Insólito torneo de biatlón… con tanques

El 17 de agosto, en la localidad de Alábino, en los suburbios de Moscú, concluyó el primer torneo internacional de biatlón de tanques. Las fuerzas militares de Rusia, Armenia, Bielorrusia y Kazajistán compitieron para alzarse con el primer puesto de esta curiosa prueba.

A las diez de la mañana subí a la plataforma de observación del polígono de Alábino. Allí se agolpaban ya una treintena de militares, equipados con walkie-talkies y brazaletes, con etiquetas identificativas como las siguientes: “Ayudante de simulación” y “Jefe adjunto a la dirección”.

Desde la plataforma gozábamos de unas vistas excelentes. En primer plano, estaban dispuestos en fila cuatro tanques de colores: rojo, azul, verde y amarillo. Al fondo, se extendía una llanura con montículos artificiales y baches. Soplaba una brisa cálida. La llanura estaba envuelta en una niebla que no dejaba ver los blancos de tiro ni las zonas transitables, dos elementos fundamentales en el biatlón.

Mientras los jueces deliberaban, conversé con un miembro del comité organizador del torneo, un coronel de la reserva que me pidió que no publicara su nombre.

-¿Que para qué se ha inventado el biatlón de tanques? –quiso explicarme el coronel-. Para que aflore entre las tropas el espíritu de competición. Para romper la rutina diaria en los cuarteles. Antes ¿qué tipo de entrenamiento había? Se llegaba a un lugar determinado, se disparaba y, luego, media vuelta. Pero aquí se enfrentan a obstáculos, ponen a prueba su preparación artillera y, además, ¡combaten entre ellos!

La epidemia de biatlón de tanques se apoderó del ejército en julio: de cada región se escogió a las tres mejores divisiones de tanques para que participaran en la final celebrada en Alábino, a las afueras de Moscú. La mejor dotación rusa fue la de los tanquistas de la Región Militar Occidental de Rusia, que recibió como premio un modelo del legendario carro de combate T-34, utilizado en la Segunda Guerra Mundial. Las dotaciones de tanques de Bielorrusia, Armenia y Kazajistán fueron condecoradas con la medalla “Por el fortalecimiento de la confraternidad combativa” del Ministerio de Defensa de Rusia.

En las pruebas, las dotaciones tuvieron que recorrer una pista de obstáculos y destruir diversos blancos mediante el lanzamiento de proyectiles. Las carreras se efectuaron, según explicó el coronel, para probar el funcionamiento de los tanques T-72B, contra el que se batirían los participantes extranjeros.

Luego retumbó la orden: “¡A sus posiciones!”. Las pruebas comenzaron con algunos números entretenidos: el locutor gritó  saludos por el micrófono, luego comenzó a sonar una música abrumadora y, en el campo de operaciones de hormigón, en el centro del polígono, aparecieron corriendo grupos de chicas y chicos. “Son los bailarines”, me aclararon. A continuación surgieron cuatro tanques pintados, que formaron una figura parecida a una flor, y empezaron a girar y a balancear con aire melindroso sus cañones.

Los bailarines, hasta quienes sólo llegaban fragmentos aislados de “Baile con sables”, intentaban ejecutar la coreografía, pero estaba claro que el rugido de los motores se solapaba con las notas musicales. 

Además, al cabo de cinco minutos se olvidaron de la música: en el polígono irrumpió un obús que, siguiendo al pie la letra el guión, levantó despacio, pero con aplomo, el cañón del arma. Se oyó una estruendosa salva de cañonazos. Tan intenso fue el fragor que una de las bailarinas (la vi con los prismáticos) cayó en el suelo de hormigón, cerca del obús, cogiéndose la cabeza entre las manos. 

Por fin llegó la hora del biatlón. Volví a la plataforma de observación, donde los jueces ya estaban sentados a la mesa y a sus espaldas se habían alineado los observadores, cada uno de ellos pertrechado con unos prismáticos panorámicos. 

-¡Tanques, preparados! –se oyó por los walkie-talkies. Los tanques multicolores cobraron vida, rugieron y quedaron envueltos en una humareda. 

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-¡En marcha! –gritó a todo pulmón el locutor. 

Sin esfuerzo, pasaron la prueba de la serpiente, los tanques se dispusieron en fila tras la línea de fuego y empezaron a cargar las armas con proyectiles antitanques. El primer objetivo fue una maqueta de tanque a escala real. Estaba a dos kilómetros y medio de nuestra plataforma, y, desde esa posición, distinguirla era casi imposible. 

Por lo visto, se solidarizó conmigo la tripulación del tanque rojo: de tres disparos no acertó ni una vez y la enviaron al círculo de penalización. En ese momento, los otros tanques ya habían superado los obstáculos: vado, barreras y puentes. Todo iba bien, los tanques empezaron a alcanzar con disparos de ametralladora antiaérea el segundo objetivo, una maqueta de helicóptero, desde una distancia de 1.600 metros. 

En el tercer círculo, los tanques verde y azul rivalizaron en un adelantamiento y por poco colisionaron entre sí. Ante la maniobra, el locutor fue preso del éxtasis, pero las caras de los jueces no hacían presagiar nada bueno. 

Los tanques abrieron fuego contra el tercer blanco, que consistía en una pequeña isba, recorrieron el resto del círculo y se alinearon ante el puesto de mando. El ganador de la prueba fue el tanque amarillo, que realizó toda la etapa en cinco minutos y veintiocho segundos.

-¡Muy bien, muchachos! –exclamó el locutor. 

Uno detrás de otro, los tanquistas salieron por las escotillas y, tras haber cruzado la plaza corriendo, formaron cerca de la entrada al puesto de mando. Desde la plataforma de observación eran visibles sus cabezas enfundadas en cascos redondos que se balanceaban como girasoles.

Cuando bajé de la torre, sobre la pendiente del montículo aparecieron las siluetas de los tanquistas. Después de la dura prueba, volvían a su unidad. A la greña entre ellos, desaparecieron del campo visual. La plaza se vació por completo, sólo quedó, solitaria, una carpa del ejército. Dentro estaba oscuro y afuera ondeaba al viento una tela en la que se leía: “¡Bienvenidos a las Fuerzas Armadas de la Federación de Rusia!”.

El Ministro de Defensa de la Federación de Rusia, Serguéi Shoigú, felicitó a los ganadores del primer torneo de biatlón de tanques y expresó su esperanza de que estos eventos se conviertan en algo habitual y sirvan como un importante factor para el fortalecimiento de la amistad y confianza entre los estados.

“Esperamos que el año que viene haya más dotaciones. En cualquier caso, a la invitación han respondido con vivo interés nuestros homólogos de Estados Unidos, Italia, y esperamos la respuesta de Alemania”, dijo el ministro, tras observar que esos serán ya otros torneos. 

Material abreviado y reelaborado. Texto original publicado en ruso en Védomosti.