El sugerente viaje de los nombres rusos

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

Si Olga, Sonia, Tania o Iván decidieran visitar la Plaza Roja, podrían conocer a sus tocayos rusos. No es tan sorprendente, algunos nombres y diminutivos eslavos lograron traspasar fronteras y superar el paso del tiempo para incorporarse al castellano. Pero, ¿cómo se pudo producir un contacto tan íntimo entre dos lenguas tan distanciadas geográficamente? Las migraciones, los cambios sociales y las interacciones culturales entre ambos pueblos explican este interrogante.

No es de extrañar que, debido a la situación geográfica de España y su historia, la mayoría de los nombres castellanos sean de origen romano, hebreo, arameo, griego o germánico y existan pocas palabras de procedencia eslava reconocida. Es precisamente en los nombres cuyo origen está aún por determinar donde algunos eslavistas han iluminado la investigación al identificar raíces de esta procedencia en voces hoy cotidianas en castellano.

En la actualidad, la legislación española permite elegir cualquier nombre de pila extranjero, con la excepción de voces que puedan tener un significado peyorativo en las lenguas oficiales de cada comunidad. Pero más vale ser prudente e intentar evitar sorpresas desagradables. Un nombre de niña tan sublime como Liuba, que significa “querida” en ruso, se pronuncia igual que unos comunes guantes en gallego.

Hace siglos que iniciaron su peregrinar. En la península Ibérica han habitado tribus y pueblos enteros de procedencia eslava desde la época prerromana así como bajo el Imperio romano y, posteriormente, también los  invasores alanos y, en menor grado, los vándalos compartían este origen.

De un pasado tan remoto pudiera proceder un nombre tan actual como Gonzalo. Algunos lingüistas apuntan específicamente al nombre caucásico Gudal, mientras que otros prefieren optar por la voz germánica gunthis, que significa “lucha”.

También el nombre de Baldomero, mártir cristiano de Lyon de los siglos II-III, está presente en España desde antiguo como revela la existencia de Baldomir, una aldea de La Coruña. Aquí, disfrazado, se oculta el típicamente eslavo Vladímir, cuyo significado es “dominador del mundo”. 

Más adelante, en los siglos XIII y XIV, durante la presencia árabe en la península y tártara en Rusia, se produce un nuevo contacto directo entre las dos lenguas por la llegada de esclavos rusos.

Con la Iglesia hemos topado

Durante el reinado de los Reyes Católicos (1474-1504), que somete a la conversión forzosa a judíos y musulmanes obligándoles a optar entre el bautismo o la expulsión, tanto en la Península como en los territorios americanos se impone la costumbre católica de adoptar exclusivamente nombres incluidos en el santoral católico, que consagraría posteriormente el Concilio de Trento  (1545-1563).  Por tanto, muchos nombres se extinguieron y se redujo drásticamente el surtido de opciones. 

No obstante, este cauce permitido oficialmente garantizó, a su vez, la supervivencia de algunos nombres masculinos de origen eslavo, como Venceslao, Estanislao y Casimiro, y también el de algunas santas, como es el caso de santa Olga.

Otros, aparentemente destinados a la desaparición, como Iván y Yan  (origen de los apellidos Ibáñez y Yáñez)  han llegado a nuestros días porque son el diminutivo y la forma popular rusa de Juan, Ioánn, que, por supuesto, está incluido en  los santorales católico y ortodoxo. Sonia, diminutivo eslavo de Sofía, nombre griego con el significado de “sabiduría”, también logró incorporarse al  repertorio castellanoparlante.

“Marica” (sin ser un término homófobo) todavía se utiliza en el norte de España y en el sur de Rusia para llamar familiarmente a todas las Marías de corta edad. Aunque también pudiera ser fruto de la casualidad, el origen del diminutivo español y, sobre todo, de su sentido derivado peyorativo .

Libertad de elección

Es necesario esperar a principios del siglo XX para que se produzca una amplia importación europea de nombres rusos, debido a la influencia de los exiliados a Francia e Inglaterra tras la revolución de octubre de 1917.

Se difunden nombres tan populares como Borís, del eslavo borotj, que significa “guerrero o combatiente”,  y Fédor, forma rusa del griego Teodoro, muy común entre los zares.

No llegarán a España hasta la década de los 60 y el final de la dictadura, con la excepción del paréntesis histórico de la Segunda República (1931-1939), cuando el fervor político impulsó nombres de pila como Lenin, inspirado en el líder revolucionario y, a su vez, en el río siberiano Lena.

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