Maya Plisétskaya, el alma rusa de Carmen

Maya Plisétskaya, durante una interpretación de Carmen en 1971. Fuente: Ria Novosti

Maya Plisétskaya, durante una interpretación de Carmen en 1971. Fuente: Ria Novosti

Maya Plisétskaya, estrella mundial que bailó 50 años en el Teatro Bolshói, se identificaba con uno de sus personajes predilectos: la cigarrera Carmen.

Plisétskaya luchó siempre: por cada papel, por cada minuto en el escenario, por su vida. Y también luchó por dejar de odiar a aquellos que destrozaron a su familia. En 1938, el padre de Plisétskaya fue ejecutado por orden de Stalin, a pesar de que dos años antes había recibido distintas condecoraciones de Estado. Su madre fue internada en un campo de concentración en Kazajistán por ser la mujer de un 'traidor a la patria'. Maya tenía entonces 13 años. En más de una ocasión la bailarina confesó que su vida siempre fue una protesta. “Mis logros solo se deben a una lucha constante. El carácter marca nuestro destino”, sostenía la artista.

La futura estrella mundial subió por primera vez a un escenario en la isla de Svalbard, en medio del océano Ártico, donde su padre desempeñó el cargo de cónsul de la URSS y ejerció como ingeniero jefe de minas de carbón a principios de los años treinta. Según recordaba la madre de Plisétskaya, las condiciones de vida allí eran tan extremas que no disponían de mantas suficientes para entrar en calor.

Cuando volvieron a Moscú, Maya tuvo que despedirse de sus padres (le ocultaron su arresto, diciendo que tenían que volver al Ártico) y trasladarse a Ekaterimburgo, donde se refugió, junto con otros familiares, durante los bombardeos de la capital. En ausencia de su madre, Maya fue criada por su tía, la bailarina Sulámif Messérer, que hizo un enorme esfuerzo para que la niña siguiera practicando el ballet y fuera admitida en el Teatro Bolshói, el escenario más prestigioso de la Unión Soviética.

La bailarina hispano rusa Maya Plisetskaya, una de los símbolos de la danza clásica, falleció el pasado 2 de mayo en Múnich de un infarto a los 89 años.

El temperamento de Plisétskaya fue su arma principal. Su tesón le permitió convertirse en una bailarina aclamada por todos los coreógrafos y la ayudó a no derrumbarse en las miles de ocasiones en las que parecía que el mundo se volvía en su contra.

Y es que, a pesar de los reconocimientos, en 1956 sufrió un nuevo golpe: no se le permitió participar en la primera gira del ballet soviético en el extranjero. Aquel año se presentaba El lago de los cisnes en Londres. Plisétskaya iba a interpretar el papel de la protagonista, pero en el último momento no le dejaron salir del país. Viajó todo el elenco, menos ella. La propia Plisétskaya lo atribuyó a sus antecedentes familiares: “Conmigo siempre tenían muchísimo cuidado”, dijo.

Fuente: Ria Novosti

Sin embargo, la situación cambió en 1959, cuando la bailarina recibió el soñado permiso para salir de la URSS. Después de su triunfo en Estados Unidos, Nikita Jruschov le expresó su gratitud personalmente. Pero cada vez que emprendía un viaje al extranjero, se le ponía la misma condición: su marido, el compositor Rodión Schedrín,  tenía que quedarse en Moscú como garante de su retorno.

El sabotaje de Carmen

En 1960, Plisétskaya fue oficialmente reconocida como prima ballerina del Bolshói. No le faltaban los papeles principales en los mejores espectáculos. Sin embargo, no se conformaba con interpretar el ballet clásico. Para entonces, ya había bailado en Don Quijote, Fausto, Romeo y Julieta, La bella durmiente y otros montajes. Le quedaba un papel que no había probado: Carmen. “¿Por qué Georges Bizet compuso una ópera en vez de un ballet?”, solía lamentar la artista.

En 1966, Plisétskaya asistió a un concierto del Ballet Nacional de Cuba, de gira en Moscú. Le gustó tanto la obra de Alberto Alonso que no tuvo reparo en preguntarle directamente: “¿Podría crear un ballet para mí?”. El cubano respondió que sería un sueño para él.

Maya pidió a varios compositores soviéticos que les ayudaran con la interpretación, pero ninguno se atrevía a competir con el mismo Bizet y a enfrentarse a la censura soviética. Fue el marido de Plisétskaya quien finalmente decidió llevar la obra a cabo. De la mano de Rodión Schedrín, la ópera de Bizet fue convertida en ballet en menos de un mes.

Del estreno en Moscú, en abril de 1967, Plisétskaya recordaba un gran silencio. El ballet fue prohibido por su “interpretación sexual” y la “música desfigurada” de Bizet, según decía la nota oficial. Los funcionarios calificaron la obra de “sabotaje por parte de la pareja rebelde”.

Años más tarde, recordando sus infinitas peleas con la burocracia soviética, Plisétskaya explicó: “Las luchas y peleas de Carmen me recuerdan a las mías contra los burócratas. He pasado 40 años luchando”. Cuando la bailarina decidió quitar escenas “eróticas” para salvar la obra, se levantó el veto a Carmen.

Su interés por España surgió en 1950, cuando interpretó Don Quijote. Un interés que se convirtió en amor y más tarde en pasión, de la que dejó constancia en su autobiografía Yo, Maya Plisétskaya (1997). “¿De dónde me viene a mí esta pasión por España y por todo lo español: el flamenco, los toros, la flor que las mujeres llevan en el pelo, las mantillas...? No hay una respuesta clara. Pero tengo una complicidad mística con todo eso…”, escribió la bailarina.

Fuente: TASS

Escenarios de España

 La prima del Bolshói pasó por España durante una gira de la compañía en 1983. En 1987 aceptó la dirección del Ballet del Teatro Lírico Nacional, en Madrid, que encabezó hasta 1990. Cuando interpretó por primera vez el papel de Carmen en Madrid, estaba tan nerviosa que pidió que le dieran un calmante, algo que no había hecho nunca. “Pero cuando al final de la presentación la sala de Madrid se puso de pie y gritó ‘¡olé!’, mis ojos se llenaron de lágrimas”, escribió en sus memorias.

Entre las obras que la artista presentó en España destacan María Estuardo, con una coreografía creada especialmente para ella; Vanas precauciones, de Peter Hertel, y la ópera-ballet Le villi, de Giacomo Puccini, que fue puesta en escena junto con Montserrat Caballé.

La bailarina recibió la Orden de Isabel la Católica (1991) de manos del rey Juan Carlos, el Premio Príncipe de Asturias de las Artes (2005) y la Medalla de Oro de Bellas Artes (1991).

En 1990, cuando finalizó el contrato con el Teatro Lírico Nacional, decidió volver a Moscú:

“Empecé a cansarme. No puedo pasar más tiempo sola, sin Schedrín. Hablar por teléfono no es suficiente. La vida me dicta que me separe de España... Pero, ¡me duele tanto dejarla! Es mi país. ¡Es mi Carmen!”, escribió en su autobiografía.

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