis, una enfermedad de la que se recobró pero que le siguió acompañando el resto de su vida. Para poder recuperarse se trasladó a la Universidad de Novorossisk en Odessa, cerca del Mar Negro. Allí comenzó sus primeras exploraciones en la Transcaucasia y la costa de Abjazia. 

Después se desplazó a Ginebra. De esa época ya quedó constancia en sus escritos su fascinación por los viajes. Además de las publicaciones de tipo científico, presentó dos estudios sobre la etnografía de Abjazia y sobre sus experiencias en el Cáucaso, donde detallaba con maestría los nuevos paisajes que descubría y sus vivencias con las gentes del lugar. 

“Nos sorprendió su excepcional calidad como viajero-botánico”, cuenta Eugène Autran, científico y amigo personal de Albov con quien mantuvo una larga correspondencia. “Esa vida simple al aire libre, las noches pasadas a la intemperie, las largas excursiones en condiciones poco favorables tenían para él un atractivo extraordinario. Las descripciones líricas de la naturaleza y del pueblo abjasio, de la vida que llevaba en medio de sus pobladores, mostraban hasta qué punto amaba ese país”.

Viaje a la Argentina 

En 1895 Albov recibió una propuesta del cónsul de Argentina en París para viajar al país sudamericano. El llamado tenía que ver con la nueva política en torno al Museo de La Plata dirigido por Francisco Pascasio Moreno -el que más tarde dio nombre al famoso glaciar Perito Moreno-. 

El botánico llegó a recolectar 2.734 ejemplares de unos 350 tipos de plantas, muchas de ellas desconocidas hasta entonces, que fueron llevadas al Museo de La Plata. 

Moreno aspiraba a “hacer conocer todo el territorio argentino en sus múltiples fases”. Desde 1893 el gobierno argentino prestó además su cooperación para que los trabajos del Museo se realizaran con mayor facilidad. 

El cónsul le proporcionó a Albov un folleto sobre Argentina y toda la información necesaria de la capital. El 24 de octubre desembarcó en Buenos Aires, ciudad de la que destacaba su desarrollada red de transporte y las enormes y elegantes vitrinas de las tiendas en las calles Cuyo y Reconquista. 

Albov llegó a La Plata con el cargo de Director del Departamento de Botánica del Museo, que describió como una institución de tal altura que ni siquiera había visto alguna parecida en Europa. Su cometido era viajar durante el verano para recolectar las plantas, y clasificarlas y estudiarlas durante el invierno. 

El primer viaje que realizó Albov fue a Sierra de la Ventana y Tandil, a 600 km de Buenos Aires, desde donde contaba: “Mis finos zapatos europeos eran completamente inútiles, tuve que comprar calzado local: alpargatas de lona ligera con suela gruesa de cuerda trenzada”. 

Exploración de Tierra del Fuego 

Pero el viaje más importante de Albov en Argentina fue para explorar Tierra del Fuego. El 30 de enero de 1896 la expedición con la que viajaba en un pequeño barco llegó a Punta Arenas y el 3 de febrero desembarcaron en Ushuaia donde comenzarían a trabajar. Durante la navegación por el estrecho de Magallanes, Albov estuvo todo el tiempo en la cubierta y apuntaba detalladamente todo lo que veía en la costa. 

Al botánico le sorprendió el contraste entre la sobriedad de las tierras de la Patagonia y el esplendor salvaje que le esperaba en su destino. 

“Al pasar por las costas de la Patagonia veréis solamente un desierto triste…el gris y el amarillo son los colores que dominan aquel paisaje”, relata Albov, “pero al doblar Punta Arenas, al entrar en el canal de Magdalena, cambia todo de repente. La noche anterior el viajero se ha dormido bajo impresiones melancólicas; la mañana siguiente le sorprende con paisajes encantados, con las maravillas del reino de las fábulas”. 

Albov se admiraba viendo a los pingüinos y los lobos de mar zambullirse en el mar, pero su mayor deslumbramiento fue en el canal de Darwin Sound: “Una poderosa muralla de hielo, suspendida sobre las aguas del mar, produce una impresión indeleble por su contraste con la lozana verdura de los bosques que la rodean”. 

El botánico realizaba excursiones de varios días pasando la noche en el bosque. Incluso una vez llegó a perderse. Albov había llegado hasta la frontera con Chile investigando el valle del río Oliva y escaló las montañas de Ushuaia, de unos mil metros de altura. Tenía previsto llegar hasta Lapataia en el mismo día, por lo que sólo llevaba unas galletas, un trozo de carne seca, dos barras de chocolate y un poco de whisky. 

Pero mientras cruzaba el denso bosque Albov se desorientó. Como él mismo describe en esas tierras no existen caminos “pues los indios fueguinos se comunican recorriendo los canales en sus ligeras canoas”. 

Aquella noche Albov acampó en un claro del bosque y, cuando amaneció, siguió el trayecto del río, pero el camino le llevó hasta un bosque pantanoso cubierto de matorrales impenetrables. 

“En las ensenadas uno se siente casi perdido, lejos, muy lejos, aislado del resto del mundo, pues falta el ser que anima toda la naturaleza: el hombre. La canoa del indio se hace cada año más raro debido a la rápida desaparición del poblador primitivo”. 

Albov subió hasta una loma con la esperanza de ver el lago, pero sólo encontró en el horizonte una extensión de colinas boscosas. Estaba vagando al azar. Por fin llegó a una zona de descenso donde pudo divisar la bahía a lo lejos. "Estaré a salvo una vez que esté en la playa” se decía, consciente de que al menos no moriría de hambre, ya que podría subsistir comiendo moluscos. 

A la mañana siguiente, con el último pico de la montaña se encontró con el valle del río. Descendió la cordillera y unas horas más tarde llegó a Ushuaia donde le esperaban sus compañeros inquietos por su desaparición. Albov fue uno de los pocos investigadores que había llegado hasta esas cumbres. 

De su experiencia en las montañas fueguinas escribió: “¿Cómo puede explicarse bajo latitudes tan altas tal profusión de plantas siempre verdes que prefieren generalmente el calor y que en todo caso son muy sensibles a los cambios de la temperatura? Se debe a la humedad del clima de aquella región. Caen hasta 2.000 mm anuales de lluvia paulatinamente en todo el año”. 

A fines de abril la expedición regresó a Buenos Aires y Albov se volcó en la preparación de un informe de sus investigaciones. 

Todavía realizaría dos viajes más a Paraguay y a la parte meridional de la cordillera andina antes de dedicarse por completo a trabajar sobre su investigación en el sur. Su estudio “Apuntes sobre la flora del Tierra del Fuego” fue publicada en 1897 y traducida al francés por el Museo de La Plata. En una charla que dio allí mismo dijo: “Tierra del Fuego dista de ser del todo investigada ya que en ella continúa existiendo un campo vasto de investigación para los botánicos”. 

Sin embargo Albov no volvería allá. Al poco tiempo reincidió la tuberculosis y el 6 de diciembre de 1897 moría en La Plata. 

Tras su muerte sus escritos sobre Tierra del Fuego fueron publicados en Rusia descubriendo una naturaleza desconocida para los rusos. 

Allá siguieron los reconocimientos a Nicolás Albov con la edición de un sello conmemorativo y la creación una sección especial en el museo de su localidad natal. 

También hay una planta con su nombre, la albovia, una hierba de sotobosque utilizada en farmacología. Homenajes para un científico notable que en la Argentina casi ha quedado en el olvido. 

Museo de La Plata 

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