El tabú de Karpov y Kaspárov

Kaspárov y Karpov se saludan tras una de las 144 partidas que compartieron en su carrera. Foto: chessclub.com

Kaspárov y Karpov se saludan tras una de las 144 partidas que compartieron en su carrera. Foto: chessclub.com

Karpov, preferido por el oficialismo, y Kasparov, "el ogro de Bakú", competían por orgullo, por la patria… y por dinero, mucho dinero. Alrededor de un millón de dólares al cambio de la época a repartir entre ambos.

Anatoli Karpov, el vigente campeón y preferido por el oficialismo, llegaba cada día en un flamante Mercedes Benz, uno de los pocos que podían verse por entonces en las calles de Moscú. Al rato aparecía el joven aspirante Gari Kaspárov en su BMW, con aire despreocupado pese a que acudía con la hora justa. La escena se repitió casi a diario durante 6 meses en la céntrica Casa de los Sindicatos.

Corría el año 1984 y ambos disputaban una maratoniana final del campeonato del mundo de ajedrez. Competían por el orgullo, por la patria… y por dinero, mucho dinero. Alrededor de un millón de dólares al cambio de la época a repartir entre ambos, una fortuna en la URSS de aquellos tiempos, cuando el salario medio mensual rondaba los 185 dólares.

Aquella fue sólo una de las muchas finales que compartieron y que sirvieron para disparar su patrimonio personal. Sin embargo, preguntados frecuentemente sobre el dinero en ruedas de prensa por medios internacionales, la respuesta de ambos fue siempre el silencio, una de las pocas cuestiones en que estuvieron de acuerdo, fuese por simple discreción o por coherencia con el cartel de héroes del socialismo que les había colgado el Gobierno.

En la previa de aquella primera final, Gari Kaspárov, ‘el Ogro de Bakú’, se salió del guión y declaró que el americano Bobby Fischer, campeón previo a Karpov, era “el mejor de la historia”, una forma indirecta de hacer de menos a su rival y, de paso, una irresponsabilidad patriótica en tiempos aún de Guerra Fría. Anatoli, nacido en los montes Urales en el seno de una familia humilde y estratega meticuloso hasta la obsesión, se convirtió en el protegido del Kremlin para el duelo fratricida.

El escenario fue el Salón de Columnas de la Casa de los Sindicatos (junto al teatro Bolshoi), un edificio con más de tres siglos cuyas paredes han escuchado algunos de los discursos más célebres de la historia de la URSS. Entre ellos, no pocos de Lenin, el mismo que un día definió el ajedrez como “la gimnasia de la mente”. La final de 1984 fue suspendida por la federación internacional tras 6 meses de contienda. El formato, al primero que ganase 5 partidas y sin límite de tiempo, se había convertido en un callejón sin salida dada la igualdad. Karpov retuvo el título en calidad de vigente campeón y Kaspárov acusó a la federación de connivencia. Se convocó una nueva final para el año siguiente, también en Moscú, pero esta vez con límite de tiempo: 24 partidas.

Con una audiencia televisiva planetaria y la capital poco menos que paralizada por el evento, el precio de las entradas en reventa para aquella final de 1985 se disparó según se acercaba el desenlace (35 dólares). Eso sí, cuentan los más viejos del lugar, que ni siquiera los Karpov-Kaspárov batieron el récord que algunos años antes habían establecido el precio de los pases clandestinos de películas pornográficas, prohibidas en la URSS hasta la Glasnost.

La Casa de los Sindicatos se había quedado pequeña para acoger la nueva final (con medios de comunicación de más de 30 países), así que el escenario en 1985 fue el Teatro Tchaikovski, junto al metro de Mayakóvskaya. El ambiente en el patio de butacas durante las partidas era una metáfora de lo que significaba aquel enfrentamiento, más allá del ajedrez. La mitad del público lo componían morenos caucásicos del lado de Kaspárov (natal de Azerbayán), que habían acaparado las entradas de reventa entusiasmados ante la idea de ver a su joven compatriota de sólo 22 años desafiar al régimen. La otra mitad de asientos los ocupaban rubios eslavos, el ‘stablishment’ que apoyaba a Karpov.

La residencia de los jugadores en Moscú era poco menos que un secreto de Estado, no así el lugar de reunión de los equipos: el de Karpov, el hotel Ucrania y el de Kaspárov, el hotel Rusia. Ambos cruzaron acusaciones de espionaje y favores políticos, algunas de las cuales se demostraron ciertas con el paso de tiempo. En 1993 se desclasificó un informe de 16 páginas de la KGB en que el coronel Vitali Litvinov desvelaba una trama de espionaje. Durante la final de 1984, el gran maestro Iosif Dorfman, miembro del equipo de Kaspárov, había vendido información sobre estrategia a corredores de apuestas por algo más de 2.000 dólares la partida. Cuando se enteró de que uno de los compradores era el equipo de Karpov aumentó la tarifa. En 1986 Dorfman directamente cambió de bando, Karpov le fichó con una mareante oferta de 100.000 rublos (unos 130.000 dólares) al parecer pagados de su propio bolsillo. La primera contribución de Dorfman fue destapar al topo: el kazajo Eugeni Vladimirov, que estaba pasando informes a Kaspárov. 

Aquellas legendarias partidas multiplicaron durante algunos años el interés por el ajedrez y con ese interés los premios en metálico de los torneos alcanzaron máximos históricos. Por ejemplo, el campeonato mundial de 1990 (Lyon, Francia) repartió 2.3 millones de dólares entre los finalistas: Karpov y Kaspárov, ¿quién sino? Ambos tuvieron problemas con Hacienda en la última etapa de la URSS. Ellos solían quedarse con entre el 20 y el 40% de sus propios ingresos en divisas (preferentemente dólares), y pagaban el resto a la Hacienda de la URSS que les devolvía una parte en rublos no convertibles. Pero durante el cambio de régimen, ambos se negaron a pagar esos impuestos ante el vacío legal existente.

Padre de un hijo que tuvo con su primera mujer, Karpov siempre ha coqueteado con el oficialismo político, tanto en tiempos de la URSS como ahora con Putin (es diputado de la Duma por Rusia Unida). Licenciado en economía y autor de una tesis sobre la utilización del tiempo libre, es conocida su afición al tenis de mesa y alardea de una biblioteca con más de 9.000 libros sólo de ajedrez. Menos ortodoxo es su otro capricho, la filatelia. Karpov posee una de las colecciones privadas de sellos antiguos más valiosas del mundo, en la que invirtió buena parte de su fortuna.

Su gran rival, Kaspárov es seguramente el ajedrecista que más dinero ha ingresado en la historia. Cuando su rivalidad con Karpov perdió fuelle, a mediados de los 90, sus ingresos se mantuvieron estables gracias a las célebres partidas contra la máquina de IBM (Deep Blue) y a la publicación de libros. Aunque retirado del ajedrez de élite hace tiempo, Kaspárov sigue acaparando titulares por su activismo político contra Putin, que le ha costado más de una noche en el calabozo.

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