Cómo la ‘enfermedad real’ arruinó la vida del último zarévich ruso

Dominio público
La corta vida del zarévich Alexéi estuvo teñida de dolor y sufrimiento: sufrió de una enfermedad congénita toda su vida, y fue fusilado por los bolcheviques a la edad de 13 años.

Cuando Alejandra Fiódorovna, esposa de Nicolás II y emperatriz de Rusia, dio a luz a un hijo (el 30 de julio de 1904), este fue recibido con mucha alegría y celebraciones. Tras el nacimiento de cuatro niñas, entre 1895 y 1901, Nicolás y Alejandra tenían un hijo, Alexéi, que se convertía en heredero del trono.

“¡No hay palabras suficientes para darle gracias al Señor por el alivio que nos ha enviado en estos tiempos difíciles!” escribió Nicolás II alegremente en su diario. Poco sabía él que el niño tendría una vida muy difícil y que acabaría teniendo un sombrío destino.

Alexéi en 1904.

Enfermedad

“Era demasiado pronto para celebrar y dar gracias a Dios”, escribió el historiador y médico Borís Najapétov en su libro, Secretos médicos de la casa Romanov. “Pronto, los médicos descubrieron que el niño sufría de la horrible enfermedad que portaban las mujeres de la familia de la emperatriz, la hemofilia”.

Esta enfermedad congénita se caracteriza por producir una coagulación lenta de la sangre, por lo que el más pequeño hematoma suele convertirse en una hemorragia interna prolongada. Las mujeres transmiten el gen de la hemofilia, pero los hombres desarrollan la enfermedad. Alejandra heredó el gen de su abuela, la reina Victoria de Gran Bretaña.

Los síntomas en Alexéi aparecieron por primera vez a los pocos meses de edad, afectándole anímicamente durante toda su vida. Anna Vírubova, la dama de honor de la Emperatriz, recordó los momentos en que la enfermedad empeoró: “Fue una tortura interminable para el niño y para cada uno de nosotros… gritaba de dolor todo el tiempo, y teníamos que taparnos los oídos mientras lo cuidábamos”.

Los momentos más insoportables para el niño fueron cuando la sangre se filtró en sus articulaciones. “La sangre destruyó huesos y tendones; no podía doblar o extender sus brazos o piernas”, dijo Najapétov.

La única manera de remediar la situación era a través del masaje y el ejercicio, pero esto también acarreaba el peligro de causar más lesiones y hemorragias. Así que, de vez en cuando, Alexéi no podía caminar en absoluto, y los sirvientes tenían que transportarlo a los eventos oficiales.

Un ayudante ‘santo’

En todo el imperio, una de las pocas personas que podía aliviar el sufrimiento de Alexéi era Grigori Rasputin. ¿Un médico famoso? No, un místico siberiano y autoproclamado santo que apareció por la corte. Cuando en 1905 Rasputin conoció a Nicolás y Alejandra, les convenció de que podía ayudarles, y lo hizo.

Grigori Rasputin.

“Existen muchas afirmaciones sobre que Rasputin logró varias veces que el heredero se sintiera mejor”, admite Najapétov. “Pero no tenemos datos sólidos y documentados”. Najapétov cree que Rasputin utilizó la hipnosis para calmar a Alexéi, lo que mejoró su estado. Una cosa está clara: Alejandra y Nicolás II creían en Rasputín, por lo que este adquirió una influencia política increíble.

“El zarévich vivirá mientras yo viva”, alardeó Rasputin. Y no estuvo muy lejos de la realidad: el 30 de diciembre de 1916, Rasputín fue asesinado por un grupo de aristócratas preocupados por su enorme influencia en la corte imperial. Luego, 18 meses después, en julio de 1918, Alexéi fue ejecutado junto al resto de su familia.

El principito de Rusia

Cuando Alexéi no estaba enfermo, llevaba la vida normal de un heredero real: estudiaba, participaba en eventos oficiales y a veces jugaba. Y el chico podía ser travieso. Gueorgui Shavelski, un sacerdote cercano a la corte, recordó: “Mientras estaba en la mesa, el chico a menudo tiraba bolas de pan a los generales... sólo una mirada severa del emperador podía hacerle parar”.

Nicolás II y Alexéi en un desfile militar en 2016.

Al mismo tiempo, la gente que lo conoció recordaría al zarévich como una persona amable. “Era rápido en establecer vínculos con la gente, tomaba aprecio a algunas personas e intentaba hacer todo lo que podía por ellas”, escribió Anatoli Mordvínov, ayudante de Nicolás II.

Por otra parte, también se señaló que Alexéi podía ser testarudo, y Nicolás II solía decir a sus sirvientes y consejeros con orgullo: “Él te lo hará pasar mucho peor que yo”.

Alexéi con sus hermanas en 1917.

Alexéi tenía muy buenas relaciones con sus padres y cuatro hermanas, y entre sus amigos más cercanos se encontraba Andréi Derevenko, su sirviente personal y exmarinero. Derevenko acompañó a Alexéi durante los peores momentos de su enfermedad. Por otro lado, el zarévich amaba a los animales, y llevaba a su gato (Kótik) y a su perro (Joy) con él a clase.

Trágico final

El zarévich tenía 13 años cuando su vida se puso patas arriba. Las convulsiones de 1917 destruyeron la monarquía rusa; su padre renunció al trono, haciendo lo mismo en nombre de su hijo. Junto con el resto de su familia, Alexéi fue exiliado a los Urales y mantenido allí bajo arresto domiciliario. La enfermedad y la muerte lo acorralaban.

Nicolás II y Alexéi en Tobolsk en 1917.

“De repente, Alexéi no pudo volver a caminar”, escribió en sus memorias Tatiana Bótkina, una médica que ayudó a los Romanov en Tobolsk (2.300 kilómetros al este de Moscú). “Sufrió mucho de una hemorragia interna…”. Después de desarrollar otro hematoma, Alexéi luchó con su enfermedad y no tuvo tiempo de recuperarse. La noche del 17 de julio, cuando los bolcheviques locales ordenaron a los Romanov que bajaran al sótano, Nicolás llevó en brazos a su hijo. Como sabes, nunca volvieron a ver la luz del día.

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