El traductor personal de Gorbachov escribe un relato de amor

Ronald Reagan, Pável Palazhchenko y Mijaíl Gorbachov.

Ronald Reagan, Pável Palazhchenko y Mijaíl Gorbachov.

AP
Pável Palazhchenko participa en un concurso de relatos sobre romances de verano

Rossiyskaya Gazeta ha anunciado el concurso de relatos sobre romances de verano “La dama del perrito” (en referencia al relato homónimo de Antón Chéjov). Entre los numerosos escritores aficionados de todo el mundo, en el concurso ha participado también Pável Palazhchenko, traductor personal y asistente durante años de Mijaíl Gorbachov. En una carta que acompaña al relato, escribe “Es un relato muy corto, pero es muy probable que sea el único que contribuya a reforzar los valores de la familia”. RBTH ha traducido el relato.

Ilustración: Dmitri DivinIlustración: Dmitri Divin

He estado casado dos veces. Entre el primer matrimonio (desafortunado) y el segundo (más o menos afortunado) hubo un periodo de vida de soltero de unos cuatro años. Durante estos años me pasó de todo, claro. Cabe decir que los pasé principalmente trabajando: los años 80 del siglo pasado fueron una época muy especial en mi vida. Aunque también pude tener vida privada, evidentemente.

Hacia el año 1985, más o menos, sufrí una ruptura con una gran mujer. Yo no entendía qué había sucedido y lo pasé francamente mal. Necesitaba irme de Moscú aunque fuera una semana, quedarme a solas.

Estaba bien situado y conseguí, sin demasiados trámites, que el comité del sindicato me permitiera viajar al hotel Yalta, en Crimea. Eso era una gran suerte en aquella época.

Crimea está muy bien a principios de otoño, todavía hace calor pero el sol no es tan infernal, una ligera brisa sopla y mueve las ramas llenas de fragancia de árboles comunes y exóticos, y las luces de las farolas se funden en los crepúsculos…

El hotel era totalmente soviético, no faltaba más, a pesar del intento fallido de añadirle cierta exquisitez arquitectónica. No esperaba que fuera nada especial. En la habitación, en seguida me llamó la atención lo estrecha que era la cama, incluso para una persona.

Junto a la ventana había una mesa algo deformada, y en ella un libro. Era un libro nuevo, como recién traído de la tienda, quizás obtenido a cambio de un vale por la entrega de papel usado. Su portada, de color cereza oscuro, hasta brillaba un poco. Cogí el libro, un poco caliente por el sol. Era Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

Me estremecí. Tras la separación de aquella maravillosa mujer, el título de la novela se me antojaba una señal de mal agüero. No deseaba nada parecido para mí ni para ella. Sin abrir el libro, volví a dejarlo en la mesa.

Los diez días que pasé en Yalta fueron fugaces y bastante castos. La novela de García Márquez siguió sobre la mesa. Honestamente, he de reconocer que hasta ahora no la he leído. La historia de la familia Buendía siguió siendo para mí desconocida, y el mundo fantástico del ganador del premio Nobel, ignoto.

***

Pasaron años, décadas. En el país cambió el sistema social, cayó la unión de repúblicas, y Crimea primero formó parte de una de ellas y más tarde pasó a pertenecer a otra. A veces pienso que la novela Cien años de soledad sigue reposando en aquella mesa algo deformada. Y, de hecho, quien desee leer una novela con este título, en una ciudad de vacaciones, en una habitación de hotel individual…

Pável Palazhchenko. “Romance de verano”

Lea el relato en ruso.

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