Cuando Rusia “salvó” a EE UU

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Por norma, los rusos son presentados en la ficción occidental como el enemigo a batir. Las novelas de acción 'Made in USA' están llenas de espías, asesinos a sueldo, traficantes de armas, mafiosos o 'femmes fatales' con acento eslavo, y el cine ha repetido hasta la saciedad el estereotipo de ruso invasor en títulos como “¡Que vienen los rusos!” (1966) o “Amanecer Rojo” (1984). Sin embargo, en una ocasión los militares rusos desembarcaron por centenares en ciudades de EEUU… y fueron aclamados como salvadores de los Estados Unidos de América.

Septiembre de 1863. Estados Unidos se encuentran sumidos en la Guerra de Secesión (1861-65). En las dos costas del país, se comenta de forma excitada la inesperada aparición de escuadras navales de la Flota Imperial de Rusia. El presidente Lincoln, enfermo y postrado en la cama, envía a su esposa junto a varios dignatarios estadounidenses a recibir al primer buque ruso que atraque en Nueva York.

Una vez en el puerto de esta ciudad, la Primera Dama embarcó en la fragata de 33 cañones Osliabia y propuso un brindis “por la salud del Emperador de Rusia”. El capitán del buque ruso respondió con otro brindis “Por el Presidente de Estados Unidos”.

Unos días más tardes, se presentaba en Nueva York, procedentes de San Petersburgo y al mando del Almirante Stepán Lesovski el resto de la Escuadra del Atlántico, las fragatas Alexánder Nevski, Peresvet, las corbetas Variag, Vitiaz y el clipper Almaz, buques a los que recibió la banda del USS North Carolina tocando “¡Dios salve al zar!”, el himno nacional del Imperio ruso, que fue recibido desde  mástiles y aparejos con entusiasmo por los marinos rusos, En respuesta, la banda de música del barco insignia ruso Alexánder Nevski se animó a representar “Yankee Doodle”.

Al mismo tiempo, al otro lado del continente, procedente de puertos del oriente ruso, llegaban a San Francisco las corbetas Bogatyr, Kalevala, Rynda, Nóvik, y los clippers Abrek y Gaidamak, al mando del Almirante A. A. Popov. Popov había estado en contacto con el Ministro de Marina Nikolái Kárlovich Krabbe, y había sido advertido por este del peligro de guerra con otros imperios europeos por la crisis Polaca. Popov había informado a Krabbe de que, en caso del inicio de las hostilidades, su escuadrón partiría desde San Francisco para atacar posesiones coloniales británicas y francesas.   

Los rusos en Nueva York

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Durante las diez semanas siguientes, el Almirante Lesovski y sus oficiales fueron agasajados sin reparar en gastos. Los eventos más lujosos fueron dos banquetes en el Astor House y un baile en su honor en la Academia de Música. Todo ello, para agradecer la gratitud de Rusia por el apoyo moral hacia el Norte en la Guerra Civil Norteamericana. Los neoyorquinos se apretujaban en las aceras para aclamar a los rusos desfilando en sus carruajes, las calles decoradas con banderas de ambos países.

Cenas con brindis y discursos, agradecimientos, piropos por las dos partes, más cenas y más brindis y discursos, un ambiente de amistad creado por necesidad política, por las insurrecciones que ambas naciones intentaban sofocar dentro de sus fronteras.

El Norte, batallando contra los Estados Confederados, los rusos, contra la insurrección polaca. La visita rusa era una demostración de fuerza dirigida a Inglaterra y Francia, que se sentían más que tentadas a intervenir militarmente a favor de los Estados Unidos Confederados.

En 1861, los sureños habían embargado todos los cargamentos de algodón con la esperanza de generar una depresión económica en Europa que forzase a Gran Bretaña a entrar en guerra para poder recuperar el algodón. Sin embargo, los británicos simplemente cambiaron de proveedores dirigiéndose a los mercados de Egipto e India.

El mensaje era: si los imperios occidentales no intervenían para apoyar a los rebeldes en Polonia, Rusia no se aliaría con el Norte en EE UU. Al mismo tiempo, la presencia de los buques rusos en Nueva York y San Francisco, dejaba claro que las líneas comerciales del Imperio británico y el francés, podían ser dañadas severamente por Rusia, lo cual no convenía a los intereses comerciales de estas naciones europeas.

Para demostrar este punto, barcos de la Flota del Atlántico hicieron viajes a Baltimore, Honduras, La Habana, Jamaica, Curaçao, Cartagena y Bermuda. Alguno de los buques de la Flota del Pacífico visitó Honolulu, Sitka (Alaska) y Vancouver.

Tres días después del gran banquete en Astor House, un centenar de oficiales rusos realizaron un viaje a las Cataratas del Niágara invitados por la Hudson River SteamboatCompany. El Almirante Lesovskii solo había aceptado la invitación tras prometérsele que no habría más desfiles, discursos ni banquetes durante la excursión de cinco días de duración.

El 5 de noviembre, los estadounidenses engalanaron el teatro Palacio de la Músicapara la celebración de un gran baile o Soirée russe. Se vendieron 2.000 entradas para uno de los mayores eventos sociales del siglo. Se estima que, fuera del recinto donde se celebró la lujosa recepción, el número de curiosos doblaba al de asistentes. Para el menú de la cena se crearon platos temáticos tales como “snit-mitch” (mini-sandwiches) à la russe, galletas moscovitas o tarta siberiana. La decoración de la sala incluía, junto a banderas de la Marina rusa, una escultura de George Washington junto el Zar Pedro el Grande. 

A principios de diciembre, la flota rusa navegó hasta Washington, anclando en el Potomac. Miembros del gabinete de gobierno de EE UU fueron invitados a visitar los buques rusos y a un banquete en la fragata Osliabia.

William H. Steward, el secreatrio de Estado que años más tarde negociaría la adquisición de Alaska a Rusia durante la presidencia de Andrew Johnson, organizó una cena para responder a la hospitalidad rusa. El presidente Liconln ofreció una recepción a los oficiales de la marina del zar en la Casa Blanca el 19 de diciembre, exactamente un mes tras el discurso en Gettysburg en el que redefinió el esfuerzo por mantener la Unión como “un nuevo nacimiento de la libertad”.

Rusos en San Francisco

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Popov estableció la primera parroquia ortodoxa en San Francisco, contribuyendo amueblarla y equiparla convenientemente para la comunidad rusa de la ciudad. Durante el año de estancia de la flota rusa en la ciudad, se declaró un incendio en el que, como como narra John Middleton en su libro The Russian Navy and Mare Island, 200 marineros rusos, se presentaron voluntarios y contribuyeron a sofocar, muriendo seis de ellos.

Los gobernantes de la ciudad agradecieron este gesto el 26 de octubre de 1863, otorgando medallas de oro a varios oficiales, por su ayuda. Sin embargo, el almirante ruso puso al embajador Eduard de Stoeckl en un compromiso al declarar públicamente  a finales de ese mismo años que estaba listo para defender la ciudad si era atacada por fuerzas confederadas.

De Stoeckl le conminó a no realizar tal tipo de afirmaciones. Lo cierto es que la presencia de la Flota rusa en el puerto de San Francisco y las belicosas declaraciones de Popov tuvieron un efecto disuasorio en los planes de guerra sudistas y la ciudad no sufrió ningún ataque. 

Cuando quedó claro que Gran Bretaña y Francia no declararían una guerra para apoyar la independencia polaca y que tampoco intervendrían a favor de los Estados Confederados, la Flota rusa se reagrupó en Nueva York en abril de 1864. Antes de abandonar EE UU, los rusos hicieron una última parada en Boston, donde fueron homenajeados de nuevo, con un último gran banquete en su honor.

En 1866, un año tras el final de la Guerra de Secesión, el gobierno de los Estados Unidos envió a Rusia un destacamento naval con una delegación especial. Estos diputados expresaron oficialmente su gratitud al gobierno ruso “por su ayuda a los nordistas en su lucha contra la esclavitud”.

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