Cómo unos colonos holandeses emigraron a Siberia y conservaron su estilo de vida (Fotos)

Antón Agárkov
Tres aldeas en el remoto desierto de Siberia han preservado las tradiciones de los colonos holandeses que emigraron allí en busca de tierra de labranza durante tiempos turbulentos en Europa… y han permanecido allí hasta el día de hoy.

Son descendientes de colonos holandeses... y actualmente viven en tres pequeñas aldeas siberianas en la región de Irkutsk. Pero, ¿cómo terminaron unos holandeses en la taiga rusa?

A principios del siglo XX, cuando Rusia aún era un Imperio, un puñado de personas procedentes de la ribera del río Bug inició un largo y difícil viaje al corazón de la taiga siberiana, a miles de kilómetros de su tierra natal.

Sus antepasados vinieron desde Holanda a este lugar, que actualmente se encuentra en la región fronteriza entre Polonia, Bielorrusia y Ucrania, y aunque se asimilaron en cierta medida, sin embargo conservaron algunas características únicas que los diferencian de la población local de Polonia, Bielorrusia o Ucrania.

Años más tarde, sus descendientes también tuvieron que emprender su propio viaje en busca de nuevas tierras en las que cultivar y trabajar. Finalmente, fundaron tres aldeas en el desierto siberiano de la región de Irkutsk, a miles de kilómetros de la casa que recordaban.

Hoy en día, estos tres pueblos únicos en la región de Irkutsk - llamados Pijtinsk, Srednepijtinsk y Dagnik son asentamientos relativamente aislados, donde la gente practica el luteranismo, tienen nombres alemanes, y hablan una mezcla única de polaco, ucraniano, bielorruso y ruso.... y lo llaman “holandés”.

Sin mucho contacto con el resto del mundo, es decir, con los rusos que vivían en las cercanías, la “Hollaеnder”, como se llamaban los descendientes de los colonos holandeses, se convirtieron en una sensación etnográfica local a principios de los años noventa.

Los miembros de la Comisión Central para la Preservación del Patrimonio Histórico y Cultural de Irkutsk visitaron las tres aldeas entre 1993 y 1994 y se sorprendieron por la arquitectura de las casas de los Hollaender, que no era típica de la región. De repente, el mundo descubrió que en medio de la taiga rusa vivía un pueblo sorprendentemente diferente (en cuanto a nombre, idioma, religión y tradiciones) de lo que todo el mundo podía esperar encontrarse en un lugar tan remoto.

Un grupo tan cerrado, sin querer, impuso restricciones sociales a sus miembros. Dado que los forasteros eran tratados con sospecha, algunos habitantes de la zona siguen siendo maltratados por sus parientes lejanos y, según se informa, los habitantes de la zona hablan de casos de incesto dentro de la comunidad.

Hoy en día, las normas sociales se han vuelto mucho más relajadas. Ya no está mal visto que los hombres y mujeres jóvenes se casen con extranjeros que conocen mientras estudian en Irkutsk u otras ciudades rusas cercanas.

En general, los Hollaender viven como mucha otra gente en otras aldeas remotas de Rusia y no rechazan las comodidades de la civilización, como los teléfonos inteligentes y los televisores. Sin embargo, un extraño notaría con toda seguridad algunas rarezas -como las gorras que llevan las mujeres en la comunidad o una antigua biblia escrita en polaco y en letra gótica que te revelará que, en el corazón de la taiga siberiana, en un pequeño trozo de tierra inaccesible, existe una Rusia totalmente diferente.

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