Se cumplen 20 años del trágico accidente del submarino Kursk

Un niño junto a los retratos de las víctimas del submarino Kursk, en sus barracas, durante la ceremonia conmemorativa en el puerto Ártico de Vidiádevo.

Un niño junto a los retratos de las víctimas del submarino Kursk, en sus barracas, durante la ceremonia conmemorativa en el puerto Ártico de Vidiádevo.

Reuters
Familias y expertos hablan de la tragedia del submarino nuclear, que provocó la muerte de los 118 miembros de la tripulación.

Hace 20 años, el Kursk, que en ese momento era el submarino nuclear más moderno de la Flota del Norte, se hundió en el mar de Barents durante unos ejercicios militares. Dos explosiones, con un intervalo de dos minutos entre cada una, enviaron al vehículo y a los 118 tripulantes al fondo del mar.

95 personas murieron en el acto y los otros 23 marineros que sobrevivieron a las explosiones lograron refugiarse en el compartimento de popa y sobrevivir durante otras ocho horas. La noticia, sin embargo, salió a la luz la mañana del 14 de agosto.

“Un accidente ha tenido lugar en el mar de Barents. Un submarino se ha hundido”, informaron las agencias de noticias. Ese mismo día, el mando de la Flota del Norte dijo que se había restablecido la comunicación con la tripulación y que, según los datos preliminares, había habido un problema.

En los días siguientes, varias unidades de rescate intentaron en vano acercarse al Kursk, pero las fuertes corrientes, la baja visibilidad y la ubicación del submarino impidieron el éxito de las operaciones.

Solo una semana después, y con la ayuda de expertos extranjeros, fue posible abrir la escotilla.

En 2002, el proceso penal contra el accidente del Kursk y los 118 marineros muertos se cerró por falta de pruebas. La investigación concluyó que la causa del siniestro fue la explosión de un torpedo de peróxido y la subsiguiente detonación de la munición debido al fuego.

Años más tarde los familiares de los muertos repiten casi a coro: “Ha pasado poco tiempo y todavía no sabemos lo que realmente pasó, pero lo importante es saber que no sufrieron ni fueron culpables de nada”.

“Si quieres saber a quién se parecía, mira aquí: es su copia perfecta”, dice Lídia, madre del teniente primero Andréi Panarin, al señalar a su hija Olga.

La familia de Andréi temía que después de su servicio militar fuera enviado inmediatamente a Chechenia, Osetia o Abjasia. Las probabilidades eran altas, después de todo, eran tiempos difíciles. Pero a Andréi lo destinaron a la Flota del Norte en Vidiaevo, de donde salió el Kursk por última vez.

La familia Panarin se enteró de la tragedia por las noticias, cuando nadie pronunciaba la palabra “tragedia” todavía. Ni siquiera sabían que Andréi estaba a bordo del submarino.

“Estábamos seguras de que estaba en el Voronezh, un submarino similar al Kursk, solo que más viejo”, dice Lídia. “Pero decidimos llamar y nos dijeron que no estaba allí. Cuando descubrimos más tarde lo que pasaba, dejamos todo y nos fuimos a Vidiaevo."

“Fuimos con la esperanza de que todos estuvieran vivos. Solo queríamos abrazarlo, apoyarlo”, continúa. “Era una persona alegre por naturaleza, siempre salía indemne de las situaciones más extrañas. Hasta el último momento creímos que nada de eso era cierto y que seguramente saldría”.

El 25 de octubre de 2000, los buzos sacaron a la superficie los 12 cuerpos que estaban en el noveno compartimento, el de la popa del submarino. Andréi estaba en el cuarto compartimiento.

Su cuerpo y los otros marineros fueron rescatados un año después. Los restos de tres marineros nunca fueron encontrados.

28 días, 110 kg

Andrei Zviaguintsev, comandante del escuadrón de rescate expedicionario 328 de la Armada Rusa, fue el primero en el otoño de 2000 en entrar en el submarino a una profundidad de 110 metros y sacó de allí los 12 cuerpos que estaban en el compartimento de popa. También fue el que, como miembro de la brigada internacional, subió el Kursk al dique seco.

“El Kursk fue encontrado en poco tiempo. Desafortunadamente lo encontramos cuando toda la tripulación ya había muerto. Pero eso no tiene nada que ver con la búsqueda lenta”, afirmó Zviáguintsev.

Según él, aunque la Marina tenía los mejores buzos, no tenía los recursos técnicos para hacerlos bucear a esa profundidad. Por eso la operación de apertura de la escotilla se realizó con la ayuda de barcos y expertos noruegos. Poco después, buzos de Rusia, Escocia, Irlanda y EE UU se unieron al grupo.

“Todos bajamos juntos en una cámara de presión a una profundidad de 110 metros y vivimos allí durante 28 días sin volver a la superficie. Estas son condiciones extremadamente difíciles. ¿Qué significa estar a una profundidad de 110 metros? Significa que estás en un lugar donde cada centímetro de tu cuerpo siente la presión de 110 kilos”, dice.

Lo que Zviáguintsev vio en Kursk a una profundidad de 110 metros coincide con los resultados del estudio. “Para mí, esta versión, la de la explosión del torpedo, es la más completa, porque vi cómo era el interior del submarino, lo filmé todo. En cuanto a las demás versiones, puedes hablar todo lo que quieras, incluso la teoría de la colisión submarina”, dice.

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