“Ucrania en el corazón: no cabe en la cabeza”

El autor dirigió hasta hace unas semanas un centro cultural en la ciudad ucrania de Donetsk. Fuente: Archivo personal

El autor dirigió hasta hace unas semanas un centro cultural en la ciudad ucrania de Donetsk. Fuente: Archivo personal

El día 9 de junio de 2014, lunes, terminaba mi trabajo al frente de Izolyatsia. Ese día la guerra ucrania entraba en el centro cultural que muchos soñábamos.

La irrupción en el recinto cultural de Roman Lyagin en representación del DNR truncó nuestros planes de cultura. Más tarde “el Mongol” (!), comandando elbatallón Vostok, completaría la ocupación. Ahora, lo más probable es que Izolyatsia sea de nuevo una “antigua planta industrial”.

La guerra no nos ha permitido avanzar en su reconversión en el centro cultural que soñamos, un lugar abanderado de la Ilustración en la ciudad de Donetsk y la región del Donbas. No corren buenos tiempos para las ideas ilustradas en las tierras del otrora apacible Don.

Quienes soñamos esa nueva era, desafiando al fútbol como única forma de socialización, partimos hacia una diáspora más amarga y dispersa en Kiev, Canadá, Alemania, Grecia... Trabajadores todos con educación superior y ciudadanía inferior, porque son de Donetsk.

En cambio, el fútbol es el sueño de Rinat Ajmétov, el poderoso oligarca local. Lo más visible que hizo por Donetsk en 15 años de control económico absoluto del área fue un equipo de fútbol y un desmedido estadio, ahora también bombardeado. El deporte rey no es una evasión inocente, sino un principio de alienación activo, de los varios que se concitaron en el Donbas durante los últimos 20 años, para estragar el tejido social y económico de la zona. Porque esa es la verdadera causa de lo que se está viviendo allá: no es un conflicto geográfico, es de clase.

Comparto el dolor, la desesperación y la rabia de la gente que conocí, de las mujeres y los hombres a los que compraba el pescado de Mariupol, el pan de todos los cereales imaginables o el agua potable que había que acarrear a casa todos los días. Encoge el alma el relato de los hijos temiendo por sus padres que se niegan a salir de los hogares donde viven, a pesar de la guerra. Y les duele abandonar sus casas y jardines, esos espaciosque tanto gustan a los ucranios, que han animado una vida, que han permitido a sus creadores soñar con la belleza en un mundo oscurecido por el carbón. Estos días, esos jardines huelen a carne quemada, la de los soldados.

Eso es la guerra. El Estado ucranio es incapaz de garantizar el derecho a la propiedad, ni los mínimos servicios bancarios, de transporte o sanitarios que garanticen a sus destinatarios la recepción de medicinas, mercancías o dinero. Las comunicaciones son azarosas y complicadas. En Zhdanovka, aldea próxima a Donetsk, solo funciona el operador de Rinat Ajmétov, que se llama Life y ofrece cobertura solo en el cementerio; nadie sabe por qué. Pero es allá donde los vecinos acuden para intentar participar a sus allegados que continúan vivos... en el cementerio. También Gógol era un ucranio entre almas muertas.

No. En los medios habituales no se encuentra razón de la sinrazón que a la razón se está haciendo por allá. No hay grupos terroristas, no hay ataques incontrolados. Es la guerra, pero circunscrita al Donbas. Kiev gasta su pólvora en salvas y anuncia a medios de comunicación batientes la inminencia de la paz y la abundancia mientras se muestra incapaz de articular una idea de nación que vertebre todo el territorio, con sus diferentes lenguas, culturas y sensibilidades. La razón no se encuentra en los periódicos, pero Gregor Von Rezzori habló de ella en sus Memorias de un antisemita.

La esencia de Czernowich, donde nació el autor, no ha cambiado mucho. Junto con Lviv, son las ciudades cultas del oeste ucranio, la patria de los escritores y artistas, antiguos y modernos. ¿Quién puede pensar que estas “Vienas menores” se van a implicar en nada que tenga que ver con mineros, ingenieros o industriales? Desprecian el Donbas por su lengua rusa y su cultura, por su población mestiza, por sus oligarcas, su pasado, su presente y su futuro. Que lo tiene.

En Izolyatsia organizamos el último (bueno, que yo sepa) acontecimiento cultural “ucranio” de Ucrania. Era abril y lo articulamos como el Festival Ucranio de Literatura. Vinieron escritores ucranios, rusos, tártaros, musulmanes y hasta una inglesa. Pero hubo grandes nombres de la literatura ucrania actual como Oxana Zabushko o Yuri Andrujovich, para quienes Donestk no valía una charla. Demasiado ruso para ellos. Como para tantos y tan elevados espíritus occidentales y europeos de Ucrania.

Sin embargo, qué estimulante fue escuchar a jóvenes como Bezedin Platon, de Sebastopol, escritor ucranio en ruso, o al cosmopolita Lubkho Deresh. Mucho más interesantes que los políticos ucranios, desbordados por la historia. Los norteamericanos colocan una frontera en cada límite de sus casas. Los ucranios son, todos y cada uno de ellos, una frontera en sí mismos. Y ese espíritu, que los lleva a una sentimentalidad desbordante, les ha dificultado históricamente la identificación con una causa socialmente vertebradora e individualmente estimulante. ¿Y qué va a pasar? Arriesgo un avance: lo que Ucrania tiene más de ruso es Kiev.

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