¿Por qué Dostoievski tardó en llegar a España?

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Dostoievski, a quien Emilia Pardo Bazán definió como un “manojo de nervios, eplléptico y alucinado”, no se introdujo en España tan rápidamente como otros clásicos rusos.

En 1887, la escritora Emilia Pardo Bazán dictó en el Ateneo de Madrid unas conferencias sobre las letras rusas, con las que había entrado en contacto por una versión francesa de Crimen y castigo. Su entusiasmo en la tarea de dar a conocer a su autor, Fiódor Dostoievski,­ cuya obra era de una “belleza torturada, retorcida, satánica, pero intensa, grande y dominadora”, se vio redoblado por la conciencia de que la literatura rusa era un territorio ignoto, poblado de humillados y ofendidos.

Al igual que haría Winston Churchill décadas después, Bazán afirmó que Rusia era “un gran misterio” y que los textos de Dostoievski se contaban entre aquellos “de los que ponen a uno enfermo, aunque se pase de sano”.

La cultura española, desde el otro extremo de Europa, sirvió de inspiración al novelista ruso. España despertó su interés por dos motivos. El primero de ellos fue Don Quijote. Los lectores rusos de Cervantes descubrieron un “alma gemela” en el idealista caballero de la triste figura y con ese nombre apodaron a Dos­toievski sus detractores después de publicar El doble.

Partiendo del idealismo inquebrantable, la pureza y la bondad del manchego universal, mezclados con la figura de Cristo, Dostoievski construyó uno de sus personajes más interesantes: el príncipe Mishkin de El idiota. El segundo motivo lo constituía la leyenda negra española en torno a la Santa Inquisición, una suerte de dictadura que parecía surgida de la peor pesadilla. Sevilla es el telón de fondo en el que se desarrolla uno de los capítulos más célebres de Los hermanos Karamazov: El gran inquisidor. Ávido lector de prensa, Dostoievski siguió los avatares de la política española y sobre ella opinó en Diario de un escritor.

Más sociólogo que escritor

El autor, sin embargo, no se introdujo en España tan rápi­damente como sus contemporá­neos Iván Turguéniev y León Tolstói. Tal vez la carta de presentación de Pardo Bazán provocara cierto rechazo. Sin embargo, aunque lo definiera como un “manojo de nervios, epiléptico y alucinado”, Dos­toievski y su forma de subvertir las nociones del bien y el mal, así como las situaciones éticas y psicológicas a las que arrastraba a sus personajes, no dejaron indiferentes a sus descubridores.

De ello se hicieron eco Leopoldo Alas Clarín y Benito Pérez Galdós, pero el hecho de que su primera obra traducida, en 1891, fuera Apuntes de la casa muerta hizo que se le tomara al principio más por un cronista o sociólogo que por un escritor. Fue la generación siguiente, la del 98, la que abrazó con más pasión al moscovita. Pío Baroja y Unamuno fueron admiradores suyos declarados: valoraban del creador de El jugador­ su camino de indagación estilística y espiritual. Ortega y Gasset se quejaba de que España no tuviera un Dostoievski, un escritor de gran talento, pues, decía el filósofo madrileño, en su país “los más influyentes son los más vulgares, los más fácilmente asimilables, es decir, los más imbéciles”.

Las traducciones de Dostoievski al español corresponden a varias etapas que son fruto de las contingencias históricas. Las primeras traducciones fueron indirectas. En la década de 1920 hubo rusos que huyeron de la revolución bolchevique y recalaron en España. Pasado el tiempo, estos realizaron las primeras traducciones directas del ruso al español. Aunque no fueran perfectas, tenían el valor de estar más próximas al original. El primer gran salto cualitativo lo dio el sevillano Rafael Cansinos Assens, que se embarcó en la tarea de traducir las obras completas de Dostoievski en la década de 1930.

La calidad de su español solventó muchas de las limitaciones de sus predecesores. El segundo salto se debió a algunos de los denominados niños de Rusia y otros exiliados comunistas que, después de refugiarse en la URSS, acabaron regresando a España. Son los casos de Augusto Vidal, Lydia Kúper y José Laín Entralgo. Gracias a su conocimiento de la cultura rusa, Dostoievski pasó a ocupar, por fin, el lugar prominente que le correspondía.

Novedades

En las últimas cuatro décadas, nuevas traducciones y estudios de sus obras han visto la luz propiciados por departamentos universitarios de lengua y estética rusas, como el de Granada o el de la UPF de Barcelona, a los que ha contribuido en gran medida una nueva generación de eslavistas.

Además del proyecto de obras completas dirigido por Ricardo San Vicente en Galaxia Gutenberg, las ediciones de Alba y la publicación de versiones ilustradas a cargo de sellos como Nórdica y Sexto Piso, cabe destacar dos obras por su relevancia: la versión completa de Diario de un escritor en Páginas de Espuma, que suma 1.600 páginas, y la magna biografía en cinco volúmenes del escritor ruso firmada por Joseph Frank y publicada por Fondo de Cultura Económica. En definitiva, los lectores en español no tienen ya ninguna excusa para no conocer a Rodión Raskólnikov, a Alekséi Ivánovich o a Iván Karamazov.

 

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