Cuando Sochi se convirtió en Benidorm

La naturaleza se ha convertido en una imitación de sí misma, plagada de elementos artificiales. Fuente:

La naturaleza se ha convertido en una imitación de sí misma, plagada de elementos artificiales. Fuente:

La caída de la URSS supuso mucho cambios para la vida política, económica y social del país. También la relación de los rusos con la naturaleza fue diferente.

Fuente: Valeria Saccone

En 1991 visité por primera vez San Petersburgo, coincidió con el golpe de Estado que acabó de la noche al día con 74 años de socialismo. Regresé al año siguiente, todavía en un periodo de gran turbulencia social, y volví en 1998. Cuando se cumplieron 20 años del fin de la URSS, decidí emprender un largo viaje a través de la Rusia europea a bordo del platzkart (tren de tercera clase), desde Múrmansk, en el Círculo Polar Ártico, hasta Sochi, en el Mar Negro. Fue una travesía emocionante en la que recorrí más de 5.000 kilómetros. Atravesé cinco zonas climáticas diferentes y conocí de cerca la hospitalidad de los rusos: siempre me alojé en casas particulares en los lugares que visitaba; contactaba con ellos través de redes sociales como Couchsurfing.


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El objetivo del viaje era descubrir cómo había cambiado el país más grande del mundo desde los últimos coletazos de la época soviética y, al mismo tiempo, dar voz a aquellas personas que rara vez aparecen en los grandes periódicos, que viven en ciudades alejadas de los centros de poder, como Yelets, en las Tierras Negras; Volgogrado, en el sur de Rusia; o Vladikavkaz, en Osetia del Norte. 

‘Priroda’: un concepto sagrado 

Dos décadas después de aquel golpe que hizo temblar el mundo, la sociedad rusa vivía en un momento dulce, de bonanza económica y estabilidad política. Incluso comenzaba a aparecer el embrión de un movimiento opositor que, por primera vez, criticaba en las calles al Gobierno de Putin y Medvédev, en contraste con la actitud mayoritariamente apolítica de las nuevas generaciones de rusos.

Pero lo que más me llamó la atención fue comprobar cómo había cambiado la relación de los rusos con respecto a la naturaleza. En Rusia, priroda (naturaleza) es un concepto muy íntimo y espiritual. Descansar los fines de semana en la dacha (casa de campo) es una tradición casi sagrada. Recoger setas y frutos del bosque, nadar en los lagos y ríos del interior del país, pescar o cazar son actividades esenciales para una gran mayoría de rusos.

En el contacto con la naturaleza es donde se manifiesta el alma rusa, aquella que muchos escritores han intentado plasmar en miles de páginas de su literatura magistral. Los versos de Mijaíl Lérmontov sobre el Cáucaso son sólo un ejemplo de ello. 

De espaldas 
a la naturaleza 

Sin embargo, a partir de 1992, la irrupción abrupta del consumo de masas ha alterado profundamente esta relación. El pueblo ruso no ha tenido tiempo de acostumbrarse al consumismo desenfrenado. El fenómeno fue distinto en los países occidentales, cuyos hábitos fueron cambiando con lentitud. En Rusia han aparecido nuevas formas de socialización, vertebradas alrededor del consumo, que han sustituido conductas de relación no comerciales, como recitar entre amigos los versos de Pushkin alrededor de una mesa.

Quizás Sochi sea el mejor ejemplo de este fenómeno. La futura sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014 es un hervidero de veraneantes y obras olímpicas. La ciudad parece una feria con su batiburrillo de tiendas, chiringuitos, parques de atracciones, música, ruido… Lo más llamativo es que casi no se ve el mar. El paseo marítimo está atiborrado de puestos callejeros con una barrera de mercancías que impide ver el litoral.

Todo en esta ciudad costera, que por su atmósfera recuerda a Benidorm, está ligado al consumo, sea del tipo que sea. La naturaleza se ha convertido en un modelo a imitar, y como resultado ha surgido una naturaleza decorativa. Sochi es la única ciudad de Rusia que tiene un clima subtropical y palmeras de verdad. Sin embargo, en la playa es común ver carteles gigantes con palmeras. Los cangrejos decorativos son artificiales, así como las conchas, las ostras...

En muchos sitios hay osos y ciervos embalsamados, vigilados por fotógrafos profesionales que cobran hasta 30 rublos (0,18 euros) por retratarse con el bicho. Allí, muchos rusos viven de espaldas a la naturaleza. Es más importante sacarse la foto que contemplar el paisaje, ya sea en mitad del mayor campo de lotos de Europa, en Astraján, o en las montañas de Abjazia.

En este viaje surgió Priroda, opereta rusa en tres actos, un trabajo fotográfico que no pretende contar cómo es el país actual, sino que más bien trata de hacer un guiño a la Rusia contemporánea, hecho desde el cariño y la nostalgia de una época soviética que nunca volverá. 

Valeria Saccone es una periodista y fotógrafa italiana afincada en España desde 1999. Estudió Ciencias Políticas y se especializó sobre los países del bloque soviético. Habla ruso con fluidez.Las fotos de ‘Priroda, Operetta russa in tre atti’ han sido expuestas en el Festival de Fotografía Emergente de Granada y en SCAN Tarragona.