La Primera Guerra Mundial en las cartas de soldados rusos

Un siglo después del inicio de la contienda, las misivas son una muestra del sufrimiento y el horror. Fuente: Ria Novosti

Un siglo después del inicio de la contienda, las misivas son una muestra del sufrimiento y el horror. Fuente: Ria Novosti

Cuando estalló la Gran Guerra, en Rusia se impuso un “Reglamento temporal sobre la censura militar”, que permitía abrir y requisar cualquier carta del frente si esta contenía información secreta. Gracias a ello, muchas cartas han llegado hasta nuestros días. Estas cartas se encuentran ahora en los archivos, principalmente en el Archivo Estatal Histórico Militar de Rusia, que cuenta con varios tomos de cartas del frente.

Al principio de la guerra muchos soldados estaban llenos de ilusión. “Evidentemente, el nuestro es un enemigo serio, pero no tanto como para no poder con él, todos nosotros estamos convencidos de la victoria definitiva, - escribía el coronel Samsónov a su esposa, - todo el pueblo simpatiza con esta guerra, todos van con gusto a enfrentarse contra los alemanes”. La idea de la victoria venidera aparece muy a menudo en las cartas de este periodo.

El 29 de julio de 1914 el zar Nicolás II entró en la Gran Guerra después de que Austria-Hungría atacase a Serbia. Tras el entusiasmo inicial, llegó el desánimo. Rusia sufrió hasta 1,7 millones de víctimas mortales. La guerra se hizo impopular y la consigna “Pan, tierra y paz” de los bolcheviques caló entre los soldados. Rusia salió formalmente de la guerra tras la firma, el 3 de marzo de 1918, del tratado de Brest-Litovsk con el imperio alemán, el imperio austrohúngaro, el imperio otomano y Bulgaria. Renunció a numerosos territorios: Finlandia, Polonia, Estonia, Livonia, Curlandia, Lituania, Ucrania y Besarabia. La revolución había triunfado en 1917 y el país había entrado en una guerra civil que duró hasta 1923.

Pero muy pronto los campos de batalla fueron cubriéndose de cuerpos de los soldados caídos y sus familiares comenzaron a recibir partidas de defunción. Entonces, la conciencia de la guerra como una catástrofe personal y de la irreversibilidad de estos terribles acontecimientos comenzaron a penetrar en las almas de la gente.

Un oficial ruso escribía: “Cada día hay duros combates en todo el frente. Muchos yacen en el campo de batalla y muchos más caerán. ¿Y quién logrará volver indemne? Todos los campos donde ha habido combates están sembrados de muertos y moribundos por las heridas provocadas por nuestros soldados y por los alemanes. ¡Y cuántos más caerán! La guerra… ¡Qué atrocidad! Muerte y destrucción por todas partes”. Las cartas de otro oficial ruso suenan ya como un llamamiento antibélico, como una súplica desesperada: “Quien ha estado en la guerra, quien ha participado en ella, sólo él podrá entender lo que es el mal. La gente debería unirse para destruirlo”. 

La crudeza de las batallas

Los combates se convirtieron en masacres. “Estamos defendiendo un puente, - escribe un soldado. – Ayer los alemanes intentaron cruzar a nuestro lado del río, pero cuando llegaron a la mitad del puente, abrimos un fuego tan feroz que tuvieron que retroceder corriendo. En el puente se apilaron montañas de cadáveres. Hoy han intentado de nuevo o bien cruzarlo, o bien llevarse los cuerpos. Nuestro preciso fuego de artillería despejó el puente en un momento de esos comesalchichas de cara roja. Han intentado cruzar a toda costa. Se metían hasta el cuello en el agua, pero nuestras ametralladoras no les dejaban llegar ni hasta la mitad. Dicen que tras el combate el agua del río tenía un tono rosado. Y no me extraña, porque ellos contaban con al menos 5.000 ó 6.000 hombres, y todos ellos acabaron en el río”.

Otro soldado escribe sobre combates extremadamente violentos, recordándolos con un estremecimiento interno y con el corazón encogido: “Desde las trincheras estábamos defendiéndonos de un ataque de los alemanes, pero estos no lograron acercarse a más de 400 pasos, por lo que dieron la vuelta y retrocedieron. Cuatro veces intentaron acercarse a nuestras trincheras (pude distinguir claramente sus caras), pero no soportaron nuestro fuego de artillería y retrocedieron. Sazónov y yo estábamos cerca en la trinchera, disparando contra sus oficiales y escogíamos a los soldados más corpulentos. ¡Y cuántos habría de estos malditos! Avanzaban en silencio, sin disparar, como un muro. Les dejábamos acercarse para asegurarnos un disparo más certero y abríamos un fuego endiablado contra ellos. Los de las primeras líneas caían como moscas y los de más atrás daban la vuelta y huían. El frío nos desgarraba la piel y nuestros cabellos comenzaban a erizarse. Creo que Sazónov, el sargento y yo enviamos al otro mundo a un buen número de alemanes ese día. Se aproximaban a nosotros dolorosamente. Sus rostros estaban pálidos cuando se acercaban. Fue terrible. ¡Dios no quiera que pase otra vez!”.

No ha habido nunca nada más terrible que una preparación masiva de artillería. Cuando absolutamente nada depende del hombre, a este sólo le queda pegarse al suelo y esperar el final del bombardeo, que no parece acabar nunca. La intensidad de estos bombardeos alcanzaba una potencia tal que, como escribía un oficial de artillería, “los cañonazos se fundían en un aullido general, el sol oscurecía y a causa del humo no se veía nada a más de cinco pasos”.

En ocasiones, algunos soldados víctimas de uno de esos bombardeos no podían contener los nervios y entonces, como escribe un oficial, “entraban ganas de llorar”, y más tarde muchos ya no podían oír los aullidos de los proyectiles sin sollozar en el siguiente bombardeo:

Primera Guerra Mundial: el final de una época (En fotos)

“Ese incesante rugido de los cañones y de los estallidos de los proyectiles que no dan descanso me destroza los nervios. Incluso nuestro coronel Zhelenin se puso a llorar como un niño, sus nervios no pudieron aguantar.  Rossoliuk también berrea como un cordero”.

Pero incluso en aquel infierno inhumano de la guerra, la gente conservó la claridad de la mente y el autocontrol. Salían de sus trincheras y se lanzaban al ataque sin miedo. Un oficial ruso describe de este modo esos momentos que se escapan inexorablemente antes de un ataque: “Finalmente comenzaron a informar: ‘Prepárense para el ataque’. Una corriente eléctrica pasó a través de nosotros; algunos comenzaron a comprobar la munición, otros, quitándose la gorra, se santiguaban devotamente, inevitablemente se sentía la cercanía de la hora final; y de pronto llega otra orden: ‘avancen’; tras santiguarse, saltan de las trincheras gritando; ‘¡Hermanos! Al ataque, adelante’. Como si fueran hormigas, los hombres comenzaban a saltar de las trincheras, manteniendo la alineación, marchando con sus bayonetas y mirando directamente a los ojos de la muerte”.

Privaciones, sangre, suciedad en las trincheras y muerte de los compañeros, así fue la Primera Guerra Mundial, una guerra nunca antes vista para la humanidad de principios del siglo XX por su magnitud y número de víctimas. 

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Artículo publicado originalmente en ruso en la revista Expert.

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