El destino de la medicina está en los genes

La medicina basada en la genética puede suponer un cambio de paradigma que abrirá nuevo horizontes a la humanidad. Fuente: Kommersant

La medicina basada en la genética puede suponer un cambio de paradigma que abrirá nuevo horizontes a la humanidad. Fuente: Kommersant

Los interrogantes sobre la medicina del futuro son tan interesantes como provocativos. El pronóstico del desarrollo de la medicina podría ser dictado, por un lado, por el camino evolutivo que adopte en su desarrollo nuestra capacidad de conocer la realidad a todos los niveles y escalas, desde el nivel planetario hasta el de nanopartículas y, por el otro, por la aparición de investigadores con un planteamiento innovador que de repente logren sobreponerse al cuerpo de conocimientos actuales, irrumpiendo con una propuesta científica “asimétrica”, dando así un salto cualitativo.

Actualmente existen y se utilizan sistemas quirúrgicos de robots que van desplazando al cirujano del quirófano a la “sala de videojuegos”. 

Después del éxito con el primer órgano artificial creado gracias a la ingeniería de tejidos (la vejiga implantada a Antonio Atala) contamos con la ampliamente difundida tecnología regenerativa de Paolo Macchiarini. 

La regeneración de órganos mediante la ingeniería de tejidos ya no es ciencia ficción, sino una realidad tangible. Sólo queda optimizar un poco las tecnologías de cultivo y de bioimpresión de tejidos y órganos. 

Por otro lado, no se hicieron realidad los oscuros augurios sobre la clonación humana y el cultivo de “homúnculos” para la donación de órganos. En este sentido, la tecnología de órganos “humanizados” es mucho más prometedora. 

Las tecnologías de células: ¿tienen un futuro prometedor? 

En la primera década del siglo XXI, hemos experimentado un florecimiento de las esperanzas con respecto a las tecnologías de las células, es decir, la medicina regenerativa. 

Ha arraigado en nuestra mente la frase que dice que éste es el futuro de la medicina, y que todas estas tecnologías son bastante prometedoras. 

Teníamos la esperanza de que unas células, extraídas de un organismo y preparadas adecuadamente en condiciones de laboratorio, al ser transplantadas podrían luchar contra aquello a lo que, por desgracia, los hombres de batas blancas no pueden hacer frente: contra las nefastas consecuencias de ataques al corazón, contra los tumores malignos, contra las enfermedades genéticas, etc. 

No obstante, con el paso de los años se hizo evidente que la humanidad, a pesar de la riqueza de la experiencia acumulada, ha permanecido en el mismo punto tecnológico en lo que respecta a las tecnologías médicas celulares: seguimos en el mismo nivel que en la segunda mitad del siglo XX. 

Si va a haber o no verdaderos descubrimientos es un gran interrogante histórico. 

Probablemente la respuesta esté vinculada al cambio del planteamiento inicial de la investigación. Será preciso que se plantee desarrollar no sólo, o no tanto, un medio de “reparación” de nuestro organismo, como la capacidad de prever las posibilidades de desarrollo de tal o cual proceso patológico y, en función de ello, aplicar las medidas profilácticas adecuadas. 

Sin embargo, para que la medicina preventiva llegue a funcionar a nivel de cultura de consumo y como parte de las prestaciones médicas, los investigadores tendrán que penetrar más allá del nivel celular, pasando a los niveles molecular y genético. 

James Watson, ganador del Premio Nobel y descubridor de la estructura en doble hélice del ADN, dijo: “Solíamos creer que nuestro destino estaba escrito en las estrellas. Ahora sabemos a ciencia cierta que nuestro destino está escrito en nuestros genes”. 

La “reparación” de un organismo dañado genéticamente 

Para “reparar” un organismo, cuando la enfermedad que se sufre no es adquirida sino que está causada por trastornos congénitos del sistema genético, hacen falta nuevas tecnologías. 

Una de las actitudes más audaces está siendo la creación in vitro de un cromosoma artificial. 

Se puede coger un cromosoma normal, quitarle todos los “fragmentos innecesarios” dejando sólo las partes responsables de su duplicación anterior a la división celular, y entre ellos integrar el gen necesario, sano e intacto. 

Por otra parte, también es posible – según ha demostrado el científico ruso, Vladímir Lariónov – engarzar, como si de un collar de abalorios se tratase, un cromosoma artificial perfectamente funcional, uniendo entre sí “abalorios” de segmentos de ADN sintetizados artificialmente, incluyendo en esta secuencia el gen terapéutico necesario o una extensa parte de un cromosoma diferente. 

Durante el “engarce” se pueden introducir fragmentos reguladores prefijados, a través de los cuales se podrá controlar el proceso de retirada de este cromosoma de la célula, en el caso de que fuese necesario. 

Tras la colocación de un cromosoma artificial en las células de un organismo enfermo, el cuerpo comienza a generar las proteínas que le faltaban. Y poco a poco, gracias al gen que viene reforzado de este modo,  el organismo acaba recuperándose.  

Según señala Alexéi Tomilin, jefe del laboratorio de biología molecular de células madre en el Instituto de Citología de RAN (Academia de Ciencias de Rusia): “Los cromosomas humanos artificiales pueden ser de gran utilidad en el tratamiento de una amplia gama de enfermedades, incluyendo las hereditarias. 

Las principales ventajas de los cromosomas artificiales sobre otros sistemas vectoriales es la ausencia de cualquier modificación en el genoma del huésped, así como la posibilidad de una retirada controlada de esos cromosomas de las células. 

El método más conveniente de la inserción de los cromosomas artificiales en el organismo del paciente es por medio de las células madre”. 

Un salto en el tiempo 

Es evidente que hasta el siglo XXI la ciencia médica ha logrado resultados impresionantes: se vencieron graves enfermedades infecciosas y ha mejorado la calidad de vida. Hoy día, el hombre medio tiene unas cuantas décadas más de esperanza de vida. 

Sin embargo, a medida que vamos acumulando conocimientos, va quedando cada vez más claro que el próximo salto cualitativo en medicina sólo será posible con un cambio radical de la cosmovisión en la ciencia médica y en el ámbito de la sanidad, asumiendo que se debería anticipar y prevenir las enfermedades. 

Las nuevas oportunidades que se van abriendo ante el ser humano sobrepasan la imaginación y dan lugar a gran optimismo a muchos enfermos terminales. 

Algunas de estas oportunidades recuerdan a las novelas de ciencia ficción. Así, hace un año el neurobiólogo ruso, Dmitri Kuzmín, que actualmente trabaja en el University College de Londres, dio una conferencia de divulgación científica sobre “La gente y la medicina del futuro”, en la que planteaba una posible “cyborguización” de aquellas personas que querrían vivir más de 120 años. 

Lo cierto es que ya se han dado los primeros pasos en esta dirección: se puede ralentizar e incluso detener el desarrollo de enfermedades como el Alzheimer o la enfermedad de Parkinson mediante un implante injertado en el cerebro del paciente. 

Tal vez algún día la humanidad aprenda a vivir sin la necesidad del cuerpo físico, capaz de mantener la conciencia inmune al paso del tiempo en condiciones artificiales; quizá aprendamos a encontrar un idioma que podamos compartir con  los dispositivos técnicos para la transmisión de la información. 

Entonces, las enfermedades que afectan a las células y a los tejidos, aquellas enfermedades que causan el envejecimiento del cuerpo, serán cosa del pasado. Pero ésta es tan sólo una de las posibles direcciones del desarrollo del futuro de la medicina. 

Román Déyev es doctor en medicina y director científico del Instituto de Células Madre Humanas. 

Artículo publicado originalmente en ruso en Gazeta.ru.