Mexicana graduada del Bolshói: “En Rusia se enseña a bailar con el corazón”

Fuente: archivo personal de Mayela Marcos

Fuente: archivo personal de Mayela Marcos

La mexicana Mayela Marcos estudió ballet en la escuela del Teatro Bolshói y actualmente baila en el ballet Imperial. La joven ha contado su experiencia a RBTH.

María Mayela Marcos Quiroz tenía solo 17 años cuando llegó a Moscú. La recibieron 14 grados bajo cero y una realidad totalmente desconocida. No entendía el idioma, pero no estaba muy preocupaba porque lo que le guiaba era un sueño: bailar en el Teatro Bolshói.  Esta joven de Monterrey (Nuevo León) estudia actualmente ballet sin dejar de practicarlo y es la única mexicana que ha bailado en uno de los teatros más importantes del mundo.

Mayela empezó a bailar a los cuatro años por azar. “Mi mamá quería que hiciéramos una actividad. Al principio elegí gimnasia, pero no me gustó mucho. Y luego patinaje sobre hielo, pero me enfermaba. 

Y mi hermana decidió bailar ballet. Mi mamá también me obligó a asistir a las clases”. Pero no le gustaban. “Me picaban las mallas y me apretaban las zapatillas. ¿Qué podía entender si era tan chiquita? Pero me empezaron a llevar a ver las funciones, y empecé a decir: yo quiero bailar como ellas. Quiero bailar bien”. Más tarde hizo una audición que la inspiró a dedicarse al ballet, mientras su hermana optó por la psicología.

En México hizo una carrera de ocho años de danza clásica en la escuela superior de Música y Danza de Monterrey. “Cuando acabé mi licenciatura, no quería quedarme en México, quería aprender más, depurar mi técnica. Entonces mandé videos de mis presentaciones a varias escuelas, entre ellas La Scala de Italia”. Su familia le recomendaba aplicar al teatro Bolshói, pero le parecía algo irreal. “Decía, no, no me quiero decepcionar”. Pero una tarde su tío le dijo palabras que recuerda hasta hoy: “Si quieres comer tacos ve a México, pasta a Italia, pero para bailar ballet tienes que ir a Rusia”.

El correo que tanto esperaba cayó en la bandeja de los mensajes no deseados y no lo descubrió hasta meses después. “Estaba mirando mi correo y empecé a gritar 'Mamáaa, mamáaaa' y la pobre debió de pensar que me había pasado algo malo. Le dije, mira, aquí dice en inglés que me aceptaron. En una semana arreglamos todo: la visa, el boleto de avión,  y me fui”.

El primer mes en Rusia no fue fácil. “Había 14 grados bajo cero. Todo lo veía diferente. La temperatura mínima en la que me había tocado vivir eran 5 grados, con esta temperatura en mi ciudad natal se suspenden las clases. Y aquí había pura nieve. El primer fin de semana lo pasé jugando con la nieve. Un mes después ya no lo quería ver más”.

Al llegar se hospedó en el internado de la Academia Estatal de Coreografía de Moscú, del teatro Bolshói, y le fue asignado un educador. En su grupo de alumnos había solamente dos extranjeras – Maye y una japonesa - y nadie en el teatro, excepto la oficina internacional, hablaba inglés o español. “Pero el idioma del ballet es un idioma global. Bailan con el cuerpo y los pasos están en francés. Así que eso no era muy difícil”, cuenta Mayela.

La escuela del Bolshói era “como un sueño: los maestros, el tiempo que le daban a cada alumno, la limpieza técnica. Me acuerdo que llegaba, hacía tres o cuatro piruetas y la maestra me decía: “yo quiero una pirueta, pero bien hecha, porque de una pirueta bien hecha te van a salir todas las demás”.

“Son perfectos y siempre bailan con corazón. Lo que más me gustó es el tiempo que le dedican a cada alumno. Si estamos en un grupo, quieren que todos avancemos, que nadie se quede en el camino. Me impactó la paciencia con la que enseñan a sus alumnos”, explica.

Además, el estilo del ballet que se enseña es distinto al que aprendió en su país: “Mi escuela de México utilizaba la técnica cubana y aquí se enseña la técnica rusa”. Pero lo más importante fue el propio concepto de bailar. “Siento que los rusos bailan más. Lo sienten más con el corazón y lo transmiten.  Enseñan a bailar desde adentro, del alma hacia afuera. Es lo que más me ha gustado”, confiesa.

Solamente tras llegar a Rusia Mayela pudo dedicarse por completo al ballet. “En México tienes que ir al colegio y el ballet es aparte. Me acuerdo que iba al colegio de ocho a tres, y de tres a ocho tenía que estar en la escuela del ballet, porque era una carrera. Tenía suerte de vivir cerca de las dos escuelas, pero algunas de mis amigas se cambiaban, se peinaban y comían en el carro. El Bolshói está mejor estructurado: en el tercer piso se imparten las materias teóricas y las prácticas están en el segundo piso. El día que teníamos clases en el Bolshói no íbamos a clases teóricas y no había ningún problema”, explica. La disciplina era muy rigurosa: no tenía permitido salir del internado después de las nueve de la noche y solamente tenía un plazo de tres horas para estar ausente.

Estudió tres años en el teatro Bolshói para ser artista de ballet, y al graduarse entró a trabajar por un año en el teatro de Astracán. “Era un teatro divino, muy bonito, con un edificio nuevo”. Al regresar de Astracán hizo una solicitud para ser artista del Ballet Imperial, donde también la aceptaron. Lleva tres años aquí, presentando obras tanto en Rusia como por todo el mundo, de Australia a China.

Al mismo tiempo, está estudiando otra maestría en el Bolshói, ahora para ser pedagoga en el mítico teatro. “Me voy de gira con mis libros. Los maestros me ayudan mucho, ya que me hacen un plan individual cada vez que me tengo que ir de gira. Tengo suerte porque mi maestría no es presencial”.

Además de sus libros, en sus giras siempre lleva trigo sarraceno, un ingrediente típico de la cocina rusa, sin la que ya no imagina su comida. “En el internado del Bolshói siempre nos daban grechka. Primero no quería ni probarla – se veía demasiado rara – pero al comerla por primera vez me di cuenta de que es muy rica y además, muy saludable”.

Ha tenido oportunidad de participar en obras como el Lago de los Cisnes, Sherehezade, Carmina Burana y La Bella Durmiente tanto con el Teatro Bolshói, como con el Imperial.  Pero la obra de ballet que más la apasiona es Don Quijote. “Siento que es muy feliz. Todos los ballets tienen su felicidad, pero en la trama siempre hay algún desamor y un final triste. Mientras que en esta obra siento que hay mucho color, mucho ambiente. La gente no se aburre en ningún momento, disfrutan del juego de luces y del movimiento”, dice.

En el futuro piensa en aplicar sus conocimientos de ballet en su país natal. “Me gustaría abrir una escuela en México con maestros y técnica rusos. Me encantaría llevar a mi país todo lo que he aprendido”.

“Y si la gente no puede ir a estudiar a Rusia por razones económicas, por lo menos, llevar un poco de Rusia a México”. Pero por ahora se concentra en sus estudios, distrayéndose a veces para celebrar las fiestas rusas, como Máslenitsa, cuando se comen blinis durante una semana, o pasear por los parques, sobre todo en verano, cuando le parece que todo el sol que faltó en invierno “se desquita”, y no anochece hasta las 11 de la noche.

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