¿Qué se puede esperar de Irán tras las elecciones presidenciales?

El 21 de abril dará inicio en Irán la campaña presidencial. Al margen de cómo se desarrollen los acontecimientos en Oriente Próximo, de algo se puede estar seguro: Irán seguirá estando en el centro de los mismos.

 

Dibujado por Alena Répkina

Mahmud Ahmadineyad, famoso por su marcado sesgo antiamericano y antiisraelí, deja el cargo, tras haber agotado los dos mandatos que permite la Constitución.

Por lo demás, todos los analistas coinciden en que no cabe esperar un cambio de rumbo en la política de Teherán, incluso en las cuestiones del programa nuclear y de las relaciones con el régimen sirio de Bachar al Asad, ambas de especial interés para la comunidad internacional, ni siquiera en el caso de que el nuevo presidente electo sea el candidato más moderado.

Por tanto, la “cuestión iraní” seguirá estando sobre el tapete; esto incluye que Israel, Estados Unidos y las monarquías del Golfo Pérsico decidan qué decisión tomar con respecto a su estatus de país nuclear: aceptarlo como realidad de facto o evitarlo a toda costa. 

La antorcha de la democracia islámica

Por irónico que parezca, antes de los acontecimientos de la primavera árabe, Irán representaba quizá el estado más democrático y avanzado de Oriente Próximo (sin incluir Turquía, Israel y el Irak bajo ocupación).

En comparación con los estados árabes, Irán se ha destacado claramente por su pluralidad política. Allí se han celebrado elecciones muy disputadas y completamente libres, cuyo resultado a menudo ha sido del todo inesperado.

Irán, en muchos sentidos, fue pionera en los cambios que se iniciaron masivamente en la región a principios de esta década. No en vano, Teherán saludó los acontecimientos en Túnez, Egipto y Libia, ya que todos los regímenes dictatoriales eran, si no abiertamente prooccidentales sí al menos de claro corte antiislámico.

El entusiasmo de Irán por las revueltas se agotó en Siria. Aunque el régimen sirio, por su espíritu laico y su alineación con la Unión Soviética, estaba muy lejos de los puntos de vista de la República Islámica de Irán con respecto a cuál era el sistema político correcto, la común oposición a la dominación suní había resultado más fuerte que las diferencias ideológicas.

Del lado de la historia

Tanto el Irán de hace 35 años, como la “primavera árabe” de hoy -en circunstancias históricas completamente diferentes- demuestran un mismo proceso: el despertar de los pueblos islámicos de Oriente conduce a cambios geopolíticos fundamentales, ante los cuales las potencias principales no saben cómo reaccionar.

A finales de la década de 1970, cuando en Irán comenzó a crecer la tensión interna, el presidente de Estados Unidos era el demócrata Jimmy Carter, al que le gustaba discutir largo y tendido sobre los derechos humanos. Atendiendo a sus presiones, el sha de Irán se mostró más indulgente, lo cual no hizo sino alentar a los manifestantes.

Poco después, Carter tuvo que dar no solo refugio al monarca sino también pagar un enorme precio político. La toma de la embajada de Estados Unidos con la exigencia de la vuelta del sha, la deshonra por la publicación de la correspondencia diplomática, el catastrófico fracaso del intento de liberación por parte del ejército y las negociaciones humillantes con Teherán le costaron a Carter no revalidar un segundo mandato.

En 2011, Barack Obama, de nuevo otro presidente del partido demócrata, se encontró en una situación semejante: el fiel aliado de Estados Unidos, Hosni Mubarak, se enfrentó a protestas masivas. Esta vez Washington se negó a apoyar a su viejo socio y se posicionó del lado del pueblo.

En parte, esto se puede entender como una lección aprendida a raíz de la experiencia de la revolución iraní: los norteamericanos tienen miedo a encontrarse “en el lado equivocado de la historia”.

El peso del pasado

El callejón sin salida del rumbo iraní y la incapacidad de encontrar un modo de interacción están ligados en gran medida con los hechos de 1979-1980. En Estados Unidos no han cicatrizado las heridas abiertas por la ofensa de entonces, que consideran no vengada, y por eso la severidad es tenida por la única postura posible.

Algunos creen que se perdió la posibilidad de un giro radical a finales de la década de 1990 y principios de la del 2000, cuando el presidente iraní era el relativamente liberal Mohammad Jatamí.

En vísperas de estas nuevas elecciones, nadie se hace ilusiones: cualquier presidente de Irán rechazará la presión exterior. La partida de Ahmadineyad sólo permite albergar esperanzas de que mengüen las declaraciones provocadoras y políticamente incorrectas.

Aunque, claro está, la peculiar democracia iraní es capaz de hacer emerger a la superficie a un personaje no menos pintoresco. Más aun teniendo en cuenta que crece el descontento popular por el estado de la economía, que se resiente mucho por efecto de las sanciones occidentales.

En el centro de los acontecimientos

Al margen de cómo se desarrollen los acontecimientos en Oriente Próximo, de algo se puede estar seguro: Irán seguirá estando en el centro de los mismos.

¿De qué manera? Como polo de atracción religiosa de los chiíes, insatisfechos con su situación en la mayoría de países. Como gran potencia con ambiciones de alcance por lo menos regional. Como un modelo político definido. Y, por último, como estado capaz, en caso de adquirir estatus nuclear, no solo de cambiar el equilibrio del poder, sino también de suprimir el Tratado de No Proliferación Nuclear, que ahora lucha por su supervivencia.

El próximo presidente de Irán tiene reservado un lugar en la historia: si él mismo no toma medidas que resulten decisivas, pasará algo, probablemente, en contra de su voluntad.

Fiódor Lukiánov es presidente de la mesa del Consejo de Política Exterior y de Defensa de Rusia.

Texto abreviado. Publicado originalmente en ruso en Ogoniok.